Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– En absoluto. Yo tenía uno hasta que tuvo un encuentro desafortunado con el gato de la familia. -Se arrodilló y colocó el edredón alrededor de Lucy y Lewis. El suelo de baldosas estaba frío-. No pareces cómoda aquí. ¿Estarás bien?
– No podría soportar dejar a Lewis. -Echó una mirada a Kincaid por debajo de las pestañas y luego dijo vacilante-: Señor Kincaid, ¿quién era ese hombre? Me resulta familiar, pero no he podido ubicarlo.
– Trabajaba con tu padrastro y fue amigo de tu madre después de que tu padre muriera. -Le dejaría a Claire las explicaciones de los detalles de esa relación, si es que deseaba explicarla.
– No he podido evitar fijarme en tu colección de libros de C. S. Lewis. ¿Sabes que son muy valiosos?
– Eran de mi padre. Me llamó Lucy por el personaje de los libros. -Miró al vacío y dejó de acariciar la cabeza del perro-. Siempre quise ser como ella. Brava, valiente, alegre. Los otros niños siempre eran tentados, Lucy nunca. Era buena, realmente buena, de los pies a la cabeza. No como yo. -Volvió la vista a Kincaid y le pareció que en sus ojos había una tristeza demasiado grande para su edad.
– Quizás -respondió Kincaid despacio- tus aspiraciones no eran razonables.
– Parece que lo hemos pillado -dijo Nick Deveney a Kincaid. Estaban en la cantina de la comisaría de Guildford tomando un bocadillo y un café mientras Ogilvie esperaba en la sala A de interrogatorios.
– No ha admitido nada -respondió Kincaid con la boca llena de queso y tomate-. Y no creo que lo pongamos nervioso haciéndolo esperar. Ha estado al otro lado de la mesa demasiadas veces.
– No se va a librar de lo de Gilbert, después de lo que ha hecho. Lo de Jackie Temple puede que sea un poco más difícil si puede probar que estaba dando una conferencia esa noche. -Deveney hizo una mueca-. No soporto cuando un poli se corrompe. Y encima disparar a otro agente… -Al no encontrar palabras para expresar su indignación, Deveney sacudió la cabeza.
– No podía saber que Will era un policía -dijo Kincaid con toda la razón. Luego se preguntó por qué estaba defendiendo a Ogilvie, y por qué el hecho de no saber que Will fuera un policía pudiera hacer su delito menos censurable-. ¿Alguna novedad sobre Will?
– Está en el quirófano. Creen que tiene el fémur fracturado y ruptura de la vena femoral.
Kincaid terminó su bocadillo e hizo una bola con el film transparente.
– Fue rápido. Más rápido que yo. Si hubiera salido y pedido refuerzos nada de esto habría ocurrido.
Deveney asintió sin molestarse en justificarlo.
– En el departamento de investigación criminal se vuelve uno lento. Se pierde la audacia. Se pasa uno demasiado tiempo redactando los malditos informes con el trasero pegado a la silla.
– No creo que David Ogilvie le resulte nada lento -dijo Kincaid.
Ogilvie no tenía aspecto desmejorado. Había colgado cuidadosamente su anorak en el respaldo de la silla y su camisa blanca de algodón parecía tan limpia y planchada como si acabara de salir de la tintorería. Sonrió a Kincaid y Deveney cuando entraron y se sentaron frente a él.
– Esto va a ser interesante -dijo cuando Deveney puso la grabadora en marcha.
– Diría que va a tener varias experiencias interesantes -dijo Kincaid-, incluida una estancia larga en uno de los mejores alojamientos de su Majestad.
– Tenía intención de ponerme al día en mis lecturas -replicó Ogilvie-. Y tengo un abogado excepcionalmente bueno, por cierto. Podría negarme a decir nada hasta que llegue.
¿Y por qué no lo hace? se preguntó Kincaid mientras estudiaba la expresión de los oscuros ojos de Ogilvie. Era un hombre muy inteligente y que conocía extremadamente bien las normas de los interrogatorios. ¿Quería hablar? ¿Quizás necesitaba hablar?
Kincaid le lanzó una mirada de advertencia a Nick Deveney. Ésta era definitivamente una ocasión en que la agresión no los llevaría a ninguna parte.
– Háblenos de Claire -le dijo a Ogilvie mientras se apoyaba en el respaldo de la silla y cruzaba los brazos.
– ¿Tiene idea de lo preciosa que era hace diez años? Nunca pude entender lo que ella vio en él. -Su voz era de incredulidad, como si esos diez años no hubieran atenuado el asombro-. No puede haber sido el sexo… Siempre venía a mí hambrienta. Y pienso que mantuvo esa falsa apariencia de frigidez hasta después de casada. Quizás pensó que era eso lo que él quería. No lo sé…
Así que iban de este palo, pensó Kincaid.
– Interpreto que él no sabía que ella se acostaba con usted.
Ogilvie hizo un gesto para negarlo.
– Yo seguro que no se lo dije.
– ¿Ni siquiera cuando ella le dijo que se iba a casar con él?
– No me insulte, comisario. Yo no me rebajo a ese nivel.
– ¿Incluso si con ello hubiera fastidiado las cosas para Gilbert?
– ¿Con qué fin? Claire me habría despreciado por traicionarla. Y pienso que en aquel momento estaba tan determinado a poseerla que nada lo hubiera detenido. Ella era el premio de porcelana, para ser lucido como su último logro. La expresión «esposa trofeo» parece haber sido inventada para Gilbert y Claire. Pero él la subestimaba. A menudo me he preguntado cuánto tiempo tardó en darse cuenta de que se había casado con una persona de verdad. -La cara de Ogilvie se había relajado al hablar de Claire y por primera vez Kincaid pudo imaginar lo que ella pudo ver en él.
– ¿No ha mantenido el contacto con ella?
– No hasta esta noche. -Ogilvie dio un sorbo del vaso de agua que había sobre la mesa.
Kincaid se inclinó hacia delante, con las manos sobre la mesa.
– ¿Qué pruebas tenía Gilbert contra usted?
– ¿Intenta cogerme por sorpresa, comisario? -El falso recelo volvió a aparecer en la boca de Ogilvie-. Eso es algo que prefiero discutir con mi abogado.
– ¿Y la naturaleza de las actividades en que estaba metido?
– Eso también.
– Jackie Temple creía que estaba cobrando dinero por ofrecer protección a traficantes importantes. ¿Por eso la mató?
– Ya se lo he dicho antes. Yo no tengo nada que ver con la muerte de la agente Temple y eso es todo lo que voy a decir sobre el asunto. -La boca se le quedó fija en una pertinaz línea.
Deveney se movió intranquilo en la silla.
– Háblenos del día en que murió el comandante -dijo-. ¿Qué pasó después de que fuera al banco?
– ¿El banco? -repitió Ogilvie y sonó por primera vez inseguro.
Suda, maldita sea, pensó Kincaid y le sonrió.
– El banco. El banco donde engañó al director para poder ver el expediente de Claire.
– ¿Pero cómo…? -Ogilvie se encogió de hombros-. Supongo que no importa. -Volvió a beber agua y pareció serenarse-. El problema de seguir a Claire era que no podía arriesgarme a que me reconociera, por eso nunca podía acercarme demasiado. Había visto que paraba en ese banco varias veces y sabía que sus asuntos financieros los llevaba el Midlands de Guildford. Que yo supiera podía estar haciendo recados para la madre de Gilbert, pero me di cuenta de que siempre salía del trabajo y volvía al trabajo. Eso me dio que pensar. Para entonces el juego ya había dejado de ser divertido y me empezó a intrigar.
»Ah, sí. Al principio era como un juego. Lo admito. Era una oportunidad de utilizar viejas destrezas, de sentir la agudeza de nuevo. Y era un reto. Se trataba de darle a Alastair lo suficiente como para quitármelo de encima y sin comprometer demasiado a Claire. Alastair tendría que haber chantajeado a un fisgón menos parcial.
Deveney se frotó un pulgar con el otro.
– Diría que ha disfrutado de la oportunidad de desquitarse con ella después de que le diera calabazas por él.
– ¿Y darle la satisfacción a Alastair Gilbert en el proceso? Él quería que le dijera que su esposa lo estaba engañando. Parecía obtener una clase de satisfacción perversa de ello.