Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
Volvió a oírlo, un levísimo crujido. El pelo de su nuca se le puso de punta.
– El móvil -le susurró a Gemma-. En mi chaqueta, en el coche. Ve…
La voz les llegó desde el rincón más oscuro del hall.
– Yo, si fuera usted, no lo haría.
15
– ¿Inspector jefe Ogilvie, supongo? -La voz de Kincaid sonó perfectamente coloquial, pero Gemma pudo notar la presión de su mano encima de su boca. Con cuidado Gemma levantó la suya y le golpeó para que dejara de taparle la boca. Kincaid se alejó un poco de ella y continuó-: Nos ha ahorrado el tener que seguir buscándolo.
– No se mueva -dijo el hombre con dureza. Un clic y la luz se encendió detrás de él, en el hall. Su cuerpo se perfilaba claramente, pero la cara seguía en la sombra. La luz se reflejaba en un objeto que sostenía en la mano, plano, compacto, y parecía un juguete. Una pistola. Gemma intentó recordar desesperadamente el capítulo de armas de fuego del libro de texto de investigación criminal y trató de identificar la pistola. Semiautomática. Una Walther quizás. Al mismo tiempo, una parte indiferente de su cerebro se preguntaba qué importancia podía tener. No era capaz de calcular el calibre. Desde donde estaba la boca del cañón le parecía lo suficientemente grande como para ser tragada por ella.
El hombre dio un paso hacia la cocina dejando la pistola en la oscuridad, pero Gemma mantenía los ojos fijos en el lugar donde sabía que debía estar.
– Los dos se han pasado de listos -dijo, burlándose de ellos-. Ahora la cuestión es, ¿qué hacer con ustedes?
– ¿Por qué no ha salido por la entrada principal mientras entrábamos por detrás? -preguntó Kincaid. Igual podía haber estado interesándose por el tiempo.
– Lo he intentado. -Había un indicio de humor en la voz de Ogilvie. Gemma estaba segura de que era él-. El maldito Alastair y su paranoia. La puerta principal se abre con una llave y no la tengo. Y las ventanas están atrancadas. Así que ya ven mi apuro. Ustedes dos son lo único que interfiere en mi perfecta fuga.
Gemma notó que tenía la lengua como pegada en el paladar, pero intentó imitar el tono natural de Kincaid.
– De nada sirve que nos mate, ¿sabe? Hemos entregado todo lo que sabemos al comité de disciplina.
– Ah, pero sí que sirve, sargento. Tenía intención de negarlo todo e idear una excusa plausible para mi repentina ausencia. No encontrarán nada concreto que me inculpe. Es decir, hasta que me han visto aquí…
– ¿Por qué está aquí? -preguntó Kincaid-. Satisfaga mi curiosidad.
Ogilvie dio un suspiro audible.
– El maldito Alastair logró adquirir pruebas más bien perjudiciales sobre mis actividades. Creí que era prudente recuperarlas, pero desgraciadamente parece que ha sido más artero de lo que creía y se me ha acabado el tiempo.
Los ojos de Gemma se habían acostumbrado lo suficiente a la débil luz y ya podía ver los planos de la cara de Ogilvie y el brillo de sus dientes mientras hablaba. Vio que había sustituido su habitual traje de Bond Street por unos tejanos normales y un anorak, y parecía aún más peligroso sin ese barniz de refinamiento. La pistola de Ogilvie trazó un arco cuando la apuntó a ella, luego a Kincaid y de nuevo a ella.
Kincaid dio un paso hacia Gemma y la rodeó con el brazo. Sus dedos descansaban suavemente sobre su hombro. Estaba segura de que tenía otra intención además de querer reconfortarla. Pero, ¿qué quería él que hiciera? Se le ocurrieron todos los «debería» posibles. Deberían haber pedido refuerzos cuando vieron el perro. Ella debería haberse quedado afuera, pero, ¿cómo habría sabido que Kincaid tenía problemas antes de que fuera demasiado tarde?
Notó cómo la mano de Kincaid se tensaba y luego se quedaba inmóvil al oír como Ogilvie arrastraba las palabras.
– No obstante, he tenido una buena racha y tengo una cantidad considerable de dinero guardada en el continente. Creo que prefiero jubilar al inspector jefe Ogilvie y empezar de nuevo en vez de pegarles un tiro a los dos. Es algo muy desagradable y si bien he cruzado al otro lado de la ley varias veces, nunca he tenido que recurrir al asesinato. Pero no puedo dejar que den la alarma demasiado pronto, ¿no? Sargento…
– ¿Qué pasa con Jackie? -explotó Gemma-. ¿Acaso no cuenta hacer que le disparen? ¿O eso ya está bien, puesto que no se ha ensuciado las manos?
– No he tenido nada que ver con eso -dijo Ogilvie y sonó irritado por primera vez.
– ¿Y Gilbert? -preguntó Kincaid-. ¿Usted vino aquí antes a buscar las pruebas y él lo sorprendió…?
Se oyó el inconfundible ruido de los neumáticos sobre la grava y luego un portazo. Ogilvie maldijo y luego se rió en voz baja.
– Bueno, supongo que podemos encender las luces y celebrar una fiesta. Cuantos más, mejor. -Dio un paso adelante para oprimir el interruptor. Gemma tuvo que parpadear cuando las lámparas con pantallas de cobre de Claire se iluminaron-. ¡Muévanse! -les gritó y apuntó con la pistola hacia el extremo de la cocina-. Lejos de la puerta. -Entonces sonrió y Gemma se estremeció, porque la luz de sus ojos le recordó unos dibujos que había visto de guerreros celtas entrando en combate. David Ogilvie estaba disfrutando.
Voces. Luego pasos. Se abrió la puerta del vestíbulo. Claire Gilbert entró en la cocina diciendo:
– ¿Qué significa…? -se paró en seco al darse cuenta del panorama que tenía delante-. ¿David? -Su voz pasó a ser un chillido de sorpresa.
– Hola, Claire.
– ¿Pero qué…? No entiendo. -Claire, la cara fláccida por la incomprensión, miró a Ogilvie, luego a Gemma y Kincaid.
– Pues yo diría «me alegro de verte», aunque no sea totalmente cierto por mi parte. -Ogilvie hizo un gesto de pesar-. Sabes que tomaste la decisión equivocada tiempo atrás, ¿no, querida? Me hubiera costado mi ascenso de todas formas -Alastair era vengativo además de celoso- pero al menos te hubiera tenido a ti como consuelo…
– ¡Mamá! -Lucy irrumpió en la habitación gimiendo-. Algo le pasa a Lewis. No lo puedo desper… -Derrapó al detenerse junto a su madre-. ¿Qué…?
– Tan sólo está drogado -dijo Ogilvie-. Deberías enseñarlo a no aceptar bistecs de extraños. Volverá en sí en un rato. -Dirigió de nuevo su atención a Claire-. Pero me tenías miedo. ¿Recuerdas habérmelo dicho cuando anunciaste que te ibas a casar con Alastair? Dijiste que yo tenía una veta salvaje y que debías tener en cuenta la necesidad de un hogar estable para Lucy. -Se rió con desdén.
Claire se acercó a Lucy.
– Sólo hice lo que…
– Él me chantajeó para que te siguiera. Sus sospechas lo consumían como una enfermedad, estaba carcomido. Durante meses he pasado mis horas fuera de servicio observando cada movimiento tuyo. Llevas una vida bastante aburrida, querida, con excepciones ocasionales. -Ogilvie sonrió a Claire-. Deberías alegrarte de que no le dijera todo lo que he descubierto.
Sus intensos ojos grises se volvieron hacia Gemma y Kincaid.
– Bueno. Todo esto ha sido muy agradable, pero opino que ya hemos charlado suficiente. Hay arriba un dormitorio que se cierra con llave, ¿no es cierto?
Claire asintió.
– Ahora todos juntos, sed buenos chicos. -Ogilvie les indicó con la pistola que se dirigieran hacia el pasillo.
La puerta del vestíbulo sonó al cerrarse. Todos se dieron la vuelta como marionetas y esperaron.
– Señora Gilbert, la puerta estaba abierta de par en par y he dejado su… -Will Darling se detuvo justo dentro de la cocina-. ¡Qué diablos…! -En una fracción de segundo asimiló la escena, se dio la vuelta y se tiró hacia la puerta.
La pistola chasqueó y Will cayó con un grito de dolor. El agente se dio la vuelta y se apretó el muslo con fuerza. Gemma vio como en sus pantalones aparecía y se extendía una mancha brillante. Le dolían los oídos por el ruido y tragó saliva para contrarrestar el olor acre de la pólvora.