Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
Kincaid se inclinó hacia él.
– ¿Lo estaba engañando?
– Tampoco tengo intención de decirle eso. Lo que hiciera Claire era asunto de ella.
– Pero le dijo a Gilbert lo de la cuenta bancaria.
– Me pareció algo suficientemente inofensivo. Lo llamé esa tarde y le dije que quería hablar con él y que iría a buscarlo a la estación de Dorking. Le di la información y le dije que ya no quería seguir. En los meses que estuve vigilando a Claire eso era todo lo que había descubierto y que yo supiera estaba ahorrando el dinero para hacerle a él un maldito regalo de cumpleaños. Ya estaba harto.
– ¿Y eso fue todo? -Kincaid arqueó las cejas con escepticismo.
– Estuvo de acuerdo -dijo Ogilvie con los ojos cerrados.
Kincaid se inclinó hacia Ogilvie y golpeó la mesa con el puño.
– ¡Gilipolleces! Gilbert nunca hubiera estado de acuerdo. Lo sé a ciencia cierta y no lo conocía ni la mitad de bien que usted. Creo que se rió de usted. Le dijo que nunca lo soltaría. Y lo creyó, ¿no es así? -Kincaid se volvió a sentar y clavó los ojos en Ogilvie, desarrollando la escena mentalmente-. Creo que esa noche lo siguió a su casa desde Dorking, esperando tener una oportunidad. Dejó su coche en el aparcamiento del pub, donde no llamaría la atención, o bien al final del camino. Llamó a la puerta e inventó una excusa, le dijo que había olvidado mencionar una cosa mientras se aseguraba de que no hubiera nadie más en la casa.
»Y creo que fue a usted a quien Gilbert subestimó. Le dio la espalda y ahí se acabó todo.
El silencio en la sala se hizo espeso. Kincaid imaginó que oía el latido contrapuesto de sus corazones y el sonido de la sangre bombeada por las venas. Ahora sí que brillaba un sudor aceitoso en la frente de Ogilvie.
Se pasó la mano por la cara con impaciencia.
– No. Yo no maté a Alastair Gilbert. Y puedo probarlo. Conduje directamente a Londres porque tenía una cita con un pintor para discutir la decoración de mi piso. -Sonrió-. Una coartada de un testigo imparcial, comisario. Verá que se sostiene.
– Veremos -dijo Deveney-. Todo el mundo es susceptible de ser untado. Como bien sabe.
– Un golpe bajo -dijo Ogilvie-. Touché, comisario jefe. Pero ya que estamos intercambiando méritos, he de decir que en mi antigua comisaría al menos ofrecíamos café a los acusados. ¿Cree que puede conseguirme uno?
Deveney miró a Kincaid e hizo una mueca.
– Supongo que sí. -Habló a la grabadora indicando la hora y haciendo la observación de que iban a tomarse un breve descanso. Luego la apagó.
Cuando la puerta se cerró, Ogilvie miró a Kincaid con solicitud.
– ¿Extraoficialmente, comisario?
– No lo puedo prometer.
Ogilvie se encogió de hombros.
– No voy a hacer la gran confesión. No tengo nada que confesar, excepto que estoy cansado. Usted parece un hombre sensato. Deje que le dé un consejo, Duncan. Es Duncan, ¿no? -Prosiguió cuando Kincaid hubo asentido-. No deje que la amargura le dañe el sentido común. Yo debería haber obtenido el puesto de Gilbert. Yo era el mejor cualificado. Pero él era mejor lamiéndole el culo a los superiores y me saboteó.
»Después de eso empecé a sentir que merecía algo mejor, que el sistema me lo debía, y fue así como empecé disculpando pequeñas infracciones. Luego uno intenta justificarse de otras maneras. Algo del tipo «Va a suceder igualmente por mucho que nos esforcemos, así que por qué no beneficiarse». -Ogilvie hizo una pausa y vació su vaso de agua. Luego se pasó la mano por la boca-. Pero al cabo de un tiempo te desgastas, como con una enfermedad. Sabía que necesitaba dejarlo, pero lo iba aplazando. Nunca quise hacerle daño a nadie. Ese agente, ¿cómo está?
– Dicen que está en el quirófano, pero parece que se pondrá bien. -Cuán fácil era ir incrementando la caída. Kincaid miró a Ogilvie. Deseó haberlo conocido años atrás, cuando era un policía sin tacha-. Pero eso no lo excusa. Y Jackie Temple… quizás usted no ordenara su muerte, pero la asesinaron porque hizo preguntas sobre usted. En mi opinión eso lo convierte en culpable.
Ogilvie se enfrentó a su mirada.
– Tendré que vivir con ello, ¿no?
Por mucho que alguien intentara que una sala de espera fuera cómoda y hogareña nunca se podía ocultar el aire hospitalario. El olor reptaba por debajo de las puertas y a través del sistema de ventilación, tan penetrante como el humo. Gemma estaba esperando sola, sentada en el rincón del sofá. Se sentía extraña. El tiempo parecía fluido, erráticamente arbitrario. Con los ojos fijos en el papel pintado, Gemma oía una y otra vez el disparo y veía caer a Will, como si una película hiciera piruetas dentro de su cabeza.
Se acordó de la enfermera de cara simpática que le había ordenado que bajara a la cafetería a cenar algo que luego no había sido capaz de comer. Pero no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde entonces. Seguro que Will saldría pronto del quirófano y alguien vendría.
Sus pantalones estaban salpicados de barro y surcados de sangre por las rodillas y los muslos. Todavía llevaba el anorak de Kincaid y agradecía que fuera tan caliente. Pero no paraba de tocar los puños rígidos por las manchas y una voz en su cabeza repetía como un conjuro la sangre de Will, la sangre de Will.
Se despertó con una sacudida. ¿Se había dormido? Las voces y los pasos eran reales. No había estado soñando. Se levantó con el corazón latiendo aceleradamente al ver entrar a Kincaid y Nick Deveney.
– Gemma, ¿estás bien? -preguntó Kincaid-. ¿Hay malas noticias de Will?
Gemma sintió las rodillas flojas y se sentó de nuevo. Mientras Kincaid cogía la silla para sentarse a su lado, Gemma movió negativamente la cabeza.
– No. Sólo es que… Pensé que sería el médico… Lo siento. ¿No has visto a nadie al entrar?
– No, cariño. -Kincaid echó una ojeada alrededor de la sala vacía-. ¿Will no tiene familia?
– Me dijo que sus padres habían fallecido -respondió Gemma.
Deveney hizo una mueca.
– ¿No le habrá explicado cómo murieron? -Al ver que Gemma y Kincaid lo miraban expectantes, Deveney suspiró y se examinó las uñas-. Sus padres sentían devoción el uno por el otro. Y por Will. Lo tomaron mal cuando fue destinado al Ulster. Justo después de regresar a casa le diagnosticaron Alzheimer a la madre y unos meses más tarde fue al padre a quien diagnosticaron un cáncer terminal.
»El padre disparó a la madre y luego se disparó a sí mismo. Will los encontró acurrucados en la cama como amantes. -Deveney carraspeó y apartó la mirada.
Kincaid esbozó un «Dios mío», pero Gemma fue incapaz decir nada. Pobre Will. Y ahora esto. No era justo. Se abrió la puerta y Gemma se volvió a sobresaltar. Esta vez no lo pudo soportar.
El médico todavía llevaba puesto el pijama quirúrgico verde y se había bajado la máscara por debajo de la barbilla como si fuera un babero. Era rechoncho y calvo, y llevaba unas gafas en las que se reflejaban las luces. Se dirigió a ellos sonriendo.
– Ha sido un trabajo duro remendar a su chico. Ha perdido mucha sangre, pero creo que lo hemos estabilizado. Me temo que no le van a poder ver hasta mañana.
Una oleada de debilidad sobrecogió a Gemma y sintió que se iba a desvanecer. Dejó que fueran Kincaid y Deveney quienes dieran las gracias al médico y ambos la condujeron hacia el hall.
– Ha venido el abogado de Ogilvie -dijo Deveney a Gemma mientras caminaban-. Con la labia de un político americano y probablemente igual de rico. Ha hecho callar enseguida a Ogilvie, pagará por esto. Y por lo de Gilbert. Por mucha coartada que diga tener.
– No estaría tan seguro -dijo Kincaid despacio. Los demás se detuvieron y se quedaron mirándolo-. ¿Recuerda, Nick, que Ogilvie ha dicho que Gilbert había subestimado a Claire? Creo que quizás nosotros también.