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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Mark giró sobre sus talones.

– Me gustaría saber dónde estamos exactamente.

Karin se llevó las manos a las sienes.

– Ya has visto cómo hemos venido desde la ciudad.

– Bueno, la verdad es que he ido mirando un poco por la luneta trasera.

Sonrió con cierta timidez.

– Al sur del condado y en línea recta hacia el oeste, a trece kilómetros de Greyser. El lugar de siempre. Has visto las granjas de todo el mundo.

Él le asió el brazo y se puso rígido.

– Espera un momento. ¿Me estás diciendo que la ciudad entera…?

Karin soltó una risita ahogada. Sintió que estaba perdiendo la paciencia. La tensión de la vida cotidiana en el recién descubierto territorio de su hermano la estaba deprimiendo. Kearney, Nebraska: una falsificación colosal, una réplica hueca de tamaño natural. Eso mismo era lo que ella pensaba en su adolescencia. Y luego volvería a pensarlo, cada vez que regresaba durante la enfermedad terminal de su madre. El mundo de la pradera. Sus risitas se hicieron más fuertes. Se volvió para mirar a Bonnie, cuyo rostro exhibía una alelada sonrisa petrificada. La joven le devolvió la mirada, asustada, y no por Mark.

– Ayúdame -logró decir Karin antes de sufrir un nuevo acceso de risita nerviosa.

Bonnie se decidió por fin a aceptar el envite. Guió a Mark de regreso a la Homestar, inclinándose hacia él y trazando grandes óvalos en su espalda, como si practicara la caligrafía cursiva.

– Eso no es lo que está diciendo, Mark. Está diciendo que esa es tu casa y que está aquí, donde realmente vives. Y yo te digo que me ocuparé personalmente de dejar tu nido tal como te gusta.

– ¿De veras? ¿Incluye eso tu mudanza a mi casa? Oh, sí, un toque femenino. Las mejores cosas de la vida. Pero me olvidaba: probablemente querrás esperar al papeleo. Que sea por completo legal y todas esas mandangas. ¿No vamos a jugar a papás y mamás?

Bonnie se ruborizó y lo condujo hacia la casa. A lo largo del camino, Mark fue señalando pequeñas anomalías que encontraba: un árbol que no estaba en su sitio, un coche erróneo en el sendero de acceso. Cada desesperado logro de su memoria le revitalizaba un poco. Un cobertizo de herramientas de un vecino situado cuatro metros más allá hacia el oeste le llenó de regocijo. Su memoria visual dejaba helada a Karin. De alguna manera, el daño sufrido le había desbloqueado, eliminando las categorías mentales que obstaculizaban la verdadera visión. Lo supuesto ya no se imponía a lo observado. Ahora cada mirada producía su propio paisaje nuevo.

Cuando estuvieron de regreso en casa, vieron que Blackie se había escapado del patio trasero y se paseaba por los escalones de la entrada, jadeando frenéticamente. Retrocedió, gañendo, al recordar el mal trato que había sufrido a manos de su amo la última vez que lo vio. Pero unos recuerdos de más largo alcance se impusieron al temor. Cuando los seres humanos se aproximaban, corrió por el césped, alegre y sufriente, saltando adelante pero fintando a un lado, dispuesta a huir al menor gesto extraño. Mark permanecía quieto, lo cual envalentonó al animal hasta que se abalanzó sobre él, le empujó el torso con las patas y a punto estuvo de derribarlo. Cuanto más inferior es el cerebro, tanto más lenta es la desaparición de los sentimientos. Es posible que en una lombriz de tierra el amor no se extinga jamás.

Mark tomó las patas de su perra y bailó con ella un vals sin demasiada convicción.

– ¡Mirad este patético bicho! Ni siquiera sabe quién no es. Alguien la ha adiestrado para que sea mi perra, y ahora ni siquiera sabe qué otra cosa ser. Supongo que voy a tener que cuidar de ti, ¿verdad, chica? ¿Quién lo hará si yo no lo hago?

Cuando los cuatro regresaron al interior, Mark dirigía un torrente de órdenes a la alegre perra.

– Bueno, ¿cómo diablos se supone que tengo que llamarte? ¿Eh? ¿Qué nombre te pongo? ¿Qué te parece Blackie Dos?

El animal ladró lleno de júbilo.

* * *

Iban a por Mark Schluter: eso era evidente. Un hombre tendría que ser un vegetal para no percatarse de ello. Estaban haciendo con él alguna clase de experimento, tan malo en ciertos aspectos que haría reír incluso a un niño convencido todavía de que Papá Noel existe, pero por otra parte tan complejo que él no podía ni imaginar qué había detrás.

De acuerdo, algo sucedió en el hospital la noche en que le operaron. Algún error que tuvieron que ocultar. O quizá no: el misterio debió de haber comenzado horas antes de ese momento. Con el accidente, que, claramente, no pudo haber sido un accidente. ¿Un excelente conductor vuelca con un vehículo de fantástico manejo en una carretera tirada a cordel y en medio de ninguna parte? Podías creer una cosa así, claro, siempre que no estuvieras en tu sano juicio.

Pero fue entonces cuando empezó todo, los cambios y los impostores, toda la basura médica para hacer creer a Mark Schluter que no es quien cree ser. Necesita un testigo, pero allí no había nadie. Rupp y Cain juran que ellos no estaban presentes. Y los médicos le han eliminado quirúrgicamente el recuerdo de aquella noche mientras estaba en la mesa de operaciones. El secreto está fuera, en los campos desiertos. Pero el grano está volviendo a crecer, y la cosecha del verano cubrirá todas las pruebas. Mark necesita un testigo, pero nadie vio lo sucedido aquella noche excepto las aves. Capturadle una de aquellas grullas, una que estuviera presente, en la orilla del río. Encontradle una grulla y tomadle juramento. Explorad su cerebro.

Porque todo comenzó con el accidente. Ahora todo el mundo dice: «Mark, Mark es diferente, está perdiendo el control». Como si esa fuese la cuestión. Como si fuese él quien ha cambiado. La auténtica cuestión está oculta detrás de los dobles. Él tiene una sola pista. Una sola cosa firme más allá de la duda: la nota. Las palabras de la persona que le encontró, el único espectador de los acontecimientos de aquella noche, antes de que se instalara el misterio. La nota que habían tratado de escamotearle.

Su única pista, por lo que debía tener cuidado. No debía precipitarse a actuar. Era preciso tomar las cosas tal como venían. Rupp y Cain prometen acompañarle a comprar una camioneta. La empresa le envía cheques por no hacer nada. Pero eso no durará eternamente; al final tendrá que volver. Pero de momento permanece a la espera y elabora su plan. Le pide a Bonnie Travis que le lleve a la iglesia. La chica pertenece a una de esas células renegadas desgajadas del protestantismo, que responde al nombre de Los Camareros de la Sala Superior, una presunta religión que, una de las cosas más absurdas que él ha oído jamás, ha sido declarada entidad no lucrativa. Se reúnen el domingo, temprano, para celebrar unos maratonianos servicios de dos horas en una oficina de empresa inmobiliaria que ha sido acondicionada, encima de la tienda de pasatiempos Second Life. Durante años Bonnie ha rogado a Mark que acuda al servicio religioso, a fin de compensar por los diversos mandamientos que se cargaban juntos los sábados por la noche.

Mark juró abandonar la religión en cuanto cumplió los dieciséis años y su padre le declaró apto para la condenación que él mismo eligiera. Nadie encajará tranquilamente la teoría de los supervivientes del Apocalipsis tras haber sido criado por una madre que se tuteaba con el Gran Castigador.

Cuando Mark desbarra sobre Jesús, Bonnie se sube por las paredes, y por ello, a lo largo de los años, han adquirido una notable destreza evitando el tema. Aunque llovieran ranas y sangre, ellos adoptarían la actitud de quien pregunta: «¿Te has traído el paraguas?». Por este motivo, cuando Mark le pide que la lleve a la Sala Superior, la mujer actúa como si los siete sellos se hubieran puesto a ladrar.

¡Claro que sí, Mark! Di al menos la palabra.

Pero ¿qué palabra tengo que decir? ¿«Matusalén»? ¿«Concesión»?

Por lo menos ella se ríe. Por supuesto, puede ir cuando quiera. ¡Este domingo! Y entretanto en el rostro de Bonnie se refleja lo que siente: «¿Es esto una broma? He rogado durante años para que sucediera».

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