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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– ¡Ah! Pero cuando me casé contigo…

Ella rezongó:

– El vaso rebosaba una décima parte por el borde.

Él se dio la vuelta, apoyándose en el hombro dolorido, y la miró, alarmado.

– ¿De veras? ¿Hacíamos entonces el amor con tanta frecuencia?

Ella emitió una risa vacilante, como vehículos sobre topes tendidos en la calzada. Hundió la cara en la almohada, regocijada y enrojecida.

– Tal vez sea esta la primera vez en la historia que alguien formula esa pregunta con inquietud.

Él vio en su semblante la idea que acababa de cruzar por su mente antes de que pudiera expresarla.

– El carácter implacable del matrimonio.

Weber se rió entre dientes. El viejo eufemismo de los dos, extraído de una saga familiar clásica que se habían leído mutuamente cuando asistían a cursos avanzados en la escuela graduada, después de su licenciatura. Luego, después de Jess, se divertían entre ellos llamándolo «sexualidad». Una utilización burlona del término clínico. Durante los preliminares: «¿Tienes alguna propensión hacia la sexualidad?». Y luego: «Eso ha sido sexualidad de alta categoría». Neuropsicología en la versión hogareña.

Aquella noche, su mirada lo encontró entre los pliegues de las sábanas, profundamente complacida ante su posesión preferida, segura por su conocimiento a fondo, constantemente renovado, de aquel hombre.

– Alguien me quiere -canturreó con un recio tonillo de contralto, medio apagado por la almohada-. ¿Quién será?

Se quedó dormida en unos minutos. El yació en la oscuridad, escuchando sus ronquidos, que al cabo de un rato, por primera vez desde que los oía, pasaron de ser un ruido áspero e inanimado, como el crujido de la cama, al siseo de un animal, algo atrapado pero preservado en el cuerpo, vestigial, algo que la atracción de la luna liberaba a través del sueño.

Con una tirada de cien mil ejemplares y unas críticas previas a la publicación buenas en general, El país de la sorpresa salió al encuentro de un público lector ávido de conocer al extraño que habita en nuestro interior. Aquella obra era la culminación de una segunda y larga carrera, una que Weber nunca había esperado emprender. No había dicho nada a nadie excepto a Cavanaugh y Sylvie, pero ese libro sería su última incursión de tales características. Su próxima obra, si se le concedía el tiempo para escribirla, iría dirigida a un público muy diferente.

Detestaba la promoción, la obligación de actuar en público. Hasta entonces había podido compaginarlo con el trabajo, gracias a sus eficientes colegas y a los estudiantes graduados, llenos de motivación, que le sustituían en el laboratorio durante su ausencia. Pero no podía restar más tiempo a la investigación, ahora que la investigación cerebral había dejado de ser una actividad marginal. La tecnología del escáner y los fármacos estaban abriendo el profundo misterio de la mente. En la década transcurrida desde la publicación del primer libro de Weber se habían obtenido más conocimientos sobre la última frontera que en los cinco mil años anteriores. Objetivos inimaginables cuando Weber comenzó a escribir El país de la sorpresa se exponían ahora en las más acreditadas conferencias profesionales. Distinguidos investigadores se atrevían a hablar de la posibilidad de crear un modelo mecánico de la memoria y encontrar las estructuras detrás de los qualia, incluso elaborar una completa descripción funcional de la conciencia. Ninguna antología popular que Weber fuese capaz de compilar podría compararse con semejantes tesoros.

El arte de la reflexión sobre historiales clínicos pertenecía al tiempo de ocio, pero de alguna manera se había metido por medio y convertido en su principal tarea. Era demasiado pronto para eso. Ramón y Cajal, el Cronos del panteón de Weber, decía que los problemas científicos nunca se agotan; los científicos, sí. Weber aún no se sentía agotado. Lo mejor aún estaba por llegar.

Sin embargo, había interrumpido el trabajo para viajar a las Llanuras Centrales, a miles de kilómetros de distancia, y entrevistar al paciente de Capgras. Era cierto que su actual proyecto de laboratorio concernía a la orquestación en el hemisferio izquierdo de los sistemas de creencias y la alteración de los recuerdos para que encajen en ellas. Pero todo cuanto había aprendido al conversar con aquel paciente de Nebraska era anecdótico en el mejor de los casos. Pocos días después de su regreso a Stony Brook empezaba a ver el viaje como la última de una larga serie de exploraciones que ahora cederían el paso a una investigación más sistemática y sólida.

Pero en cierto modo no le gustaba la dirección hacia la que se encaminaba el conocimiento. La rápida convergencia de la neurociencia alrededor de ciertas suposiciones funcionalistas empezaba a hacer que Weber se distanciara. Su campo de estudio estaba sucumbiendo bajo uno de esos antiguos impulsos sobre los que debería verter luz: la mentalidad gregaria. A medida que la neurociencia disfrutaba de un creciente poder instrumental, los pensamientos de Weber se alejaban perversamente de los mapas cognitivos y los mecanismos deterministas al nivel de las neuronas, hacia procesos psicológicos emergentes, de nivel superior, que, en sus días malos, casi podían sonar a élan vital. Pero en la eterna división entre mente y cerebro, psicología y neurología, necesidades y neurotransmisores, símbolos y cambio sináptico, el único engaño consistía en pensar que los dos dominios podían seguir separados durante mucho más tiempo.

Cuando estudiaba en el instituto Chaminade de Dayton, Weber había iniciado su vida intelectual como freudiano empedernido (el cerebro como una tubería hidráulica de la espectacular planta depuradora de la mente), cualquier cosa que pudiera confundir a sus religiosos profesores. En la escuela graduada se dedicó a hostigar a los freudianos, aunque trató de evitar los peores excesos conductistas. Cuando estalló la contrarrevolución cognitiva, su pequeña faceta regida por el condicionamiento operante se refrenó y quiso insistir en que aquello «seguía sin explicarlo todo». Como clínico tuvo que someterse al azote farmacológico. Sin embargo, experimentaba una verdadera tristeza, la tristeza de la consumación, al escuchar a un sujeto que llevaba años debatiéndose con la ansiedad, la culpa suicida y el fanatismo religioso y que, tras haber ajustado con éxito sus dosis de doxepina, le decía: «Doctor, no estoy seguro de qué era lo que me inquietaba tanto durante todo ese tiempo».

Weber sabía cómo funcionaba aquello. A lo largo de la historia, se había comparado al cerebro con el nivel más elevado de tecnología vigente: máquina de vapor, centralita telefónica, ordenador. Ahora, cuando él se aproximaba a su propio cenit profesional, el cerebro se convertía en Internet, una red distribuida, más de doscientos módulos integrados aunque independientes, modificándose mutuamente en su diálogo con otros módulos que se modifican mutuamente. Algunos de los enmarañados subsistemas de Weber se contentaron con este modelo; otros querían más. Ahora que la teoría modular ejercía un gran ascendiente sobre la mayor parte del pensamiento acerca del cerebro, Weber volvía a sus orígenes. Ahora, en la que seguramente sería la última etapa de su desarrollo intelectual, confiaba en que, en los últimos y firmes desarrollos de la neurociencia, hallaría unos procesos parecidos a los de la psicología más antigua y arraigada: represión, sublimación, rechazo, transferencia. Los encontraría en algún nivel por encima del módulo.

En una palabra, ahora Weber empezaba a pensar que tal vez había viajado a Nebraska y estudiado el caso de Mark Schluter para demostrar, por lo menos a sí mismo, que incluso aunque el síndrome de Capgras fuese del todo comprensible en términos modulares, como un problema de lesiones y conexiones interrumpidas entre regiones de una red distribuida, seguía manifestándose en procesos psicodinámicos: la reacción individual, la historia personal, la represión, la sublimación y la realización del deseo, que no podían reducirse por completo a fenómenos de bajo nivel. Tal vez la teoría estaba a punto de describir el cerebro, pero la teoría por sí sola aún no podía agotar este cerebro, presionado por los hechos y frenético por sobrevivir: Mark Schluter y su hermana impostora. El libro que esperaba a que Weber lo escribiera, tras la gira promocional de su último libro.

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