El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Pierde el dominio de sí mismo y se siente como un estúpido. Pero no le importa que le vea llorar. Ella también lo hace. Lo que sea. Le imita como un mono.
Lo sé. Sé lo que sientes, le dice ella. Y es casi como si fuera cierto. ¿De veras tienes que conocer a quien escribió esta nota?, le pregunta. ¿Serviría de algo si descubrieras que ese…? Basta, Mark. ¡No! Dime lo que estás pensando. ¿Tan solo quieres darle las gracias? ¿Quieres…? Qué sé yo. ¿Crees que podrías llegar a conocerle? ¿Hacerte amigo suyo?
Es como si ella se hubiera materializado, salida de ninguna parte. Intentando ser de repente la persona a la que estaba imitando.
Me tiene sin cuidado quién sea realmente el tipo. Podría ser un nonagenario lituano que soba a las niñas.
Entonces, ¿por qué te esfuerzas tanto por encontrarlo?
Mark Schluter se coge la cabeza con ambas manos y la mueve a uno y otro lado. Hay demonios guardianes por todas partes. Pisotea el suelo con sus embarradas botas de trabajo, tratando de cegar el hoyo del poste recién abierto.
Lee la nota. Anda, lee la puñetera nota. Introduce dos dedos en el bolsillo del mono y saca el trozo de papel doblado. Ahora siempre lo lleva encima, cerca de su piel. Ella no coge el papel.
«Para que puedas vivir», lee él, sosteniendo la nota ante su cara. «Y traer de vuelta a alguien más.»
Ella se sienta en la tierra, a su lado, casi tocándole. Una extraña calma se apodera de los dos.
¿Traer a alguien de vuelta?, pregunta Karin, como si ella misma pudiera desear tal cosa.
Él se lanza hacia delante, fuera del hoyo. Ella cae hacia atrás, alzando los brazos para detenerlo. Pero lo único que él desea es tomarle la cara entre sus manos.
Tienes que ayudarme. Te lo ruego. Haré cualquier cosa que quieras. He de encontrar a esa persona.
Pero ¿por qué, Mark? ¿Qué puede darte él que yo…?
Ese hombre sabe. Sabe por qué sigo vivo. Y es algo que me gustaría saber.
Karin escribió a Gerald Weber. Este le había dicho que lo hiciera en caso de que variase la situación de Mark. No mencionó que le había visto en la televisión. No le dijo que había comprado su nuevo libro ni que le había parecido frío y manido, lleno de declaraciones recicladas sobre el cerebro humano y carente de alma. Le escribió: «Es evidente que Mark está empeorando».
Le describió los nuevos síntomas: las teorías obsesivas de Mark sobre la nota. El hecho de que ahora no solo veía dobles en las personas sino también en los lugares. Su rechazo de la casa, de la urbanización, tal vez incluso de la ciudad entera. Su deriva por un territorio tan extraño que a ella le daban escalofríos solo de pensarlo. Preguntó al doctor Weber si el accidente podría haber provocado a Mark falsos recuerdos. ¿Era posible que hubiese sucedido algo en su mapa interno, generalizador? Todo pequeño cambio hacía que Mark dividiera cada momento presente, convirtiéndolo en un mundo único.
Le mencionó un caso que aparecía en el primer libro de Weber, el de una anciana llamada Adele, la cual aseguró al doctor que ella no yacía en una cama de un hospital de Stony Brook, sino que en realidad se encontraba en su confortable vivienda, una casa antigua de dos pisos, en Old Field. Cuando el doctor Weber le señaló el costoso instrumental médico en la habitación, Adele se echó a reír: «Oh, eso no son más que accesorios para hacer que me sienta mejor. Jamás podría permitirme los aparatos auténticos».
«Paramnesia reduplicativa.» Ella copió las palabras del libro en su correo electrónico. ¿Era posible que esa fuese la afección de Mark? ¿Podía estar viendo detalles que jamás había visto antes? ¿Existían casos en los que la lesión cerebral ayudaba a la memoria? Citó el segundo libro del doctor Weber, la página 287: el hombre al que se refería como Nathan. La lesión, que estaba localizada en los lóbulos frontales del paciente, de alguna manera había destruido su censor interno y liberado unos recuerdos reprimidos mucho tiempo atrás. A los cincuenta y seis años, Nathan se percató de improviso de que, cuando contaba diecinueve, mató a otro hombre. ¿Podía ser que Mark recordara cosas antiguas acerca de sí mismo, o incluso de ella, que no podía aceptar?
Incluso mientras exponía sus teorías, no se le ocultaba que eran absurdas, pero no más que el síndrome de Capgras. El mismo Weber afirmaba en sus libros que el cerebro humano no solo era más indómito de lo que se piensa, sino más indómito de lo que el pensamiento es capaz de pensar. Le citó un pasaje de El país de la sorpresa: «Incluso la normalidad básica tiene algo de alucinatorio». Nada en el examen que el doctor Weber le hizo a Mark había permitido prever los nuevos síntomas. O bien Mark necesitaba un nuevo diagnóstico completo, o bien era ella quien sufría alucinaciones.
Recibió una animosa respuesta enviada por la secretaria de Weber. La promoción del nuevo libro requería que el doctor viajara a diecisiete ciudades de cuatro países en el transcurso de los próximos tres meses. No podría recibir ni enviar correos electrónicos, excepto en casos de emergencia, hasta el otoño. La secretaria le prometía que, a la primera oportunidad, comunicaría su mensaje al doctor Weber, y alentaba a Karin a ponerse en contacto si el estado de su hermano se agravaba más.
La respuesta encolerizó a Karin.
– Ese hombre me está eludiendo -le dijo a Daniel-. Ha obtenido lo que quería, y ahora nos da de lado.
Daniel trató de ocultar su azoramiento.
– Dudo de que tenga tiempo siquiera para eludirte. Su vida en estos momentos debe de ser una locura. Televisión, radio y prensa a diario.
– Lo supe, durante todo el tiempo que estuvo aquí. Cree que se trata de un paciente problemático. Que soy una familiar problemática. Ha leído mi correo y ha encargado a su personal que le encubra. Tal vez ni siquiera ha sitio su secretaria, tal vez ha sido él mismo, fingiendo…
– Vamos, Karin. -Daniel parecía haberse vuelto más viejo que el neurocientífico-. No sabemos…
– ¡No seas condescendiente conmigo! No me importa lo que sabemos o dejamos de saber.
– Chsss. De acuerdo. Estás enfadada. Tienes razón para estarlo. Con todo el personal médico. Con todo este asunto. Tal vez incluso enfadada con Mark.
– ¿Me estás analizando?
– No te estoy analizando. Solo veo que…
– ¿Quién coño…?
¿Te crees que eres?
Las palabras, incluso ahogadas, los enmudecieron a los dos. A Karin empezaron a temblarle las manos y se sentó, aturdida.
– Dios mío, Daniel. ¿Qué está pasando? ¿Cómo es posible que hable así? Soy él. Peor que él.
Daniel fue a su lado y la hizo revivir frotándole el brazo.
– El enojo es un sentimiento natural – replicó-. Todo el mundo se enfada.
Todos menos el santo con el que ella vivía.
Karin solicitó una cita con el doctor Hayes. Al entrar en el aparcamiento del Buen Samaritano, recordó la noche del accidente. Tuvo que permanecer diez minutos sentada en el vehículo estacionado antes de que las piernas pudieran soportar su peso.
Saludó al doctor Hayes de una manera profesional. El contador de la cita estaba en marcha. Enumeró los nuevos síntomas de Mark, que el neurólogo anotó en el historial del paciente.
– ¿Por qué no lo trae? Sería mejor que lo examinara de nuevo.
– No querrá venir -replicó Karin-. No me hará caso, ahora que vuelve a vivir solo.
– ¿No ha pensado en iniciar los trámites para obtener la tutoría legal?
– ¿Cómo… qué supondría eso? ¿Tendría que declararle mentalmente incapacitado?
Hayes le proporcionó un contacto. Karin lo anotó, embargada por la inquietante esperanza. Recurrir a la ley contra su hermano. Protegerlo de sí mismo.
– ¿Hasta qué punto su hermano está seguro de que su hogar es una falsificación?
– En una escala de diez, digamos que sería el siete.