El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– Dime qué está pasando aquí. Primero la camioneta, luego mi hermana. Ahora se han llevado mi casa.
Alzó los codos mientras el resto del cuerpo se le encogía. Estiró el cuello en tres direcciones, como si el próximo ataque pudiera venir de cualquier parte. Ella giró la cabeza y vio, a través del parpadeo de los ojos de su hermano, que el familiar barrio se había vuelto extraño. Se volvió hacia el joven que estaba sentado y arañaba los escalones de hormigón. Él la miraba fijamente, buscando a alguien, la que ella había sido pero ya no era. La única que podía ayudarle. Sintió que la desgarraba la necesidad que su hermano tenía de ella, algo peor que su propia impotencia.
Ambas mujeres le consolaron durante largo rato. Señalaron las calles, las casas, el arce sacarino que él había plantado en la extensión de césped, el boquete en la pared izquierda del garaje que él hiciera ocho meses atrás. Karin rogó por que alguno de los vecinos saliera a saludarles. Pero todos los seres vivos se ocultaban ante aquella epidemia.
Karin pensó en la posibilidad de meterlo de nuevo en el coche de Bonnie y llevarlo de regreso a Dedham Glen. Pero gradualmente los gemidos de Mark cedieron paso a una risita de asombro.
– Han hecho un trabajo increíble. Lo han reproducido todo casi exactamente igual. ¡Cielos! ¿Cuánto habrá costado esto? Es como una película de presupuesto millonario sobre mi vida. La historia de Harry Truman.
Por fin entró en la casa. Se detuvo cerca de Bonnie en la sala y volvió la cabeza a uno y otro lado, sorprendido y chascando la lengua.
– Mi padre me decía que montaron el alunizaje en un hangar insonorizado al sur de California. Siempre pensé que estaba loco.
Karin dio un resoplido.
– Estaba loco, Mark. ¿Recuerdas su creencia de que la armada podía reordenar cuánticamente las moléculas de un buque de guerra para volverlo invisible?
Mark la miró con fijeza.
– ¿Cómo sabes que no pueden hacer eso?
Interrogó a Bonnie con los ojos, pero ella se encogió de hombros. Miró de nuevo la imagen a tamaño natural de su hogar, meneando la cabeza con incredulidad.
Karin se sentó en el falso sofá, sintiéndose profundamente desanimada. Aquella niebla nunca se disiparía. Pronto su hermano estaría en lo cierto: las vidas de los dos serían una copia de sí mismas. Mientras Bonnie sacaba el equipaje del maletero, Karin trató de recuperarse. Acompañó a Mark en un recorrido por la casa. Le mostró la rotura en el ángulo del espejo del botiquín. Rebuscó en el armario ropero, donde le esperaban los pantalones cortos veraniegos y las camisetas con inscripciones estampadas. Abrió el cajón lleno de fotos sueltas, incluidas docenas en las que aparecían los dos juntos. Le indicó el revistero, con los tres nuevos números atrasados de Truckin' Magazine.
Ninguno de aquellos objetos llamó la atención de Mark, cuyos ojos solo se fijaron en el nuevo póster. Se le ensombreció el rostro.
– Este no es el póster que puse aquí.
Karin dejó escapar un gemido.
– De acuerdo. Déjame que te lo explique.
– Eso no es mío. Jamás pondría mis manos encima en algo con ese aspecto. Es el peor modelaje que he visto en mi vida.
Karin parpadeó antes de darse cuenta de que se refería a la camioneta.
– La culpa es mía, Mark. Rompí el tuyo por accidente y lo sustituí por este.
Él se detuvo y la miró con los ojos entrecerrados.
– Exactamente la misma clase de idioteces que hacía mi hermana.
Por un momento, ella no pudo respirar. Le tendió los brazos, vacilante pero desesperada.
– ¡Oh, Mark! ¡Mark! Perdóname si algo que he dicho o hecho…
– Pero mi hermana habría tenido suficiente buen juicio para no sustituir una Chevy Cameo de 1957 por una mierda de Mazda de 1990.
Ella no pudo contenerse. Las lágrimas silenciosas, detenidas en las mejillas, le dejaron tan perplejo que le tocó la frente con una mano. Este gesto emocionó a Karin más que cualquier otra cosa desde que él recuperase el habla. Se rehízo, ahogó el llanto con risas y borró el embarazoso momento agitando la mano en un gesto de rechazo.
– Escucha, Mark. Tengo que confesarte algo. Nunca he tenido tantos conocimientos sobre camionetas como probablemente te hice creer.
– Eso es lo que estoy diciendo, pero gracias por admitirlo. Simplifica un poco la vida.
Mark siguió recorriendo la casa, señalando cada posavasos para los botellines de cerveza que habían cambiado de sitio desde la noche del accidente. Iba chascando la lengua al caminar, sacudía la cabeza y repetía: «No, no, no. Esta casa no es mi Homestar».
Bonnie entró las bolsas de lona y empezó a seguirle.
– Arreglaremos las cosas, Marker. Lo pondremos todo tal como te gusta.
Karin se sentó en la cama y se sujetó la cabeza con las manos mientras escuchaba cómo Mark repudiaba su casa adquirida por catálogo. Pero la precisión con que él recordaba los más pequeños detalles le daba una esperanza prohibida. Ella misma ya no podía reconocer su propio piso, en aquellos viajes rápidos que hacía a South Sioux City para preparar su venta.
– Espera -le dijo él- Sé cómo averiguar de una vez por todas si esta casa es auténtica o no. Quedaos aquí las dos. ¡No miréis! Que no descubra a ninguna de las dos espiando.
Fue a la cocina. Bonnie dirigió a Karin una mirada inquisitiva. Karin estaba desanimada, pues sabía qué era lo que Mark buscaba. Le oyó arrodillarse y rebuscar en el armarito debajo del fregadero. Una vieja y heredada vergüenza le impidió llamarle, antiguos secretos familiares que los incomunicaba.
Él regresó con una expresión triunfante.
– Te dije que este sitio es una falsificación. Falta algo mío, algo que ellos no duplicarían.
Miró a Bonnie de una manera significativa. La muchacha, apoyada en un taburete de bar, miró a Karin. Esta solo tenía que decir: «Mira, Mark, eché tu alijo al váter y tiré de la cadena». Pero no pudo. No podía decirle que sabía que se drogaba, que tal vez incluso lo hizo la noche del accidente. De todos modos, eso no serviría de nada. A él se le ocurriría otra teoría, sin que le afectara algo tan nimio como los hechos.
Mark volvió y se sentó a su lado en el sofá. Parecía a punto de rodearla con el brazo.
– Sé que has de fingir ignorancia. Ese es tu trabajo. Lo acepto. Pero dime si estoy en peligro. En los dos últimos meses hemos llegado a conocernos lo bastante bien como para que me digas eso. Dime si volverán a hacerme daño, ¿quieres?
Karin agitó las manos, como un chimpancé que se debatiera con el lenguaje de signos. Bonnie respondió en su lugar.
– Nadie va a hacerte daño, Mark. No mientras nosotras estemos contigo.
– ¡Por Dios! ¡No se habrían gastado tanto dinero si no se propusieran terminar el trabajo que dejaron a medias el 20 de febrero de 2002! ¿No es cierto? Vamos. Echemos un vistazo fuera.
Salió de la casa y echó a andar por la calle Carson. Las mujeres le siguieron. Todas las casas de la manzana eran variaciones de su Homestar. La reciente parcelación acogería las primeras estructuras nuevas que se añadirían a la atrasada localidad de Farview desde la crisis agrícola. A lo largo de la calle se veía movimiento de cortinas, pero nadie salió de casa para charlar con un mecánico de matadero que sufría una lesión cerebral.
Mark avanzó calle arriba, estupefacto.
– Esto debe de haber costado una fortuna. Debe de haber mil ojos observándome. Ojalá supiera por qué me he vuelto tan importante.
Bonnie le tomó del brazo. Karin se esperaba que fuera a decirle alguna cosa de carácter religioso, como que Dios alimentaba a los gorriones a pesar de los mil ojos que los observaban. Pero la inteligencia que demostró al no decir nada la sorprendió.