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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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* * *

Llevaron a Mark a casa: no había ningún otro lugar adonde llevarlo. Cuando el célebre neurocientífico se marchó, tras ofrecer su única y simple recomendación, el doctor Hayes no pudo seguir manteniendo a Mark bajo observación en Dedham Glen. Karin se opuso a esa decisión con uñas y dientes. Mark, por su parte, estaba más que dispuesto a irse.

Antes de que él pudiera trasladarse a su casa prefabricada, ella tenía que mudarse. Había habitado durante meses en la vivienda modular, cuidando de la perra y encargándose de las tareas cotidianas. Se había deshecho del material de contrabando de Mark y había combatido a la flora y la fauna invasoras. Ahora tenía que borrar toda evidencia de que había ocupado el campamento.

– ¿Adónde irás? -le preguntó Daniel.

Estaban tendidos uno al lado del otro, boca arriba, sobre el futón en el desnudo suelo de roble. Eran las seis de la mañana de un miércoles, avanzado el mes de junio. En las últimas semanas, ella había pasado más noches en la celda monacal de aquel hombre. Había tomado posesión de su cocina y encendido cigarrillos en el baño, haciendo correr el agua mientras fumaba y expulsando el humo al aire cómplice a través de la ventana abierta. Pero nunca había conservado ni siquiera un par de calcetines de repuesto en el cajón vacío que él le había destinado.

Se volvió de costado, para que él pudiera besuquearla. De ese modo era más fácil hablar. Ella lo hizo con una voz incorpórea.

– No sé… no puedo permitirme dos alquileres. Ni siquiera puedo permitirme uno. Yo… he puesto en venta mi vivienda en South Sioux. No quería decírtelo. No quería… ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cuánto tiempo más puedo…? Vuelta a empezar, después de todo lo que he conseguido… Pero no puedo abandonarle. Ya sabes cómo es ahora. Sabes lo que ocurriría si lo dejara solo.

– No estaría solo.

Se volvió hacia él y le miró a la luz creciente del amanecer. ¿De qué lado estás?

– Si lo dejo en manos de sus amigos, no llegará vivo a fin de año. Le pegarán un tiro en algún accidente de caza. Se lo llevarán de nuevo a hacer carreras.

– Otros podemos echar una mano para vigilarle. Yo estoy aquí.

Karin se inclinó hacia él y lo abrazó.

– Oh, Daniel. No acabo de entenderte. ¿Por qué eres tan bueno? ¿Qué ganas con esto?

Él le puso la mano en la cadera y la acarició, como podría acariciar a un cervato recién nacido.

– No tengo afán de lucro.

Ella deslizó los dedos por su cuello. Daniel era como las aves. Una vez se le enseñaba la ruta, no se apartaba de ella y regresaba, mientras hubiera todavía un lugar, siempre regresaba a casa.

– Entre tú y él me estáis rompiendo el corazón.

Intercambiaron miradas, pero ninguno fue más allá. Él se limitó a hacer un gesto de asentimiento que era totalmente ambiguo.

– Pequeños pasos -dijo.

Ella agachó la cabeza, su cabellera cobriza.

– No sé qué significa eso.

– Es muy sencillo. Puedes estar aquí. Puedes quedarte aquí, conmigo.

No podría haberlo expuesto mejor. Ni una concesión ni una orden. Tan solo una afirmación, la mejor posibilidad para los dos.

– Pequeños pasos -replicó ella. Solo durante un breve período, solo hasta que Mark…-. ¿No te molestará si…?

En el rostro de Daniel se reflejó el dolor que sentía. ¿Había hecho alguna vez ella algo que le molestara? Sacudió la cabeza, su buena voluntad venciendo al recuerdo.

– Si no me lo acabas echando tú en cara…

– No será mucho tiempo -le prometió ella-. No hay mucho más que yo pueda hacer. O se recupera pronto o…

Se interrumpió al ver la expresión de Daniel. Su intención había sido asegurarle que no invadiría su territorio, pero al pronunciar las palabras le habían sonado como una bofetada.

Se inclinó de nuevo hacia él, sus miembros formando una frágil maraña, la primera vez en varios años que permanecían juntos en plena luz del día. Ella lo notaba en la yacija que era el pecho masculino, lo saboreaba en la dicha de su boca fruncida. A fin de enderezar lo errado, él podía perdonárselo todo. Todo excepto la seguridad y la ocultación.

Karin abandonó la casa prefabricada, borrando sus huellas. Daniel, el experto rastreador que podía permanecer inmóvil y desaparecer en el aire, la ayudó. Ella había restaurado el caos de Mark, devolviéndolo al estado que recordaba. Diseminó los discos compactos. Compró otro póster de una chica para sustituir al que había destrozado: una rubia con vestido de algodón a cuadros ligeramente desgarrado, sujetando en sus grasientas manos una gran llave inglesa y cernida sobre una camioneta roja como la sangre. No tenía ni idea de qué hacer con Blackie. Pensó en llevarse la perra al piso de Daniel, por lo menos hasta que observaran cómo estaba Mark una vez en casa. En su estado actual, tal vez atacaría a la perra, la echaría de casa o le administraría laxantes a granel. A Daniel no le importaría que otro ser vivo compartiera su refugio. Pero Karin no podía hacerle eso a la perra.

El doctor Hayes firmó el alta, y Dedham Glen dejó a Mark Schluter en manos del único familiar que le reconocía, aunque él no le correspondiera. Barbara preguntó si podía ser de ayuda.

– Muchísimas gracias -respondió Karin-. Creo que tenemos resuelta la mudanza. Lo que me preocupa es la próxima semana, y la siguiente. ¿Qué debo hacer, Barbara? La compañía aseguradora no cubrirá una atención a domicilio prolongada, y voy a tener que empezar a trabajar.

– Yo seguiré aquí. Él tendrá que acudir a las citas regulares con el terapeuta cognitivo, y cuando lo haga podré ir a ver cómo sigue y qué necesita, si eso sirve de ayuda.

– ¿Cómo? Ya nos has dado demasiado. Jamás podría devolverte…

La cuidadora irradiaba una extraña serenidad. Su mano sobre el hombro de Karin transmitía una absoluta certeza.

– Todo saldrá bien. Nadie se queda sin recompensa, de una manera o de otra. Veamos qué tal van las cosas.

Karin le pidió a Bonnie Travis que la ayudara en el traslado de Mark a casa. Mark recorrió el centro sanitario, despidiéndose de sus compañeros internos.

– ¿Lo veis? -les dijo-. No es una sentencia de muerte. Finalmente os dejarán libres. Si no lo hacen, llamadme y vendré a sacaros.

Pero cuando Karin detuvo el coche, él se negó a subir. Permaneció en el bordillo, rodeado de su equipaje. Ya no llevaba gorro, y su cabello era un fino pelaje. Su rostro se ensombreció al recordar.

– Quieres salirte de la carretera con este cacharro japonés, conmigo dentro. ¿Es ese el plan? ¿Quieres terminar lo que tenía que haber ocurrido desde el principio?

– Sube al coche, Mark. Si quisiera hacerte daño, ¿arriesgaría mi vida?

– Eh, vosotros, ¿habéis oído eso? ¿Habéis oído lo que ha dicho esta mujer?

– Mark, por favor. No te va a pasar nada. Anda, sube al coche.

– Déjame conducir. Subiré si me dejas conducir. ¿Veis? No me da las llaves. Siempre he llevado a mi hermana en coche a todas partes. Cuando estamos juntos, ella nunca conduce.

– Ven conmigo -le dijo Bonnie.

Él reflexionó sobre el ofrecimiento.

– Eso podría estar bien -respondió-, pero esta mujer tiene que esperar aquí diez minutos después de que nos marchemos. No quiero que intente hacer alguna trastada.

Flotaba en el aire un denso olor a estiércol y pesticida. Los campos (soja apelmazada, maíz hasta la altura de la espinilla, pastos punteados de vacas resignadas a su destino) ondulaban en todas direcciones. Cuando Karin llegó a la casa prefabricada, Mark estaba en los escalones de la entrada, la cabeza en el regazo de Bonnie, llorando. La joven le acariciaba la pelusa de la cabeza, esforzándose por consolarle. Al ver aproximarse a Karin, Mark se puso en pie y le habló a gritos.

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