El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
El indignado Mark se movía en la habitación, trazando pequeños círculos.
– ¿Quién se supone que es este tipo? ¿El telepredicador Billy Graham o alguien por el estilo? -Karin asentía como una de esas muñecas cuya cabeza se balancea ligeramente. Barbara no podía apartar los ojos de la imagen que hablaba-. Alguien está tomando el pelo a ese público del estudio. Ninguno de ellos ha visto al auténtico loquero, en persona y de cerca. ¡Y nadie sabe nada de nosotros para poder preguntarnos!
Karin borró a Mark de su mente y escuchó. Weber leía:
La conciencia funciona contándonos una historia, que es completa, continua y estable. Cada borrador revisado afirma ser el original. Y por ello, cuando una enfermedad o un accidente provoca en nosotros una interrupción, a menudo somos los últimos en saberlo.
Las palabras del hombre penetraron en la mente de Karin y volvieron a seducirla.
– Tienes razón -le dijo a Mark-. Tienes toda la razón. Nadie había visto al auténtico Weber, ni el público del estudio neoyorquino ni ellos tres.
Mark dejó de dar vueltas para fijar en ella una mirada inquisitiva.
– ¿Qué diablos sabes tú? Probablemente has tenido algo que ver con esto. Tú fuiste quien lo trajo aquí. Tal vez ese sea el auténtico loquero y el que tú hiciste pasar por él fuera un impostor.
Barbara se levantó para masajearle los hombros. Él se quedó inmóvil, como un gatito al que acarician entre los ojos. Con una expresión de placidez, Mark se recostó en el asiento y miró la pantalla. «Somos más bien como arrecifes de coral -estaba leyendo el doctor Weber-. Unos ecosistemas complejos pero frágiles…» Los tres contemplaron la actuación del desconocido con camisa de seda. Weber contó un relato de una mujer de cuarenta años llamada Maria que padecía el llamado síndrome de Anton.
Me senté a conversar con ella, en su casa de Hartford impecablemente amueblada. Era una mujer dinámica y atractiva, que se había dedicado con éxito a la abogacía durante muchos años. Parecía feliz e incólume en todos los aspectos, salvo por el hecho de que estaba convencida de que podía ver. Cuando le sugerí que tal vez estuviera ciega, ella se rió de tal absurdo y se esforzó por desmentirme. Lo intentó con un vigor y una habilidad notables, haciendo largas y detalladas descripciones de lo que sucedía en aquel momento al otro lado de su ventana. Estas escenas tenían gran coherencia y detalle; simplemente ella no se daba cuenta de que las imágenes no le llegaban a través de los ojos…
La lectura no duró más de quince minutos, pero ese tiempo se les hizo eterno a los tres mientras Weber terminaba el pasaje y recibía unos corteses aplausos. Entonces comenzaron las preguntas. Un respetuoso estudiante se interesó por la diferencia entre la literatura científica y la literatura dirigida a un público generalista. Una jubilada mencionó el escándalo de la sanidad nacional. Entonces alguien preguntó si Weber sentía algún reparo por la posibilidad de violar la intimidad de los sujetos.
Las cámaras captaron la sorpresa del escritor, el cual respondió con vacilación:
– Espero que eso no ocurra. Existen unos protocolos. Siempre oculto los nombres y a menudo los detalles biográficos, cuando no son importantes. En ocasiones el historial de un caso se combina con dos o más, a fin de exponer los rasgos más destacables.
– ¿Quiere usted decir que son ficticios? -inquirió otro. Weber se detuvo a pensar y la cámara se movió, inquieta. Karin se mordió de nuevo las cutículas y Barbara se sentó erguida, una perfecta estatuilla.
Mark fue el primero en hablar, y expresó el sentir general.
– Esto es un desastre. ¿Cambiamos de canal?
La noche que Weber regresó al este desde las desiertas llanuras, no dejó de pensar en Sylvie. Era finales de junio, pero en Setauket hacía fresco, el aire era cortante, un clima más propio de un otoño dorado en la costa norte que de comienzos del verano. Weber recogió su vehículo en el aparcamiento de LaGuardia para vehículos estacionados durante largo tiempo y escuchó los cuartetos para piano de Brahms durante todo el trayecto por la absurdamente congestionada autopista de Long Island. Mientras conducía imaginó a su esposa, los cambios de su rostro a lo largo de treinta años. Recordó el día, cuando llevaban más o menos una década casados, en que le preguntó, sorprendido:
– ¿El cabello se te vuelve más liso a medida que nos hacemos mayores?
– ¿De qué me estás hablando? ¿El cabello? Antes me hacía la permanente. ¿No lo sabías? Ah, los científicos.
– Bueno, si no lo ves en un escáner, no te fías.
Ella le respondió con un golpecito en el blando abdomen.
Pero la noche de su regreso de Nebraska, lo notó. Su mujer… Tal vez fuese porque se había vestido con tanta elegancia. Aquella misma noche tenían que ir a una fiesta para recaudar fondos en Huntington. Algún centro de reinserción social patrocinado por Wayfinders, la organización de Sylvie. Esta ya estaba vestida cuando él llegó a casa.
– ¡Gerald! Por fin estás aquí. Empezaba a ponerme nerviosa. Deberías haberme llamado, haberme dicho que venías.
– ¿Llamarte? Estaba en el coche, cariño.
Ella emitió una risa cargada de benevolencia.
– ¿No sabías que ese telefonillo que llevas encima funciona mientras te mueves? Ese es uno de sus argumentos de venta. No importa. Me alegro de que el Director de la Gira te haya traído a casa sano y salvo.
Sylvie llevaba una blusa de seda italiana, una prenda nueva, de un tímido lila claro, el color de los primeros brotes. Del cuello todavía liso le pendía una delgada madeja de perlas de agua dulce, y lucía dos minúsculas conchas en los lóbulos de las orejas. ¿Quién era aquella mujer?
– ¡Anda, no te quedes ahí! Todo tipo de filántropos han pagado para verte con traje de etiqueta.
Aquella noche él la desvistió, por primera vez en varios años. Entonces la contempló pausadamente.
– Hmmm… -dijo ella, también dispuesta a la acción, aunque un poco avergonzada por ambos. Se rió mientras él la tocaba-. Hmmm… ¿A qué viene esto así, de repente? ¿Es que le echan algo al agua allá en Nebraska?
Retozaron el uno con el otro, sin que les quedase nada que aprender. Luego ella yació a su lado, todavía con la respiración entrecortada, cogiéndole la mano como si estuvieran cortejando. Fue la primera en recobrar el habla.
– Como dirían los conductistas: «Claramente, eso ha sido estupendo para ti. ¿Ha sido bueno para mí?».
Él tuvo que soltar un bufido, se tendió sobre la problemática espalda y se miró la colina del abdomen.
– Supongo que ha sido por no haberlo hecho en tanto tiempo. Lo siento, cariño. No soy el hombre que fui.
Ella se puso de lado y le restregó el hombro, el que se lesionó diez años atrás, mediada la cuarentena, y que nunca se le había arreglado del todo.
– Me gusta esta parte de la vida -dijo ella-. Más lenta, más plena. Me gusta que no estemos continuamente haciendo el amor. -Hablar así era típico de Sylvie. Quería decir: «Que no lo hagamos casi nunca»-. Eso hace que la experiencia… de alguna manera, cuando ha pasado suficiente tiempo para redescubrir… sea más nueva.
– Inventiva. Absolutamente inspirada. «Redescubrir.» La mayoría de la gente ve las nueve décimas partes del vaso vacías. Mi mujer lo ve con la décima parte llena.
– Por eso te casaste conmigo.