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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Finalmente se vislumbró la casa, aunque Gwyneira apenas si podía creer que esa cabaña de madera fuera realmente la granja de O’Keefe. Pero tenía que serlo; en el cercado que había delante pastaba el mulo. Al divisar a Igraine soltó un sonido extraño que empezó como un relincho y acabó como un bramido. Gwyneira sacudió la cabeza. Curioso animal. No entendía por qué algunos los preferían a los caballos.

Ató la yegua a la valla y salió en busca de Helen. En el establo sólo encontró la vaca. Pero luego oyó el estridente grito de una mujer en la casa. Se trataba, por supuesto, de Helen. Gritaba tan horrorizada que a Gwyn se le heló la sangre en las venas. Asustada buscó un arma para defender a su amiga, pero decidió ayudarse con la fusta y correr a salvarla.

No había atacante a la vista. Helen daba más bien la impresión de haber estado barriendo cándidamente la habitación, hasta que la visión de algo la había dejado de piedra.

– ¡Helen! -la llamó Gwyn-. ¿Qué pasa?

Helen no hizo ningún gesto para saludarla o volverse hacia ella. Seguía mirando horrorizada algo que había en un rincón.

– ¡Allí…, allí…, allí! ¿Qué es eso, por el amor de Dios? ¡Socorro, salta! Helen retrocedió espantada y casi tropezó con una silla. Gwyneira la agarró y descubrió el saltamontes grasiento y brillante que continuaba botando frente a ellas. Se trataba de un ejemplar espléndido, sin duda de diez centímetros de largo.

– Es un weta -explicó calmada-. Seguramente un weta de suelo, pero también podría ser un weta de los árboles que se ha extraviado. En cualquier caso, no se trata de un weta gigante, ésos no saltan.

Helen la contempló como si se hubiera escapado de un manicomio.

– Y es macho. A no ser que quieras darle un nombre… -rio Gwyneira-. No pongas esa cara, Helen. Son asquerosos, pero no hacen nada. Saca el bicho fuera…

– ¿No…, no…, no lo podemos… matar? -preguntó Helen temblorosa.

Gwyn sacudió la cabeza.

– Es imposible. No hay forma de acabar con ellos. Supuestamente ni cuando se hierven…, lo que yo, de todos modos, todavía no he intentado. Lucas puede pronunciar conferencias sobre este bicho durante horas. Son, por así decirlo, sus animales favoritos. ¿Tienes un vaso o algo por el estilo? -Gwyneira había observado en una ocasión cómo Lucas atrapaba con habilidad un weta poniendo un tarro de mermelada al revés sobre el enorme insecto-. ¡Nuestro! -exclamó regocijada-. Si conseguimos tapar el tarro podría llevárselo a Lucas como regalo.

– ¡No bromees, Gwyn! Pensaba que era un caballero. -Helen se iba sobreponiendo, aunque seguía mirando con fascinación y horror al gigantesco insecto cautivo.

– Esto no excluye su interés por los artrópodos -señaló Gwyn-. Los hombres tienen preferencias raras…

– Y que lo digas. -Helen pensó en los placeres nocturnos de Howard. Casi cada día se entregaba a ellos cuando su esposa no tenía la regla, la cual, de todos modos, se había interrumpido hacía poco: lo único positivo de la vida matrimonial.

– ¿Preparo un té? -preguntó Helen-. Howard prefiere el café, pero he comprado té para mí. Darjeeling, de Londres. -Su voz adquirió un tono melancólico.

Gwyneira echó un vistazo a la habitación escasamente amueblada. Las dos sillas tambaleantes, la bandeja limpia pero gastada, sobre la que reposaba la Biblia en maorí. La olla borbotante sobre la sórdida cocina. No era la atmósfera ideal para tomar el té. Pensó en la acogedora casa de la señora Candler. Entonces sacudió la cabeza con determinación.

– Ya prepararemos el té después. Ahora ensillas el mulo… En total te doy…, digamos que tres horas de clase de montar. Luego nos encontraremos en Haldon.

El mulo se mostró poco dispuesto a cooperar. Cuando Helen intentaba cogerlo, escapaba e intentaba morderla. Suspiró aliviada cuando aparecieron Reti, Rongo y dos niños más. El rostro sofocado de Helen, sus protestas y su desesperación por capturar al animal fueron un nuevo motivo para provocar las risas de los maoríes, pero Reti ya había puesto el cabestro en unos segundos. También echó una mano a su profesora para poner la silla, mientras Rongo daba al animal unos boniatos. Pero luego ya no había ayuda que sirviera. Helen debía encaramarse sola a la grupa.

Gwyneira se sentó sobre la valla del corral mientras Helen intentaba que el animal caminara. Los niños de nuevo se dieron codazos y se pusieron a reír cuando al principio el mulo no hizo ningún movimiento, ni siquiera el de poner un casco delante del otro. Sólo cuando Helen le propinó una fuerte patada en el flanco, soltó una especie de gemido y se puso a caminar. Pero Gwyneira no estaba satisfecha.

– ¡Así no se hace! Cuando le das la patada no avanza, sólo se enfada. -Gwyneira se inclinaba sobre la cerca de madera como un pastor y subrayaba sus explicaciones moviendo con determinación la fusta. Su única concesión al decoro consistía en subir los pies y esconderlos bajo la falda de amazona, lo que hacía bastante insegura su postura. Sin embargo, ese número de equilibrio era innecesario. Seguramente, los sonrientes niños no habrían dedicado una segunda mirada a las piernas de Gwyneira, aunque no hubieran estado totalmente concentrados en lo que se desarrollaba en el paddock. Sus madres deambulaban constantemente descalzas, con las faldas a media pierna o desnudas.

Pero Helen ya no tenía tiempo para pensar más en ello. Debía concentrarse en guiar a su testarudo mulo por el corral. Para su sorpresa no resultaba tan difícil mantenerse encima de él, la vieja silla de Howard le prestaba suficiente seguridad. Si bien, lamentablemente, el animal se empeñaba en detenerse junto a cada brote de hierba.

– ¡Si no lo golpeo, no se mueve nada! -se quejó, e hincó de nuevo los talones en las costillas del mulo-. Quizá…, si me dieras ese palito… ¡Le podría pegar!

Gwyneira puso los ojos en blanco.

– ¿Quién te ha contratado como educadora? Pegar, dar patadas… ¡A tus niños no los tratas así! -Arrojó una mirada a los risueños maoríes que disfrutaban a ojos vistas de la lucha que mantenía su profesora-. Tienes que querer al animal, Helen. Consigue que te ayude de buen grado. Venga, dile algo amable.

Helen suspiró, reflexionó y se inclinó de mala gana hacia delante.

– ¡Qué orejitas más monas y suaves tienes! -dijo con voz arrulladora, e intentó acariciar las inmensas orejas de cucurucho del mulo. El animal respondió al acercamiento con un intento furioso de morderle la pierna. Helen casi se cayó del mulo del susto y Gwyneira de la valla de la risa.

– ¿Quererme? -resopló Helen-. ¡Me aborrece!

Uno de los niños maoríes mayores hizo un comentario que fue contestado con risas por los otros, mientras Helen se ponía roja.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Gwyn.

Helen se mordió los labios.

– Sólo es una cita de la Biblia -murmuró.

Gwyn asintió maravillada.

– Entonces, si consigues que estos mocosos citen la Biblia de forma voluntaria, tendrías que hacer mover un burro. El mulo es tu único billete para Haldon. ¿Qué significa eso en realidad? -Gwyneira agitó la fusta, pero era evidente que no tenía intención de dársela a su amiga para que estimulara al mulo.

Helen se dio cuenta de que tenía que bautizar a ese animal…

Tras la hora de clase se bebieron un té y Helen habló de sus pequeños discípulos.

– Reti, el mayor, es muy despierto, pero bastante insolente. Y Rongo Rongo es cautivadora. En general son niños buenos. Todo el pueblo es cordial.

– Ya sabes bastante bien maorí, ¿verdad? -preguntó admirada Gwyn-. Yo sólo sé, por desgracia, un par de palabras. Pero no consigo aprender la lengua. Cuesta demasiado.

Helen se encogió de hombros, pero agradeció el elogio.

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