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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¡Entonces sí sería tonto y ciego! -soltó James, pero antes de que pudiera seguir con su comentario, Gwyn divisó un asentamiento en una llanura bajo la sierra hacia la que se dirigían.

– ¿Es Haldon? -preguntó.

James asintió.

Haldon tenía el mismo aspecto que las ciudades de los pioneros que se describían en las noveluchas de Gwyn: una tienda de baratillo, un barbero, un herrero, un hotel y un bar, sólo que aquí se llamaba pub y no saloon. Todo estaba repartido en casas de madera de uno o dos pisos pintadas de colores.

James detuvo el carro delante de la tienda de los Candler.

– Haga con tranquilidad sus compras -dijo-. Primero cargaré la madera, luego iré al barbero y al final me beberé una cerveza en el pub. Así que no tenemos ninguna prisa. Si tiene ganas, puede tomar un té con la señora Candler.

Gwyneira le dirigió una sonrisa cómplice.

– A lo mejor me confía un par de recetas. Últimamente el señor Gerald ha pedido yorkshire pudding. ¿Sabe usted cómo se hace?

James sacudió la cabeza.

– Me temo que ni siquiera O’Toole lo sepa. Entonces, hasta pronto, Miss Gwyn.

Él le tendió la mano para ayudarla a bajar del pescante y Gwyn se preguntó por qué ese contacto despertaba la misma sensación que sólo experimentaba cuando se acariciaba en secreto.

7

Gwyneira cruzó la polvorienta calle del pueblo que la lluvia probablemente convertiría en un agujero enfangado y entró en la tienda de artículos diversos de los Candler. La señora Candler estaba en ese momento distribuyendo caramelos de colores en diferentes tarros, pero parecía dispuesta a interrumpir esta actividad. Saludó radiante a Gwyneira.

– ¡Qué sorpresa, Warden! ¡Y qué suerte! ¿Tiene tiempo para tomar una taza de té? Dorothy lo está preparando. Está detrás con la señora O’Keefe.

– ¿Con quién? -preguntó Gwyneira, y su corazón dio un brinco-. ¿No será Helen O’Keefe? -Apenas si podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

La señora Candler asintió complacida.

– Ah, sí, todavía la recuerda como Miss Davenport. Mi marido y yo tuvimos que comunicar a su futuro esposo que había llegado. Y por lo que he oído, todo sucedió a la velocidad de un rayo en Christchurch y se la llevó enseguida. Pase detrás, señora Warden. Yo iré enseguida, en cuanto vuelva Richard.

«Detrás» se refería a la sala de estar de los Candler, que lindaba directamente con el espacioso local de la tienda. No tenía, sin embargo, un aspecto provisional, sino que disponía de muebles valiosos y elegidos con gusto, de maderas autóctonas. Unas grandes ventanas dejaban entrar la luz y ofrecían la vista al almacén de madera de la parte posterior de la casa, donde James recogía el pedido en ese momento. El señor Candler le estaba ayudando a cargarlo.

¡Y en el salón estaba, en efecto, Helen! Se hallaba sentada en una hamaca forrada de terciopelo verde y charlaba con Dorothy. Cuando vio a Gwyn, dio un brinco. Su rostro reflejaba una mezcla de incredulidad y alegría.

– ¡Gwyn! ¿Eres tú o eres un fantasma? Hoy me encuentro con más seres humanos que en las doce semanas anteriores. ¡Poco a poco creo ver fantasmas!

– ¡Podríamos pellizcarnos la una a la otra! -contestó riendo Gwyn.

Las amigas se abrazaron.

– ¿Desde cuándo estás aquí? -preguntó Gwyn una vez que se hubo desenlazado de Helen-. Habría venido mucho antes de haber sabido que iba a encontrarte.

– Me casé hace apenas tres meses -respondió Helen tensa-. Pero hoy es el primer día que vengo a Haldon. Vivimos… bastante lejos…

No sonaba muy entusiasta. Pero ahora había que saludar a Dorothy. La muchacha acababa de entrar con una tetera y enseguida dispuso otra taza para Gwyneira. Mientras, Gwyn tuvo la oportunidad de observar más de cerca a su amiga. Helen, en efecto, no parecía muy feliz. Había adelgazado y su tez clara, que había protegido cuidadosamente en el barco, estaba ajada y bronceada a causa del sol. También sus manos estaban encallecidas y llevaba las uñas más cortas que antes. Hasta la ropa se había estropeado. Aunque el vestido había sido lavado y almidonado con primor, el dobladillo estaba sucio de barro.

– Nuestro arroyo -se disculpó Helen cuando advirtió la mirada de Gwyneira-. Howard quería venir con el carro grande, porque ha de llevarse material para el cercado. Los caballos pueden con el carro, pero cuando pasamos por el arroyo tenemos que empujar.

– ¿Por qué no construís un puente? -preguntó Gwyneira. En Kiward Station solía pasar constantemente por puentes nuevos.

Helen se encogió de hombros.

– Es probable que Howard no tenga dinero. Ni gente. Uno no puede construir solo un puente. -Asió la taza de té. Sus manos temblaban un poco.

– ¿No tenéis gente? -preguntó Gwyneira desconcertada-. ¿Ni siquiera maoríes? ¿Y cómo os arregláis con la granja? ¿Quién se encarga del huerto, quién ordeña las vacas?

Helen se quedó con la mirada fija. En sus bonitos ojos grises apareció una mezcla de orgullo y desesperación.

– ¿Quién va a ser?

– ¿Tú? -preguntó Gwyneira alarmada-. No puedes decirlo en serio. ¿Pues no se trataba de un gentlemanfarmer?

– Tacha el gentleman…, con lo que no me refiero a que Howard no sea un hombre honrado. Me trata bien y trabaja duro. Pero es un granjero, ni más ni menos. Visto de esta forma, tu señor Gerald tenía razón. Howard lo odia tanto como a la inversa. Entre los dos debió de pasar algo… -Helen hubiera cambiado de tema; no le gustaba hablar de forma negativa sobre su marido. Por otra parte, si ni siquiera aludía a lo que pasaba, ¡nadie le prestaría ayuda!

Pero Gwyn no abordó el asunto. La contienda entre O’Keefe y Warden le daba totalmente lo mismo. Quien le importaba era Helen.

– ¿Tienes al menos vecinos que puedan ayudarte o a quienes pedir consejo? ¡Tú no puedes con todo! -Gwyn volvió al tema del trabajo en la granja.

– Tengo capacidad para aprender -susurró Helen-. Y vecinos…, bueno, un par de maoríes. Los niños vienen cada día a clase y son muy cariñosos. Pero…, pero exceptuándolos a ellos, sois las primeras personas blancas a quienes veo desde…, desde la llegada a la granja. -Helen intentó dominarse, pero luchaba por contener las lágrimas.

Dorothy la estrechó para consolarla. Gwyneira por el contrario ya estaba urdiendo planes para ayudar a su amiga.

– ¿A qué distancia está la granja de aquí? ¿No puedo ir a visitarte alguna vez?

– A ocho kilómetros -contestó Helen-. Pero naturalmente, no sé en qué dirección…

– Tiene que aprenderlo, señora O’Keefe. Si no distingue los puntos cardinales, aquí está perdida. -La señora Candler entró con pastelillos de té de la tienda. Una mujer del lugar los preparaba y los vendía allí-. Desde aquí su granja está al Oeste. La suya también, claro, señora Warden. Aun así, no del todo en línea recta. Desde la calle Mayor sale un camino. Pero puedo explicárselo. Y su esposo lo sabe seguro.

Gwyn quería justo explicar que era mejor no preguntar a ningún Warden qué camino conducía a un O’Keefe, pero Helen aprovechó la oportunidad para cambiar de tema.

– ¿Y cómo es tu Lucas? ¿Es en efecto el gentleman del que habían hablado?

Distraída por un momento, Gwyneira miraba a través de la ventana. James había acabado de cargar la leña y sacaba el carro del patio. Helen notó que los ojos de Gwyn se iluminaban cuando miraba al hombre que estaba en el pescante.

– ¿Es ése? ¿Ese joven atractivo que está en el carro? -preguntó Helen con una sonrisa.

Gwyn parecía no poder desprender la vista de él, pero se repuso.

– ¿Sí? Perdona, estaba mirando la carga. El hombre del pescante es el señor McKenzie, nuestro capataz. Lucas es…, Lucas sería…, bueno, sólo la idea de venir hasta aquí en un carro de tiro y de cargar la madera sin ayuda…

Helen miró ofendida. Howard seguro que cargaba el material para el cercado él mismo.

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