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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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A Gwyneira le habría gustado probar el plato antes de entrar, pero era cierto que tenía prisa y apenas si consiguió cambiarse el vestido de montar por uno informal antes de que la familia se reuniera para comer. En el fondo, Gwyn consideraba que todo ese trajín con la ropa era superfluo. Gerald siempre se presentaba a la comida con la misma ropa con que supervisaba los trabajos en los establos o en los pastos. A Lucas, por el contrario, le gustaba crear un ambiente elegante durante las horas de las comidas y Gwyneira no quería pelearse con él. Llevaba en esos momentos un vestido precioso de color azul claro con bordados amarillos en la falda y las mangas. Se había arreglado a medias el cabello y lo había recogido con unas peinetas.

– Hoy vuelves a estar cautivadora, cariño mío -observó Lucas. Gwyn le sonrió.

Gerald contempló la escena con satisfacción.

– ¡Los tortolitos! -señaló contento-. Así que no tardaremos en celebrar que tenemos descendencia, ¿verdad, Gwyneira?

Gwyn no sabía qué responder. Si de sus esfuerzos con Lucas dependía, no fracasarían. Si una se quedaba embarazada con las cosas que hacían de noche en su habitación, por ella no había problemas.

Lucas, sin embargo, se ruborizó.

– ¡Sólo llevamos un mes casados, padre!

– Bueno, un tiro es suficiente, ¿no? -Gerald soltó una carcajada. Lucas parecía molesto y Gwyneira no volvió a entender nada. ¿Qué relación había entre tener niños y disparar un tiro?

No obstante, Kiri apareció con una bandeja y puso fin a la molesta conversación. Tal como le había enseñado Gwyneira, la muchacha se colocó a la derecha del señor Gerald y sirvió primero al señor de la casa y luego a Lucas y Gwyneira. Procedió con habilidad, Gwyneira no encontró nada que criticar y devolvió una sonrisa de aprobación a Kiri cuando ésta, al acabar de servir, se situó obedientemente junto a la mesa por si precisaban de sus servicios.

Gerald arrojó una mirada de incredulidad a la sopa clara, de un tono rojo amarillento, en la que flotaban unas hojas de col y unos trozos de carne, antes de explotar.

– ¡Por todos los demonios, Gwyn! Era una col de primera categoría y la mejor carne de cordero de este rincón del globo terrestre. ¡Tampoco tiene que ser tan difícil cocinar un estofado como Dios manda! Pero no, lo dejas todo en manos de esa chiquilla maorí y hace con ello lo mismo que nos tragamos cada día. Haz el favor de enseñarle cómo se hace, Gwyneira.

Kiri se sentía herida, Gwyn ofendida. Para ella el cocido sabía estupendamente bien, tenía además un sabor exótico. No tenía ni idea de con qué especias le había dado ese gusto Moana. Ni tampoco de la receta original para el cocido de col y cordero que al parecer Gerald en tanta estima tenía.

Lucas se encogió de hombros.

– Tendrías que haber contratado a una cocinera irlandesa, padre, no a una princesa galesa -dijo en tono sarcástico-. Es evidente que Gwyneira no está familiarizada con la cocina.

El joven tomó con toda tranquilidad otra cucharada de estofado. Tampoco a él parecía molestarle el sabor, pero Lucas no se interesaba mucho en la alimentación. Siempre parecía contento de poder retirarse tras las comidas a leer sus libros o a trabajar en el taller.

Gwyneira probó de nuevo el plato e intentó recordar el sabor del irish stew. En casa pocas veces servía su cocinera ese plato.

– Creo que se prepara sin boniatos -dijo a Kiri.

La joven maorí frunció el entrecejo. Era probable que le resultara inimaginable que se sirviera cualquier plato que fuera sin boniatos.

Gerald montó en cólera.

– No cabe la menor duda de que se prepara sin boniatos! Tampoco se entierra para cocinarlo o se envuelve en hojas o lo que sea que estas mujeres indígenas hagan para envenenar a sus señores. ¡Haz el favor de explicárselo, Gwyn! En algún sitio debe de haber un libro de cocina. Puede que hasta haya uno traducido. ¡Con la Biblia sí se dieron prisa!

Gwyn suspiró. Había oído que las mujeres maoríes de la isla Norte utilizan fuentes subterráneas o la actividad volcánica para cocer los alimentos. Pero en Kiward Station no había nada parecido y nunca había sorprendido a Moana y a las otras mujeres maoríes cavando hoyos para cocinar. Pero lo del libro de cocina sí que era una buena idea.

Gwyn pasó la tarde con la Biblia maorí, la inglesa y el libro de recetas de la fallecida esposa de Gerald en la cocina. Sin embargo, sus estudios comparativos tuvieron un éxito limitado. Al final arrojó la toalla y se marchó a los establos.

– Ahora sé cómo se dice en maorí «pecado» y «justicia divina» -dijo a los hombres mientras hojeaba la Biblia. Kennon y Livingston acababan de llegar de los pastos de montaña y esperaban sus caballos, mientras que McKenzie y McAran limpiaban los arreos-. Pero la palabra «tomillo» no sale.

– Posiblemente sepa igual con incienso y mirra -observó McKenzie.

Los hombres rieron.

– Dígale al señor Gerald simplemente que la gula es un pecado -le aconsejó McAran-. Pero para más seguridad, hágalo en maorí. Si lo intenta en inglés, puede cortarle la cabeza.

Gwyneira ensilló la yegua con un suspiro. Ahora necesitaba aire fresco. Hacía un tiempo demasiado bonito para andar entre libros.

– ¡No me servís de nada! -riñó a los hombres, que todavía reían burlones mientras sacaba del establo a Igraine-. Si mi suegro pregunta por mí, decidle que estoy recogiendo hierbas. Para su estofado.

Gwyneira llevó su caballo al paso primero. Siempre la tranquilizaba la vista de la extensa superficie de tierra ante el impactante telón de los Alpes. Las montañas parecían de nuevo estar tan próximas como si pudieran alcanzarse en una hora a caballo y Gwyneira se divertía trotando hacia ellas y poniéndose una de las cimas como meta. Sólo cuando habían pasado dos horas y no parecía haberse acortado la distancia, dio la vuelta. ¡Ésa era la vida que le gustaba! ¿Pero, qué iba a hacer con la cocinera maorí? Gwyneira necesitaba con urgencia ayuda femenina. Sin embargo, la mujer blanca más cercana vivía a más de treinta kilómetros.

¿Estaría bien visto en sociedad hacer una visita a la señora Beasley cuando sólo había pasado un mes tras la boda? Pero tal vez bastara con una escapada a Haldon. Hasta el momento, Gwyneira todavía no había visitado la ciudad, pero ya era hora. Debía llevar cartas al correo, quería comprar un par de tonterías y, sobre todo, ver otros rostros que los de su familia, el personal doméstico maorí y los pastores. En los últimos tiempos estaba un poco harta de todos, incluso de James. Pero él la podría acompañar a Haldon. ¿No había dicho el día pasado que tenía que ir a recoger un pedido en los Candler? Gwyn se animó con la idea de la excursión. Y seguro que la señora Candler sabría cómo preparar el cocido irlandés.

Igraine galopaba de buen grado de vuelta al hogar. Tras la larga cabalgada la llamaba el comedero. La misma Gwyneira también estaba hambrienta cuando al final condujo a su caballo al establo. De las habitaciones de los hombres salía el aromático olor a carne y especias. Gwyn no pudo contenerse. Esperanzada, golpeó a la puerta.

Era evidente que ya la esperaban. Los hombres se hallaban sentados otra vez alrededor de un fuego abierto y se pasaban una botella. Sobre las llamas borbotaba una olla de la que salía un aromático olor. ¿Acaso no era…?

Todos los hombres resplandecían como si celebraran la navidad y O’Toole, el irlandés, le tendió sonriendo un plato de irish stew.

– Aquí tiene, Miss Gwyn. Déselo a las chicas maoríes. Enseguida se adaptan a todo. Puede que consigan prepararlo igual.

Gwyneira dio complacida las gracias. Ése era con toda certeza justo el plato que Gerald esperaba. Olía tan bien que lo que más le habría gustado a la joven hubiera sido pedir una cuchara y vaciar ella misma el plato. Pero se contuvo. No tocaría el precioso estofado antes de dárselo a probar a Kiri y Moana.

Así que lo dejó bien colocado sobre una bala de paja mientras esperaba a Igraine y luego se lo llevó con cuidado afuera. Estaba en ello cuando casi tropezó con McKenzie, que la esperaba a la puerta del establo con un ramo de hojas que le tendió a Gwyn tan solemnemente como si fuera un ramo de flores.

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