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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Taima -dijo con una sonrisa franca y guiñando el ojo-. En lugar de incienso y mirra.

Gwyneira tomó sonriendo el ramito de tomillo. No sabía por qué el corazón le latía tan deprisa.

Helen se alegró cuando Howard anunció por fin que el viernes irían a Haldon. Había que herrar al caballo otra vez, lo que al parecer era la razón para encaminarse a la ciudad. Según los cálculos de Helen, Howard debió de enterarse de su llegada porque estaría en el herrero.

– ¿Con qué frecuencia se hierra a un caballo así? -preguntó con cautela.

Howard se encogió de hombros.

– Depende, en la mayoría de los casos entre seis y diez semanas. Pero los cascos del caballo bayo crecen lentamente, aguanta doce semanas con unas herraduras. -Satisfecho, dio unas palmadas a su caballo.

Helen hubiese preferido un caballo al que le crecieran mejor los cascos y no pudo reprimir un comentario a propósito.

– Me gustaría estar más a menudo con gente.

– Puedes coger el mulo -dijo su esposo con generosidad-. Hay ocho kilómetros hasta llegar a Haldon, en dos horas estás ahí. Si te vas en cuanto hayas ordeñado, por la tarde podrás volver cómodamente y con tiempo para hacer la comida.

Por lo que Helen había observado en lo que llevaban juntos, Howard no podía renunciar de ninguna manera a una comida caliente por la noche. Sin embargo, era fácil de contentar: tanto se comía el pan ácimo como una crepe, unos huevos revueltos como un potaje. El que Helen apenas supiera preparar más platos no le molestaba, pero Helen tenía pensado pedir a la señora Candler en Haldon un par de recetas más. El menú se le estaba haciendo monótono incluso a ella misma.

– Podrías matar un pollo un día -sugirió Howard cuando le habló de ello. La muchacha se horrorizó, así como de la idea de ponerse en camino ella sola a lomos del mulo hacia Haldon-. Te fijas ahora en el camino -dijo impasible-. Si no también puedes aparejar el mulo…

Ni Gerald ni Lucas tenían nada en contra de que Gwyneira se fuera con McKenzie a Haldon. Sin embargo, Lucas no acababa de comprender por qué ella lo encontraba tan emocionante.

– Te decepcionará, cariño. Es una sucia e insignificante ciudad con sólo una tienda y un bar. Nada de cultura, ni siquiera una iglesia…

– ¿Y no hay médico? -preguntó Gwyneira-. En caso de que yo realmente…

Lucas se sonrojó. Gerald, por el contrario, estaba entusiasmado.

– ¿Ya ha sucedido, Gwyneira? ¿Han aparecido los primeros síntomas? Si es así iremos a buscar, claro está, a un médico de Christchurch. No correremos ningún riesgo con esa partera de Haldon.

– Padre, antes de que llegase el médico de Christchurch, ya haría tiempo que habría llegado el bebé -observó Lucas sarcástico.

Gerald le lanzó una mirada de reprobación.

– Haré llegar al médico con antelación. Vivirá aquí lo que sea necesario, da igual lo que cueste.

– ¿Y los demás pacientes? -planteó Lucas-. ¿Crees que los dejará simplemente en la estacada?

Gerald resopló.

– Es una cuestión de cantidad, hijo mío. ¡Y el heredero de los Warden vale la suma que sea!

Gwyneira se mantuvo al margen. No habría reconocido en absoluto los signos de un embarazo. ¿Cómo saber lo que se sentía? Además, en esos momentos estaba contenta de viajar a Haldon.

James McKenzie pasó a recogerla justo después del desayuno. Había atado dos caballos a un carro largo y pesado.

– Si fuera a caballo, llegaría antes -le planteó, pero a Gwyneira no le importaba sentarse en el pescante al lado de McKenzie y disfrutar del paisaje. Cuando supiera el camino, podría ir a caballo más a menudo a Haldon; pero hoy ya estaba contenta con el viaje en carro. McKenzie era, asimismo, un interesante interlocutor. Sabía los nombres de las montañas que se recortaban en el horizonte, y de los ríos y estanques que cruzaban. Con frecuencia conocía tanto los nombres maoríes como los ingleses.

– ¿Habla bien el maorí, verdad? -preguntó maravillada Gwyn.

McKenzie sacudió la cabeza.

– Creo que nadie habla realmente bien el maorí. Los indígenas nos lo ponen demasiado fácil. Se contentan con aprender cualquier palabra en inglés. ¿A quién le gusta pelearse con palabras como taumatawhatatangihangakoauauotamateaturipuk kapikimaungahoroukupokaiwhenuakitanatahu?

– ¿Qué? -rio Gwyneira.

– Es una montaña en la isla Norte. Incluso para los maoríes es un trabalenguas. Pero se vuelve más fácil con cada vaso de whisky, ¡hágame caso! -James le guiñó el ojo de lado y volvió a esbozar su sonrisa audaz.

– ¿Así que la ha aprendido al fuego del campamento? -preguntó Gwyn.

James asintió.

– He dado bastantes vueltas y he trabajado en muchas granjas de ovejas. Estando de viaje me he alojado con frecuencia en poblados maoríes, son muy hospitalarios.

– ¿Por qué no ha trabajado en la pesca de la ballena? -se interesó Gwyn-. Con eso seguro que se gana más. El señor Gerald…

James hizo una mueca.

– El señor Gerald es también un buen jugador de cartas -observó.

Gwyneira se sonrojó. ¿Era posible que la historia de la partida de cartas entre Gerald Warden y su padre se supiera también allí?

– Por lo general, tampoco en la pesca de la ballena se gana una fortuna -siguió hablando McKenzie-. No me interesaba. Entiéndame bien, no soy un hombre delicado, pero todo ese forcejeo entre sangre y grasa…, no. Pero soy un buen trasquilador, lo aprendí en Australia.

– ¿En Australia no viven únicamente convictos? -preguntó Gwyn.

– No sólo. También descendientes de los presidiarios e inmigrantes totalmente normales. Y no todos los convictos son criminales peligrosos. Ahí ha acabado algún pobre tipo que ha robado un pan para sus hijos. O los irlandeses que se alzaron contra la Corona. Solían ser hombres muy decentes. Hay canallas por todas partes y, yo por mi parte, no he conocido en Australia más que en otras partes de la Tierra.

– ¿Y dónde estuvo además? -preguntó curiosa Gwyn, en quien McKenzie siempre despertaba admiración.

Él sonrió.

– En Escocia. Soy de ahí. Un auténtico Highlander. Pero no un lord de un clan, mi estirpe siempre fue del montón. Sabía de ovejas, no de espadas largas.

A Gwyneira le dio un poco de pena. Un guerrero escocés habría resultado casi tan interesante como un cowboy americano.

– ¿Y usted, Miss Gwyn? ¿De verdad ha crecido en un castillo como cuentan? -James volvió a mirarla de reojo. Pero no daba la impresión de que fuera a interesarse por los chismorreos. Gwyn tenía la impresión de que se interesaba francamente por ella.

– Crecí en una casa señorial -le comunicó-. Mi padre es lord, aunque no uno de los que pertenecen al consejo de la Corona. -Rio-. En cierto modo tenemos algo en común: los Silkham también están más relacionados con las ovejas que con las espadas.

– Pero usted…, disculpe que le pregunte, pero siempre pensaba… ¿Las ladies no se casan en realidad con los lores?

Era bastante indiscreto, pero Gwyneira decidió no tomárselo a mal.

– Las ladies deben casarse con gentlemen -contestó de forma indefinida; pero entonces le pudo el genio-. Y claro que en Inglaterra todos criticaban porque mi esposo sólo es un «barón de la lana», sin título de nobleza. Pero como suele decirse: es bonito poder decir qué caballo de raza te pertenece. Pero a lomos de papeles no hay quien cabalgue.

James casi se cayó del pescante de la risa.

– No diga esta frase en sociedad, Miss Gwyn. Se pondría en evidencia para toda la eternidad. Pero ahora voy comprendiendo que en Inglaterra resultaba un poco difícil encontrar un gentleman para usted.

– ¡Había aspirantes a montones! -mintió Gwyneira ofendida-. Y el señor Lucas todavía no se ha quejado.

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