En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡La señora Candler dice que es así como empieza! -exclamó-. Pero sólo son las once de la mañana. Qué desgracia… ¿Puedes recogerlo tú, Gwyn? -se dirigió vacilante a una silla.
– Es líquido amniótico -dijo Gwyn-. No te preocupes, Helen, no hay nada que lamentar. Te llevaré a la cama y luego enviaré a Dorothy en busca de Matahorua.
Helen se encogió.
– ¡Hace daño, Gwyn, hace mucho daño!
– Pronto pasará -aseguró Gwyneira, cogiendo con determinación a Helen por el brazo y llevándola al dormitorio. Allí ayudó a su amiga a desvestirse y ponerse un camisón, la volvió a tranquilizar y se precipitó al establo para decirle a Dorothy que fuera al poblado maorí. La muchacha se echó a llorar y salió atolondrada del establo. ¡Ojalá que en la buena dirección! Gwyneira pensó en si no habría sido mejor que ella misma hubiera salido a caballo, pero su hermana había necesitado horas para dar a luz a su hijo. Así que con Helen tampoco iría tan deprisa. Y Gwyn le sería sin duda de mayor consuelo que la llorosa Dorothy.
Gwyn limpió la cocina y preparó mientras tanto otro té que llevó a la cama de Helen. Ésta tenía en esos momentos dolores periódicos. Cada dos minutos gritaba y se contraía. Gwyneira la tomó de la mano y le habló para tranquilizarla. Entretanto había transcurrido una hora. ¿Dónde estaban Dorothy y Matahorua?
Helen no parecía percatarse del paso del tiempo, pero Gwyn cada vez estaba más nerviosa. ¿Qué haría si en efecto Dorothy se había perdido? Sólo cuando ya habían pasado más de dos horas, oyó por fin a alguien en la puerta. Con los nervios a flor de piel, Gwyneira se sobresaltó. Pero naturalmente sólo era Dorothy. Seguía llorando. Y no la acompañaba, como era de esperar, Matahorua, sino Rongo Rongo.
– ¡No puede venir! -sollozó Dorothy-. Todavía no. Está…
– Llega otro bebé -explicó Rongo con serenidad-. Es difícil. Es pronto y mamá enferma. Debe quedarse. Decir que Miss Helen fuerte, bebé sano. Yo ayudar.
– ¿Tú? -preguntó Gwyn. Rongo tenía once años como mucho.
– Sí. Yo ya ver y ayudar kuia. ¡En mi familia muchos niños! -advirtió Rongo orgullosa.
Gwyneira no parecía ser la comadrona óptima, pero estaba claro que tenía más experiencia que todas las mujeres y niñas que estaban disponibles.
– Pues bien. ¿Qué hacemos ahora, Rongo? -preguntó.
– Nada -respondió la pequeña-. Esperar. Dura horas. Matahorua dice, cuando estar listo, viene.
– Esto es una auténtica ayuda -gimió Gwyneira-. Pero está bien, esperaremos. -No se le ocurría nada más.
Rongo tenía razón. La espera se prolongó durante horas. A veces iba mal, y Helen gritaba de dolor, luego volvía a tranquilizarse, parecía incluso dormir durante unos minutos. Hacia el anochecer, sin embargo, los dolores aumentaron y aparecieron de forma más seguida.
– Esto normal -señaló Rongo-. ¿Puedo preparar crepe de sirope?
Dorothy estaba escandalizada de que la niña pudiera pensar en comida en esos momentos, pero Gwyn no encontró que fuera mala idea. También ella estaba hambrienta y tal vez podría convencer a Helen para que probara un bocado.
– Ve a ayudarla, Dorothy -ordenó.
Helen la miró desesperada.
– ¿Qué pasará con el niño si me muero? -susurró.
Gwyneira le secó el sudor de la frente.
– No te morirás. Y el niño tiene que estar aquí primero antes de que nos planteemos su futuro. ¿Dónde se ha metido tu Howard? ¿No tendría que estar ya llegando? Podría ir a caballo a Kiward Station y decirles que llegaré un poco más tarde. ¡Si no, se preocuparán!
Helen casi se puso a reír a pesar de los dolores.
– ¿Howard? Antes de que vaya a Kiward Station tendrían que echarse a volar los cerdos. Quizá podrá ir Reti…, u otro niño…
– No les dejo que monten a Igraine. Y el burro conoce tan poco el camino como los niños…
– Es un mulo… -la corrigió Helen, y dio un fuerte suspiro-. No lo llames burro, se lo tomará a mal…
– Sabía que acabarías queriéndolo. Escucha, Helen, ahora voy a subirte el camisón y mirar ahí abajo. Quizás el niño ya se esté asomando…
Helen sacudió la cabeza.
– Lo habría notado. Pero… Pero ahora…
Helen sufrió una nueva contracción. Recordó que la señora Candler le había dicho algo de empujar, así que lo intentó y gimió de dolor.
– Puede ser que ahora… -La siguiente contracción no la dejó terminar de hablar. Helen dobló las piernas.
– Es mejor si se pone de rodillas, Miss Helen -señaló Rongo con la boca llena. Entró con un plato de crepes-. Y caminar ayuda. Porque bebé tiene que bajar, ¿comprende?
Gwyneira ayudó a Helen, que gemía y protestaba, a ponerse en pie. Pero sólo consiguió dar un par de pasos antes de derrumbarse a causa del siguiente dolor. Gwyn le levantó el camisón, mientras se arrodillaba y vio algo oscuro entre las piernas.
– ¡Ya llega, Helen, ya llega! ¿Qué he de hacer ahora, Rongo? Si ahora se cae, se caerá en el suelo.
– No se cae tan deprisa -contestó Rongo, llevándose a la boca otro trozo de crepe-. ¡Hummm, está muy buena! Miss Helen comer cuando el bebé llegar.
– Quiero volver a la cama -se quejó Helen.
Gwyneira la ayudó, aunque no le parecía una idea muy inteligente. Todo había ido sin lugar a dudas más rápido mientras Helen estaba de pie o de rodillas.
Pero luego no tuvo tiempo para seguir pensando. Helen dio un fuerte chillido, y al instante la coronilla oscura que había visto se convirtió en una cabeza de bebé avanzando hacia el exterior. Gwyneira recordó los numerosos nacimientos de corderos que había observado en su hogar y en los que había ayudado al pastor. Eso tampoco iba a perjudicar. Buscó atrevida la cabecita y tiró, mientras que Helen jadeaba y gritaba a causa del dolor. Expulsó la cabeza, Gwyneira tiró de ella, vio los hombros… Y ahí estaba el bebé y Gwyn vio su carita arrugada.
– Ahora cortar -indicó Rongo tranquilamente-. Cortar cordón. Niño guapo, Miss Helen. ¡Niño!
– ¿Un niño? -gimió Helen, e intentó erguirse-. ¿De verdad?
– Eso parece… -dijo Gwyn.
Rongo cogió un cuchillo que había dejado preparado y cortó el cordón umbilical.
– Ahora respirar.
El bebé no sólo respiró, sino que inmediatamente se puso a llorar.
Gwyneira estaba resplandeciente.
– ¡Parece que está sano!
– Sano seguro…, yo decir, sano… -La voz procedía de la puerta. Matahorua, la tohunga maorí, entró. Para protegerse del frío y la humedad se había envuelto el cuerpo en una manta que llevaba sujeta con un cinturón. Sus numerosos tatuajes se veían con mayor claridad que en otras ocasiones, pues la anciana estaba pálida del frío y quizá también del cansancio.
– Yo sentir, pero el otro bebé…
– El otro bebé… ¿también sano? -preguntó Helen apagadamente.
– No. Muerto. Pero mamá vivir. ¡Tu hijo guapo!
Matahorua tomó el mando. Secó al pequeño y pidió a Dorothy que calentara agua para un baño. Antes depositó al recién nacido en los brazos de Helen.
– Mi hijito… -susurró Helen-. Qué pequeñito es…, lo llamaré Ruben, como mi padre.
– ¿Howard no tiene nada que opinar al respecto? -preguntó Gwyneira. En sus círculos era normal que el padre decidiera al menos el nombre del hijo varón.
– ¿Dónde está Howard? -preguntó Helen desdeñosa-. Sabía que el niño llegaría uno de estos días. Pero en lugar de quedarse conmigo, está colgado en la barra de una taberna y se bebe el dinero que ha ganado con sus carneros. ¡No tiene ningún derecho a dar un nombre a mi hijo!
Matahorua asintió.
– Es cierto. Es tu hijo.
Gwyneira, Rongo y Dorothy bañaron al bebé. Dorothy había dejado por fin de llorar y no se cansaba de mirar al niño.
– ¡Es tan mono, Miss Gwyn! ¡Mire, ya ríe!
Gwyneira pensaba menos en las muecas que hacía el niño que en el modo en que había transcurrido su nacimiento. Aparte de que duraba más tiempo, no se había diferenciado todo lo ocurrido de lo que pasaba cuando se paría un potro o un cordero, ni siquiera la expulsión de la placenta. Matahorua aconsejó a Helen que la enterrara en un lugar particularmente bonito y que plantara allí un árbol.