En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Gwyneira mantuvo la vista baja. Era una sensación agradable que la mano del hombre envolviera la suya, una sensación deliciosa, de seguridad. La calidez pareció extenderse por todo su cuerpo, incluso por esos rincones que nada tenían de decentes. Lentamente alzó la vista y advirtió un eco de su placer en los ojos oscuros y penetrantes de McKenzie. Y de repente los dos se echaron a reír.
– Buenas noches, James -dijo Gwyn dulcemente.
En tres días consiguieron conducir el rebaño, más deprisa que nunca. Durante el verano, Kiward Station había perdido pocos animales; la mayoría se encontraba en un estado fabuloso y los carneros fueron muy elogiados. Un par de días después de haber regresado a la granja, Cleo parió sus crías. Gwyn contempló fascinada los cuatro diminutos cachorros en la cesta.
Gerald, por el contrario, parecía disgustado.
– Al parecer todo el mundo puede… ¡salvo vosotros! -gruñó, y lanzó una mirada furiosa a su hijo. Lucas salió sin pronunciar palabra. Hacía semanas que las relaciones entre padre e hijo eran tensas. Gerald no podía perdonar a Lucas su incapacidad para realizar las tareas de la granja, y Lucas estaba iracundo con Gerald porque lo forzaba a montar con los hombres. Gwyneira tenía a menudo la sensación de estar entre dos fuegos. Y cada vez tenía más la impresión de que Gerald estaba enfurecido con ella.
Durante el invierno había menos trabajo en los pastizales en el que Gwyneira pudiera colaborar y Cleo también estuvo unas semanas sin salir. Así que Gwyn encaminó la yegua con más frecuencia a la granja de los O’Keefe. Durante la conducción del ganado había descubierto un camino a campo traviesa, sin lugar a dudas más corto, y visitaba a Helen varias veces a la semana. Ésta se alegraba de ello. El trabajo en la granja le resultaba más pesado a medida que avanzaba el embarazo y le era casi imposible montar a lomos del mulo. Apenas si iba a Haldon a tomar un té con la señora Candler. Prefería pasar los días estudiando la Biblia en maorí y cosiendo la ropa del bebé.
Seguía, como era habitual, dando clases a los niños maoríes, que le aliviaban de muchas de las tareas. No obstante, pasaba sola la mayor parte del día. Eso se debía también a que Howard salía por las noches a beber una cerveza en Haldon y solía llegar bastante tarde. Gwyneira se sentía preocupada por ello.
– ¿Cómo vas a avisar a Matahorua cuando empiece el parto? -preguntó-. No podrás encargarte tú sola.
– La señora Candler quiere enviarme a Dorothy. Pero no me gusta…, la casa es tan pequeña que tendría que dormir en el establo. Y por lo que sé, los niños nacen siempre por la noche. Así que Howard estará aquí.
– ¿Seguro? -preguntó Gwyneira asombrada-. Mi hermana tuvo los niños al mediodía.
– Pero los dolores debieron de comenzar por la noche -respondió Helen convencida. En lo que iba de tiempo había aprendido al menos los conceptos básicos del embarazo y la concepción. Después de que Rongo Rongo le contara las historias más osadas en su inglés chapurreado, Helen había reunido todo su valor para pedir a la señora Candler una explicación. Ésta se lo había relatado de forma objetiva. Había dado a luz a tres hijos y no en las condiciones más civilizadas. Helen sabía ahora el modo en que se anunciaba el parto y lo que debía tener preparado.
– Si así lo crees… -Pero Gwyneira no estaba del todo convencida-. Aunque deberías pensarte lo de Dorothy. Ella aguantará un par de noches en el establo; pero tú podrías morirte si tuvieras que dar a luz totalmente sola.
Cuanto más se acercaba el día, más inclinada se sentía Helen a aceptar la oferta de la señora Candler. Howard cada vez estaba menos en casa. El estado de su mujer lo incomodaba y era evidente que ya no compartía de buen grado la cama con ella. Cuando regresaba tarde de Haldon, apestaba a cerveza y whisky y hacía tanto ruido cuando iba a acostarse que Helen dudaba de que llegara a encontrar el camino del poblado maorí. Así que Dorothy se mudó a principios de agosto a su casa. No obstante, la señora Candler se negó a que la muchacha durmiera en el establo.
– Por todos los cielos, Miss Helen, eso no puede ser. Ya veo yo en qué estado se marcha de aquí el señor Howard por las noches. Y usted está…, quiero decir, él tiene… Echará de menos compartir la cama con una mujer, no sé si me entiende. Cuando llegue al establo y encuentre a una adolescente allí…
– ¡Howard es un hombre decente! -protestó Helen, defendiendo a su esposo.
– Un hombre decente no deja de ser un hombre -replicó categórica la señora Candler-. Y un hombre decente borracho es tan peligroso como cualquier otro. Dorothy dormirá en casa. Yo hablaré con el señor Howard.
Helen estaba preocupada por el choque de pareceres, pero sus temores eran infundados. Después de haber recogido a Dorothy, Howard se llevó ropa de cama al establo con toda naturalidad y montó allí su campamento.
– No me importa -dijo caballerosamente-. He dormido en sitios peores. Y la reputación de la pequeña debe mantenerse a salvo, en eso la señora Candler tiene razón. ¡Que no caiga en descrédito!
Helen admiraba el sentido de la diplomacia de la señora Candler. Al parecer había argumentado que Helen necesitaba una señorita de compañía y que incluso después del parto Dorothy tampoco podría ocuparse por las noches de Helen y el niño si Howard estaba en la casa.
Así que los últimos días antes del nacimiento, Helen compartía la cabaña con Dorothy y se ocupaba de la mañana a la noche de tranquilizar a la muchacha. Dorothy estaba tan asustada antes del alumbramiento, tanto, que Helen a veces llegó a pensar que su madre tal vez no había muerto de no se sabía qué misteriosa enfermedad, sino del parto de una infeliz hermanita.
Gwyneira, por el contrario, se sentía más o menos optimista, incluso ese día nublado de finales de agosto en que Helen se encontraba especialmente mal y deprimida. Howard ya se había marchado a Haldon por la mañana, quería construir un nuevo cobertizo y ya había llegado por fin la madera para levantarlo. Sin embargo, cargaría el material de construcción y seguramente no regresaría de inmediato, sino que se detendría a tomar una cerveza y echar una partida de cartas. Dorothy ordeñó la vaca mientras Gwyneira hacía compañía a Helen. Tenía la ropa húmeda de la cabalgada entre la niebla y sentía frío. Disfrutaba pues de la chimenea y el té de Helen.
– Ya se encargará Matahorua -respondió a Helen cuando ésta le contaba los temores de Dorothy-. ¡Ay, desearía estar en tu lugar! Sé que en estos momentos te sientes desgraciada, pero deberías ver cómo me va a mí. El señor Gerald cada día hace algún comentario, y no es él el único. También las damas de Haldon me examinan del mismo modo que si fuera una yegua en una feria de ganado… Y Lucas también parece enojado conmigo. ¡Si sólo supiera qué es lo que hago mal! -Gwyneira jugueteaba con la taza de té. Estaba a punto de echarse a llorar.
Helen frunció el entrecejo.
– Gwyn, una mujer no hace nada mal. No lo rechazas, ¿verdad? ¿Le dejas hacer?
Gwyn puso los ojos en blanco.
– ¡Y que lo digas! Sé que debo quedarme tranquila. Boca arriba. Y soy amable y lo abrazo y todo… ¿qué más debo hacer?
– Es más de lo que yo he hecho -observó Helen-. Tal vez sólo necesites más tiempo. Eres mucho más joven que yo.
– Pues tendría que ser más fácil -gimió Gwyn-. Al menos eso decía mi madre. ¿No será quizá por culpa de Lucas? ¿Qué significa en realidad que un hombre es un «blando»?
– ¡Pero cómo puedes, Gwyn! -Helen estaba horrorizada de oír tal expresión de la boca de su amiga-. Esas cosas no se dicen.
– Los hombres lo dicen cuando hablan de Lucas. Claro que cuando él no los oye. Si supiera qué significa.
– ¡Gwyneira! -Helen se puso en pie como si quisiera coger la tetera del fuego. Pero entonces gritó y se llevó la mano al vientre-. ¡Oh, no!
A los pies de Helen se formó un charco.