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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Gwyn se corrigió enseguida cuando percibió la expresión de Helen.

– Oh, Helen, naturalmente no lo digo como un desprecio…, estoy segura de que el señor Gerald echaría una mano. Pero Lucas es una especie de esteta, ¿comprendes? Escribe, pinta, toca el piano. Sin embargo, casi nunca se deja ver por la granja.

Helen frunció el ceño.

– ¿Y cuando la herede?

Gwyneira se quedó atónita. A la Helen que había conocido dos meses atrás nunca se le habría ocurrido una pregunta así.

– Creo que el señor Gerald espera otro heredero… -suspiró.

El señor Candler examinó con atención a Gwyn.

– Por ahora no se ve nada -dijo riendo-. Pero hace sólo un par de semanas que se ha casado. Debe darle un poco de tiempo. ¡Formaban los dos una hermosa pareja de novios!

Y así empezó una larga exaltación de la fiesta de bodas de Gwyneira. Helen escuchaba en silencio, aunque Gwyn de buena gana le habría preguntado cómo había ido su propia boda. Después de todo le urgía hablar de muchas cosas con su amiga. A ser posible, mejor a solas. La señora Candler era amable, pero con certeza también era el centro y piedra angular de todos los chismorreos del pueblo.

Ésta se mostró, no obstante, más que dispuesta a ayudar a las dos jóvenes mujeres con recetas y otros consejos sobre cómo administrar la casa:

– Sin levadura no puede hacer pan -dijo la señora Candler a Helen-. Tenga, le daré un poco. Y ahí tengo un producto de limpieza para su vestido. Debe poner en remojo el dobladillo o se estropeará. Y usted, señora Warden, necesita moldes para las magdalenas, si no no serán como las pastas de té originales de Inglaterra que desea el señor Gerald…

Helen incluso adquirió una Biblia en maorí. La señora Candler tenía un par de ejemplares en reserva. Los misioneros habían encargado las Biblias en una ocasión, pero los maoríes no mostraron mucho interés.

– La mayoría no sabe leer -dijo la señora Candler-. Además tienen sus propios dioses.

Mientras Howard cargaba, Gwyn y Helen encontraron un par de minutos de tiempo para hablar entre ellas.

– Creo que tu señor O’Keefe tiene una buena apariencia -observó Gwyn. Lo había visto desde la tienda hablando con Helen. Ese hombre se correspondía más a la imagen que ella se había formado de un emprendedor pionero que el distinguido Lucas-. ¿Te gusta el matrimonio?

Helen se ruborizó.

– No creo que sea algo que tenga que gustar. Pero es… soportable. Ay, Gwyn, ahora volverán a pasar meses hasta que nos veamos de nuevo. Quién sabe si vendrás a Haldon el mismo día que yo…

– ¿No puedes venir sola? -preguntó Gwyn-. ¿Sin Howard? Para mí no es difícil, con Igraine estoy aquí en menos de dos horas.

Helen suspiró y le contó lo del mulo.

– Si supiera montar a caballo…

Gwyneira resplandeció.

– ¡Claro que sabrás! ¡Yo te enseñaré! En cuanto pueda, Helen, te haré una visita. ¡Ya encontraré el camino!

Helen quería decirle que Howard no quería que entrara ningún Warden en la casa, pero se contuvo. Si Howard y Gwyn realmente se encontraban, ya se le ocurriría algo. Pero casi todo el día solía estar ocupado con las ovejas y cabalgaba a las montañas para buscar a los animales dispersos y ocuparse de los cercados. En general no llegaba a casa antes del anochecer.

– ¡Te espero! -dijo Helen esperanzada.

Las amigas se besaron en las mejillas y Helen salió corriendo.

– Pues sí, las esposas de los pequeños granjeros no tienen una vida fácil -dijo la señora Candler apenada-. Trabajo duro y un montón de niños. La señora O’Keefe tiene suerte de que su esposo ya sea mayor. No le hará más de ocho o nueve hijos. Ella tampoco es muy joven. Espero que le vaya bien. A esas granjas aisladas nunca llega una comadrona…

James McKenzie apareció poco después para recoger a Gwyneira. Guardó contento las compras de ella en el carro y la ayudó a subir al pescante.

– ¿Ha pasado un buen día, Miss Gwyn? El señor Candler me ha dicho que se ha encontrado con una amiga.

Para alegría de Gwyn, McKenzie sabía el camino de la granja de Helen. Silbó entre dientes cuando la joven se lo preguntó.

– ¿Quiere ir a casa de los O’Keefe? ¿Meterse en la boca del lobo? No se lo cuente al señor Gerald. Me mata si se entera de que le he explicado cómo llegar.

– Lo habría preguntado en otro lugar -dijo Gwyn tranquila-. ¿Pero qué les ha pasado? Para el señor Gerald, el señor Howard es el demonio propiamente dicho y al parecer lo mismo sucede a la inversa.

James rio.

– No se sabe con exactitud. Se rumorea que fueron socios. Pero luego se separaron. Algunos dicen que por dinero; otros, que por una mujer. En cualquier caso, sus tierras son colindantes, pero Warden se llevó la mejor parte. La parcela de O’Keefe es muy montañosa. Y el hombre tampoco procede de familia de pastores, aunque se supone que viene de Australia. Es todo muy oscuro. Sólo ellos mismos deben de saberlo con precisión, pero ¿llegarán a soltarlo alguna vez? Ah, ahí está el desvío… -James detuvo el coche junto a un camino que giraba a la izquierda en dirección a las montañas-. Se entra por aquí. Puede orientarse con aquellas rocas. Y luego siempre seguir el camino, sólo hay uno.

»A veces es difícil de encontrar, sobre todo en verano, cuando no se ven las huellas del carro. Hay que cruzar algunos arroyos, hay uno que casi es un río. Y una vez que se haya orientado, seguro que hay caminos más directos entre las granjas. Pero al principio es mejor que tome éste de aquí. ¡No vaya a extraviarse!

Gwyneira no se extraviaba tan fácilmente. Además, Cleo e Igraine habrían encontrado si lugar a dudas el camino a Kiward Station. Por eso estaba de buen humor cuando, tres días más tarde, se puso en marcha para visitar a su amiga. Lucas no tenía reparos en que viajara a Haldon, pero tenía por el momento otros motivos de preocupación.

Gerald Warden no sólo había decidido que Gwyn se tomara con más seriedad las labores de un ama de casa, también opinaba que Lucas debía implicarse más a fondo en el negocio de la granja de una vez por todas. Así que cada día le imponía algunas tareas que debía cumplir con los empleados, y con mucha frecuencia se trataba de actividades que al esteta le hacían enrojecer o que provocaban peores reacciones. La castración de los jóvenes carneros, por ejemplo, le produjo tales vómitos que dejó inservible al señor Lucas para el resto del día, como contó a los pastores Hardy Kennon en torno al fuego, mondándose de risa.

Fuera como fuese, ese día Lucas se había puesto en camino con McKenzie para conducir los carneros a los pastos de montaña. Ahí permanecerían los animales durante los meses de verano y luego los sacrificarían. La posible supervisión de esto último ya horrorizaba ahora a Lucas.

A Gwyneira le habría gustado salir con ellos, pero la detuvo una especie de intuición. Lucas no necesitaba ver la soltura con que ella trabajaba con los pastores: quería evitar a toda costa que surgiera la misma competitividad que se había dado con su hermano. Además, no tenía ningunas ganas de cabalgar en la silla de amazona. Había perdido la costumbre de utilizar la silla lateral y tras varias horas seguro que acabaría doliéndole la espalda.

Igraine avanzaba a paso ligero y, tras una hora larga, Gwyneira había llegado al desvío que conducía a la granja de Helen. A partir de ahí quedaban todavía tres kilómetros que se presentaban, no obstante, difíciles. El camino se hallaba en un estado lamentable. Gwyneira se horrorizó ante la idea de recorrerlo con un carro tan pesado como el de Howard. No era extraño que la pobre Helen pareciera agotada.

A Igraine, claro está, no le importaba el camino. La vigorosa yegua estaba acostumbrada a terrenos pedregosos y el frecuente paso por los arroyos la divertía y refrescaba. Para las condiciones de Nueva Zelanda hacía un caluroso día de verano y la yegua sudaba. Cleo, por el contrario, intentaba encontrar las zonas donde no había agua. Gwyneira se reía cada vez que no lo conseguía y la perrita, en un salto fallido, se veía obligada a chapotear en el agua fría, momentos en que alzaba la vista ofendida hacia su ama.

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