En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Antes ya había aprendido idiomas, por eso me resulta más fácil. Además, salvo con ellos, no hay nadie con quien pueda hablar. Si no quiero aislarme del todo, tengo que aprenderlo.
– ¿No hablas con Howard? -preguntó Gwyn.
Helen asintió.
– Sí, pero…, pero…, no tenemos mucho en común…
De repente Gwyneira experimentó un sentimiento de culpabilidad. Cuánto disfrutaría su amiga de las largas conversaciones de Lucas sobre arte y cultura, dejando aparte el tocar el piano y la pintura… Debería sentirse agradecida por tener un marido tan cultivado. Pero en general se aburría con él.
– Las mujeres del pueblo son también muy atentas -prosiguió Helen-. Me pregunto si alguna de ellas será comadrona…
– ¿Comadrona? -exclamó Gwyn-. ¡Helen! No me digas… ¡No puedo creérmelo! ¿Estás embarazada, Helen?
Helen alzó la vista turbada.
– No lo sé con exactitud. Pero la señora Candler así lo ha considerado y me ha hecho un par de observaciones. Además, a veces me siento… especial. -Se sonrojó.
Gwyn quería saberlo todo con detalle.
– ¿Howard hace…, me refiero a si hace sus, que…?
– Creo que sí -susurró Helen-. Cada noche lo hace. No sé si conseguiré acostumbrarme a eso.
Gwyn se mordió los labios.
– ¿Por qué no? Me refiero a… ¿te hace daño?
Helen la miró como si hubiera perdido la razón.
– Claro, Gwyn. ¿Tu madre no te lo ha contado? Pero las mujeres debemos soportarlo. ¿Cómo es que me lo preguntas? ¿A ti no te duele?
Gwyneira titubeó, hasta que Helen, avergonzada, abandonó el tema. Pero la reacción había confirmado sus sospechas. Algo no iba bien entre Lucas y ella. Por primera vez se preguntó si algo en ella no funcionaba…
Helen llamó al mulo Nepumuk y lo mimó con zanahorias y boniatos. Sólo unos pocos días después resonó un bramido de saludo en cuanto salió de la puerta, y en el paddock el mulo se dejó poner enseguida y sin rodeos el cabestro… A fin de cuentas, antes y después tenía su golosina. Tras la tercera clase de hípica Gwyneira se sentía muy satisfecha y, en algún momento, Helen sintió simplemente los ánimos para ensillar a Nepumuk y dirigirse a Haldon. Experimentaba la sensación de haber cruzado como mínimo un océano cuando al final guio al mulo por las calles del pueblo. El animal corrió directo hacia el herrero, pues allí solían esperarlo avena y paja. El herrero se comportó con amabilidad y prometió a Helen guardar el animal mientras ella visitaba a la señora Candler. Ésta y Dorothy no ahorraron elogios y Helen meditó sobre su recién adquirida libertad.
Por la noche premió a Nepumuk con una ración extra de avena y maíz. Ante el agradecido sonido que emitió el animal, Helen ya no encontró tan difícil que le cayera simpático.
8
El verano se acercaba a su fin y en Kiward Station la temporada de cría había sido un éxito. Todas las ovejas destinadas a ello estaban preñadas; el nuevo semental había montado a tres yeguas y el pequeño Daimon a todas las perras listas para ello de la granja e incluso a algunas de otras granjas. Hasta el vientre de Cleo se redondeó. Gwyneira se alegraba por los carneros. Respecto a sus propios intentos de quedar embarazada, hasta el momento no había cambios, si bien ahora Lucas sólo dormía una vez a la semana con ella. Y siempre sucedía lo mismo: Lucas era cortés y atento, y se disculpaba cuando pensaba que podía haber sido brusco de algún modo con ella, pero nada le dolía ni nada sangraba, y, encima, las indirectas del señor Gerald la sacaban de sus casillas. Su suegro opinaba que tras unos cuantos meses de matrimonio con una mujer joven y sana ya podía contarse con un embarazo. Esto reforzó a Gwyn en la idea de que algo le ocurría a ella. Finalmente, se sinceró con Helen.
– A mí me daría igual, pero el señor Gerald es horrible. Ahora ya habla de eso delante del personal y de los pastores. Dice que debería pasar menos tiempo en los establos y dedicarme más a mi marido. Entonces tendría un bebé. ¡Pero no voy a quedarme embarazada viendo pintar a Lucas!
– Pero él… ¿te visita de forma periódica? -preguntó Helen con prudencia. Ella misma estaba ahora segura de que algo había cambiado en ella, aunque nadie había confirmado todavía su embarazo.
Gwyneira asintió y se tiró del lóbulo de la oreja.
– Sí, Lucas se esfuerza. Debo de ser yo. Si sólo supiera a quién preguntar…
A Helen se le ocurrió una idea. Debía ir al poblado maorí en breve y allí… No sabía por qué, pero en ese lugar sentía menos vergüenza de hablar con las mujeres indígenas sobre su posible embarazo que la que sentiría al consultar a la señora Candler u otra mujer del lugar. ¿Por qué no comentar también el problema de Gwyneira si surgía la oportunidad?
– ¿Sabes? Le preguntaré a la hechicera maorí -dijo decidida-. La abuela de la pequeña Rongo. Es muy amable. La última vez que estuve con ella me regaló un trozo de jade en agradecimiento por las clases que doy a los niños. Los maoríes la consideran una tohunga, una mujer sabia. Tal vez sepa algo de estas cosas de mujeres. Lo máximo que puede hacer es decirme que no.
Gwyneira era escéptica.
– En realidad no creo en los hechiceros -respondió-, pero vale la pena intentarlo.
Matahorua, la tohunga maorí, recibió a Helen delante del wharenui, la casa de asambleas adornada con abundantes tallas de madera. Era una construcción bien ventilada, cuya arquitectura se inspiraba en el ser vivo, según le había informado Rongo a Helen. El caballete encarnaba la espina dorsal y las tablas de la cubierta las costillas. Delante del edificio había un asador cubierto, el kauta, donde se cocinaba para todos, pues los maoríes viven en estrecha comunidad. Dormían juntos en grandes dormitorios que no estaban divididos en habitaciones individuales y no contenían prácticamente muebles.
Matahorua indicó a Helen una piedra que sobresalía del suelo de hierba junto a la casa para que tomara asiento sobre ella.
– ¿Cómo poder ayudar? -preguntó sin dar rodeos.
Helen rebuscó en su vocabulario, que se basaba en su mayoría en el de la Biblia y los dogmas religiosos.
– ¿Qué hacer cuando no embarazo? -preguntó, esperando haber omitido el «sin mancha» realmente.
La anciana rio y la colmó de un aluvión de palabras ininteligible.
Helen hizo un gesto de no comprender.
– ¿Cómo no bebé? -preguntó Matahorua intentando expresarse en inglés-. ¡Tú sí esperas bebé! En invierno, cuando mucho frío. Yo ayudar cuando tú querer. ¡Bebé guapo, sano!
Helen no podía entenderlo. Así que era cierto… ¡iba a tener un hijo!
– Yo ayudar cuando tú querer -se ofreció una vez más Matahorua con amabilidad.
– Yo…, gracias, tu eres… bienvenida -respondió con esfuerzo Helen.
La hechicera sonrió.
Pero Helen debía intentar volver a su pregunta anterior. Lo probó otra vez en maorí.
– Yo embarazo -dijo y señaló su vientre, con lo cual apenas se sonrojó ahora-. Pero amiga no embarazo. ¿Qué hacer?
La anciana se encogió de hombros y volvió a dar abundantes explicaciones en su lengua materna. Al final hizo señas a Rongo Rongo, que estaba jugando al lado con otros niños.
La pequeña se acercó despreocupada y se mostró abiertamente dispuesta a prestar sus servicios de traductora. Helen, sin embargo, se puso roja de vergüenza de tener que plantear a un niño tales asuntos, pero Matahorua no parecía ver ningún problema en ello.
– Esto ella no puede decirlo -explicó Rongo una vez que la tohunga hubo repetido sus palabras-. Puede haber muchas causas. En el hombre, en la mujer, en los dos… Tiene que ver a la mujer, o mejor, al hombre y la mujer. Así sólo puede adivinar. Y adivinar no sirve.
Matahorua regaló un nuevo trozo de jade a su amiga.
– Amigos de Miss Helen siempre bienvenidos -dijo Rongo.
Helen sacó de su bolsa unas patatas de siembra como muestra de agradecimiento. Howard protestaría de que ella regalara la preciosa mercancía, pero la anciana maorí se alegró a ojos vistas. Con unas pocas palabras indicó a Rongo que recogiera unas hierbas que le tendió a Helen.