El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
En los petroglifos sudoccidentales hay grullas que danzan. El viejo Hombre Grulla enseñó a Tewa a danzar. Los aborígenes australianos hablan de una mujer hermosa y altiva, la perfecta danzarina, a quien un brujo convirtió en grulla.
Apolo iba y venía en forma de grulla, cuando visitaba el mundo. El poeta Íbico, del siglo VI a.C., a quien habían golpeado hasta dejarlo sin sentido y dado por muerto, llamó a una bandada de grullas que pasaban, y las aves siguieron al atacante hasta un teatro y se cernieron sobre él hasta que confesó ante la asombrada multitud.
En las Metamorfosis de Ovidio, Hera y Artemisa convierten a Gerania en grulla para castigar a la reina pigmea por su vanidad. El héroe irlandés Finn cayó por un precipicio y fue recogido en el aire por su abuela, que se había transformado en grulla. Si las grullas volaban en círculo sobre los esclavos norteamericanos, alguien iba a morir. El Primer Guerrero que luchó para crear el antiguo Japón adoptó al morir la forma de una grulla y se alejó volando.
Tecumseh trató de unir a las naciones dispersas bajo el estandarte del Poder de la Grulla, pero el emblema de los hopi que representaba el pie de la grulla se convirtió en el símbolo de la paz mundial. El pie de la grulla (pied de grue) llegó a convertirse en la marca de descendencia ramificada del geneálogo, el pedigrí.
A fin de conseguir que un deseo se realice, los japoneses deben hacer un millar de grullas de papel. Sadako Sasaki, de doce años, afectada por la «enfermedad de la bomba atómica», llegó a confeccionar 664. Cada año, niños de todo el mundo le envían millares.
Las grullas ayudan a llevar a un alma al paraíso. Imágenes de grullas se alinean en las ventanas de las casas en duelo, y joyas en forma de grulla adornan al difunto. Las grullas son almas que una vez fueron humanos y podrían volver a serlo, dentro de muchas vidas. O los humanos son almas que una vez fueron grullas y volverán a serlo, cuando la bandada se haya reunido.
Hay algo en la grulla atrapado a medio camino, en el centro entre el ahora y el cuando. Un poeta vietnamita del siglo XIV imagina a las aves siempre a medio camino por el aire:
Las nubes se deslizan mientras pasan los días;
los cipreses son verdes al lado del altar,
el corazón, un estanque helado bajo la luz lunar.
La lluvia nocturna hace llorar a las flores.
Bajo la pagoda, un sendero en la hierba.
Entre los pinos, las grullas recuerdan
la música y las canciones de años pasados.
En la inmensidad del cielo y el mar,
¿cómo revivir el sueño ante la lámpara de esa noche?
Cuando los animales y las personas hablaban el mismo lenguaje, los gritos de las grullas decían exactamente lo que querían decir. Ahora vivimos en ecos confusos. Dice Jeremías que la tórtola, la golondrina y la grulla siempre llegan a su debido momento. Solo los seres humanos no recuerdan la orden del Señor.
En cuanto Karin le llamó a la habitación de su hotel, supo que algo iba mal. Su voz no casaba con la foto de sus libros. Su tono campechano reflejaba compasión, pero sus palabras eran las de un genuino profesional de la medicina. En persona, parecía uno de esos expertos calvos y desenvueltos que, en otoño, se sientan en los columpios de los porches de Nueva Inglaterra y responden a las preguntas de programas televisivos para enseñar deleitando con voces irritantemente suaves y llenas de seguridad. El hombre que vino a Nebraska no era el autor de aquellos libros brillantes y minuciosos. Cuando ella trató de plantearle la historia de Mark, Gerald Weber no cumplió con lo que él mismo afirmaba que era la esencia de toda buena práctica médica. No la escuchó. Ella se sintió como si estuviera hablando con su ex jefe, con Robert Karsh o incluso con su propio padre.
Cuatro días después, el experto nacional desapareció. No había hecho más que realizar unas pocas pruebas y grabar conversaciones en una cinta, recogiendo material para sus propios fines. Incapaz de tratar el problema por sí mismo, no prescribió nada más que un vago programa de terapia cognitiva conductual. Voló hasta la ciudad, jugó con las esperanzas de todos, incluso explotó la amistad de Mark. Y luego emprendió el vuelo de regreso, tras sugerir que todos los involucrados debían aprender a vivir con el síndrome. Ella había confiado en él, y él no le había dado más que filosofía.
Sin embargo, fiel a sí misma, ni una sola vez se había enfrentado a Weber. Hasta el momento en que este les volvió la espalda, ella halagó las credenciales de aquel hombre, con el convencimiento de que, si era lo bastante cortés, el especialista de cabello gris, barbudo y de habla educada derrotaría al Capgras y salvaría a su hermano y a ella. Daniel le había planteado su deseo de reunirse con el doctor, pero ella le había dado largas. Daniel nunca le preguntó por qué, pero no tenía necesidad de hacerlo. Una semana después de que Weber se hubiera marchado, Karin se dio cuenta de lo evidente: se había estado acicalando para aquel viejo. Cualquier cosa, a fin de conseguir su ayuda.
Tres semanas después de que el neurocientífico les abandonara, Karin estaba jugando al ping-pong con Mark en la sala de recreo. A Mark le gustaba tanto el juego que jugaba incluso con ella, siempre que Karin no ganara. Barbara entró apresuradamente en la sala, llena de excitación.
– El doctor Weber saldrá mañana en Book TV. Leerá unos pasajes de su nueva obra.
– ¿El loquero en la televisión? ¿La televisión de verdad? ¿Transmitido a todo el país? Os dije que ese hombre era famoso, pero ¿me hicisteis caso? Van a hablar de él en todas partes.
– ¿Book TV? -preguntó Karin- ¿Cómo te has enterado de eso?
La auxiliar se encogió de hombros.
– Pura casualidad.
– ¿Te estabas esperando algo de esto? -insistió Karin-. ¿O acaso él te dijo…?
Barbara se ruborizó.
– Resulta que suelo ver ese programa por cable. Una mala y vieja costumbre. Solo veo unos pocos programas de televisión: aquellos en los que no hay explosiones y los que no me indican cuándo debo reírme.
Mark lanzó la pala de ping-pong al aire y a punto estuvo de atraparla cuando cayó.
– El Alienista en la caja tonta. No podemos perdérnoslo, ¿verdad?
Al día siguiente, los tres se apretujaron alrededor del aparato en la habitación de Mark. Karin se mordía las cutículas, incluso antes de que hubieran presentado al invitado. Era humillante ver actuar ante las cámaras a alguien a quien conocías personalmente. Barbara también estaba inquieta. Charló más durante los seis minutos de la presentación de Gerald Weber que en el mes y medio que llevaba cuidando de Mark. Finalmente Karin tuvo que hacerla callar.
Solo Mark se lo estaba pasando bien.
– El favorito del equipo local pisa la base del bateador en el momento más crítico del partido. El público está nervioso. Esperan el home-run. -Pero cuando el doctor Weber por Fin se encaminó al estrado, ante el reducido público del plato de televisión, Mark exclamó-: ¿Qué demonios pasa? ¿Es esto alguna clase de broma? -Las dos mujeres trataron de calmarle. Él se puso en pie, la personificación de la rectitud-. ¿Qué clase de engaño es este? ¿Ese hombre es el loquero? Ni por asomo.
Bajo las luces del plató, distorsionado por la emisión televisiva y la tensión de aparecer en público, el hombre había cambiado realmente. Karin miró a Barbara, la cual le devolvió la mirada, sus espesas cejas fruncidas. Ahora el cabello de Weber estaba espectacularmente extendido sobre la rala coronilla, y la barba había sido cardada, bien trabajada, casi al estilo francés. El traje oscuro había desaparecido y en su lugar había una camisa de color burdeos que parecía de seda. En la pantalla daba la sensación de ser más alto, y sus hombros se ensanchaban, casi combativos. Cuando empezó a leer, la prosa brotó de sus labios con cadencias del Antiguo Testamento. Las mismas palabras eran tan juiciosas, sintonizaban tan bien con los sutiles matices de la naturaleza humana, que parecían haber sido escritas por alguien ya muerto. Aquel era el auténtico Gerald Weber, que, por misteriosas razones, durante su breve estancia en Nebraska se había ocultado bajo un contenedor de trigo vacío.