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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Listria Park no era un parque en realidad, como Isabelle había supuesto en un principio. En cambio se trataba de una calle que comprendía una curva de edificios que, en otra época, habían sido viviendas individuales, pero ahora eran pisos con ventanas que daban al cementerio de Abney Park, y jardines que llegaban hasta sus paredes, como había descrito la señora Littlejohn. Les llevó algo de tiempo encontrar el edificio donde vivía Marlon Kay, pero, una vez que lo hicieron, descubrieron que la suerte les había sonreído, ya que el chico estaba en casa. También estaba su padre y fue la voz insustancial de este hombre la que aparentemente respondió cuando llamaron al timbre que había junto al nombre «D. W. Kay».

– ¿Sí? ¿Qué quiere? -gritó.

Isabelle le hizo una seña a Lynley, quien se encargó de responder.

– Policía Metropolitana. Estamos buscando a…

A pesar de la fallida conexión entre la calle y el apartamento, ambos pudieron oír la conmoción provocada por las palabras de Lynley: golpes de muebles, ruidos de pasos, un «¿Qué coño…? ¿Dónde crees que…? ¿Qué haces?». Y luego un zumbido abrió la puerta y entraron en el edificio.

Isabelle y Lynley ya se dirigían hacia la escalera en el momento en que un chico corpulento descendía a toda pastilla. Se lanzó sobre ellos, con los ojos desorbitados y sudando, tratando de alcanzar la puerta de la calle. Para Lynley no fue difícil detenerle. Un brazo fue suficiente. Con el otro le inmovilizó.

– ¡Suélteme! -chilló el chico-. ¡Él me matará!

Desde el piso de arriba un hombre gritaba:

– ¡Sube tu culo aquí, pequeño y jodido gamberro!

«Pequeño» no era un adjetivo que le hiciera justicia. Aunque el chico no llegaba a ser obeso, era, no obstante, un genuino ejemplo de la tendencia de la juventud moderna a la comida frita, rápida y cargada de diferentes clases de grasas y azúcares.

– ¿Marlon Kay? -preguntó Isabelle al joven que se debatía bajo la firme presión de Lynley.

– ¡Suélteme! -gritó-. Él me molerá a palos. ¡Ustedes no lo entienden!

En ese momento, D. W. Kay bajó velozmente la escalera con un palo de criquet en la mano, que agitaba furiosamente mientras gritaba:

– ¿Qué coño has hecho? ¡Será mejor que me lo digas antes de que lo hagan estos polis, o te aseguro que te machacaré la cabeza desde aquí a Gales!

Isabelle se interpuso en su camino.

– Ya está bien, señor Kay. Baje ese palo de criquet antes de que le encierre por agresión.

Quizá fue el tono de voz, pero el hombre se paró en seco ante ella respirando como un caballo de carreras derrotado y con un aliento que olía a dientes podridos hasta el cerebro. El hombre parpadeó.

– Supongo que usted es el señor Kay. ¿Y éste es Marlon? Queremos hablar con él.

Marlon gimoteaba. Se encogió ante la presencia de su padre.

– Él me dará una paliza -dijo.

– Él no hará nada de eso -le dijo Isabelle al chico-. Señor Kay, acompáñenos a su piso. No tengo intención de mantener una conversación en el pasillo.

D. H. la miró de arriba abajo -ella podía asegurar que se trataba de la clase de hombre que tenía lo que los psicólogos llaman «problemas con las mujeres»- y luego miró a Lynley. Su expresión revelaba que en lo que a él concernía, Lynley llevaba bragas con encaje si permitía que una mujer diese órdenes en su presencia. Isabelle sintió deseos de machacarle a «él hasta Gales». ¿En qué siglo pensaba que vivían?

– ¿Tengo que repetirlo? -soltó.

El hombre lanzó un gruñido, pero obedeció. Volvió a subir la escalera y ellos le siguieron, Marlon agazapado por el miedo y sujetado por Lynley. En lo alto del primer tramo de escalera había una mujer de mediana edad vestida con ropa de ciclista. Hizo una mueca que combinaba asco, aversión y repugnancia, y le dijo al señor Kay:

– Ya era hora. -Él la apartó del camino, y ella añadió, dirigiéndose a Lynley e ignorando por completo a Isabelle-: ¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?

Su grito de: «¿Piensan hacer algo con él, finalmente?», fue lo último que oyeron antes de que la puerta se cerrase tras ellos.

Dentro del apartamento las ventanas estaban abiertas, pero como no había ventilación cruzada, las pequeñas aberturas no conseguían mitigar la temperatura. El lugar, a diferencia de lo que Isabelle había esperado encontrar, no era una pocilga. Había una sospechosa capa blanca encima de casi todo, pero resultó ser polvo de yeso, ya que pronto se enteraron de que D. W. Kay era yesero y estaba a punto de marcharse a trabajar cuando ellos habían llamado al timbre.

Isabelle le dijo que necesitaban hablar con su hijo y le preguntó a Marlon qué edad tenía. El chico contestó que tenía dieciséis años y se encogió, como si previese que su edad fuera causa de castigo corporal. Isabelle suspiró. Debido a su edad se requería la presencia de un adulto que no fuese policía, preferiblemente la de uno de sus progenitores, lo que significaba que tendrían que interrogar al chico delante de su furioso y explosivo padre, o bien ante un asistente social.

Miró a Lynley. Su expresión le confirmó que la decisión le correspondía a ella, ya que era su superior.

– Debemos interrogar a Marlon en relación con el cementerio -le dijo al padre-. Supongo que sabe que allí se cometió un asesinato, señor Kay.

El rostro del hombre enrojeció visiblemente. Los ojos parecieron salírsele de las órbitas. Isabelle pensó que el señor Kay era un infarto masivo con patas. Continuó.

– Podemos interrogarle aquí o en la comisaría local. Si lo hacemos aquí, se le pedirá que no sólo permanezca callado, sino que también mantenga las manos lejos de este chico desde ahora hasta la eternidad. Si no lo hace, será arrestado en el acto. Una sola llamada de su hijo, de un vecino, de cualquiera, y le meteremos entre rejas. Una semana, un mes, un año, diez años. No puedo decirle qué decidirá el juez, pero sí puedo asegurarle que lo que he presenciado allí abajo es algo sobre lo que testificaré. Y supongo que sus vecinos se mostrarán encantados de hacer lo mismo. ¿He sido clara o necesita más explicaciones sobre esta cuestión?

El hombre asintió. Luego meneó la cabeza. Isabelle dedujo que estaba respondiendo a ambas preguntas y dijo:

– Muy bien. Ahora siéntese y mantenga la boca cerrada El hombre se dirigió, irritado, hacia un sofá gris que formaba parte de un triste conjunto de tres piezas de una clase que Isabelle no había visto en años, completado con flecos y borlas. Se sentó. Una nube de polvo de yeso se elevó a su alrededor. Lynley condujo a Marlon a uno de los dos sillones y luego se acercó a la ventana, donde permaneció de pie, acodado en el alféizar.

En la habitación todo estaba frente a un enorme televisor de pantalla plana donde ahora se emitía un programa de cocina, si bien el volumen había sido silenciado. Debajo del televisor había un mando a distancia. Isabelle lo cogió y apagó el aparato, una acción que, por alguna razón, hizo que Marlon volviese a gimotear. Su padre le miró y frunció los labios. Isabelle le fulminó con la mirada, tras lo que el hombre recobró la compostura. Ella asintió secamente y fue a sentarse en el otro sillón, cubierto de polvo como todo lo demás.

Le expuso a Marlon los hechos: se le había visto cuando salía de la construcción auxiliar que había junto a la capilla en ruinas dentro del cementerio. En el interior de ese lugar se había encontrado el cadáver de una mujer joven. En las proximidades del cadáver habían dejado caer una revista con las huellas dactilares de una persona. La Policía había hecho un retrato robot a partir de la información suministrada por las personas que le vieron salir de ese lugar, y si era necesario hacer una rueda de reconocimiento habría pocas dudas de que sería identificado, aunque debido a su edad probablemente utilizarían fotografías y no sería necesario que se colocara en una rueda de identificación con otras personas. ¿Quería hablar de ese asunto?

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