El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
20.-
El idilio comenzado en Fin de Año volvió consumarse al día siguiente, antes de levantarse, y varias veces durante la tarde. Y al cabo de unos días se hubiera dicho que no hacían otra cosa. Cuando se hallaban en la sala de estar con los demás huéspedes se mostraban educados y circunspectos, pero a la menor oportunidad iban por separado al cuarto de Gabriella y hacían el amor de todas las formas y en todos los lugares posibles. Él le enseñó cosas que ella jamás creyó imaginables. Lo que compartía con Steve no tenía nada que ver con el amor puro y dulce compartido con Joe Connors, pero era algo poderoso y embriagador. Por las mañanas le costaba tener que dejarle para ir a trabajar.
Gabriella había empezado su nuevo trabajo después de Año Nuevo y estaba encantada. La librería era como un sueño para ella. Y las noches las pasaba con Steve, deleitándose con su hechizo. Y cuando no estaban en la cama hablaban, reían y bromeaban y la mayoría de las veces ni se molestaban en cenar. En lugar de eso se devoraban el uno al otro y vivían de patatas fritas y galletas.
– De todos modos, tampoco puedo alimentarte -bromeaba él, pero las veces que conseguían salir de la cama, ella le invitaba a cenar.
Gabriella sabía que con el tiempo las cosas cambiarían y Steve le devolvería el dinero que había pagado a la señora Boslicki por el alquiler de enero. Mas por el momento estaba sin blanca. Steve le habló de mudarse a otra casa en febrero, pero Gabriella detestaba verle marchar ahora. Así pues, le pagó el alquiler de febrero, si bien esta vez le dio el dinero a él para que nadie supiera lo que había hecho. El profesor Thomas se alegraba de que a Gabriella le gustara el muchacho, del cual todavía tenía muy buena opinión, pero algunos huéspedes habían empezado a sospechar de su idilio y no les hacía mucha gracia. Steve llevaba cuatro meses sin trabajar y la gente empezaba a hacer comentario.
Seguía recibiendo numerosas llamadas, pero a pesar de su buen parecido, su inteligencia y su elegante indumentaria, éstas nunca llegaban a buen puerto. En estos momentos las empresas no estaban contratando a hombres con las aptitudes de Steve, o eso le contaba a Gabriella, y ella le creía. Steeve aseguraba que los empresarios le temían porque tenía demasiado talento, mientras que otros simplemente estaban celosos de él. a Gabriella no le extrañaba. Steve tenía mucho que ofrecer.
Últimamente Gabriella escribía menos y el profesor le había regañado y cuando su relato salió publicado en el New Yorker de marzo, le recordó que era hora de escribir otro. Tenía que batir el hierro ahora que estaba candente. Pero el único calor que Gabriella deseaba era el del cuerpo de Steve. Estaba descubriendo con él un mundo apasionante y embriagador. La única nota oscura en su vida era la salud del profesor. La señora Rosenstein insistía en que debía hacerse unos análisis, pero él decía que los médicos siempre creaban problemas donde no los había, y Gabriella le creía. Con todo, era innegable que tenía mala cara y no paraba de toser. Era una tos profunda, y aún cuando Gabriella no estuviera saliendo con Steve, el profesor habría estado demasiado débil para sacarla a cenar. Se alegraba de que Steve la tuviera ocupada. Gabriella tenía mejor aspecto que nunca y la atención del muchacho le sentaba de maravilla.
Steve iba a verla de vez en cuando al trabajo y siempre mantenía interesantes conversaciones con Ian. Gabriella se alegraba de que congeniaran y en más de una ocasión salieron a cenar con Ian y su novia. Y, como siempre, Gabriella tenía que prestar dinero a Steve, que seguía sin blanca. Su cuenta bancaria llevaba tres meses vacía y el único dinero que tenía era el que Gabbie le prestaba. Ella le estaba manteniendo con el salario de la librería. Eso significaba que debía privarse de algunas cosas, pero no le importaba con tal de poder ayudarle. Y Steve siempre se mostraba muy agradecido, y le compensaba cuidando de ella, llevando la ropa de ambos a la lavandería mientras ella estaba en el trabajo y haciéndole el amor durante horas en cuanto aparecía por la puerta. A veces la esperaba en la cama, desnudo, y Gabriella no quería decirle que estaba cansada, que había tenido un día duro o que simplemente no le apetecía. A Steve le encantaba darle placer, era lo único que podía ofrecerle y era más que generoso con su cuerpo.
Fue en mayo cuando Gabriela advirtió que Steve ya no le hablaba de sus entrevistas ni de las empresas a las que llamaba. Parecía haber dejado de buscar trabajo y ya no le incomodaba pedir dinero a Gabriella. Ya no lo llamaba préstamos. A ella, no obstante, le molestaba que Steve lo diera por sentado. Más de una vez le pilló registrándole el bolso, y después de eso Gabriella empezó a esconder el dinero. Ya no le decía qué día iba a cobrar. Y el 1 de junio cayó en la cuenta de que llevaba seis meses pagándole el alquiler y le propuso compartir una sola habitación. De las dos, Gabriella prefería la suya, aunque la de él era más barata. A Steve no le gustó la idea.
– Eso me pondría en una situación muy embarazosa -repuso con orgullo-. Todo el mundo sabría que me estás manteniendo. Además, sería perjudicial para tu reputación.
Pero pagarle el cuarto cada mes constituía una ruina. El salario de Gabriella, apenas adecuado para una persona, resultaba del todo insuficiente si tenía que cubrir el alquiler de Steve, sus comidas y los taxis que cogía. Gabriella decidió sugerirle que se buscara un trabajo de camarero, como había hecho ella. Pero el día que planteó la cuestión, después de pagarle otro alquiler y no tener dinero para sacar de la tintorería su propia ropa, Steve se mostró indignado.
– ¿Me estás llamando gigoló?
Estaban en el cuarto de Gabriella, discutiendo acaloradamente, y ella lamentó que pudiera pensar semejante cosa.
– No he dicho eso. Sólo digo que no puedo mantenerte.
Era la primera vez que trataba un asunto de esa índole. No dominaba el tema y eso le desagradaba. La hacía sentirse mezquina, mientras que Steve se comportaba como si ella le debiera algo.
– ¿Es eso lo que crees que estás haciendo? -repuso, herido hasta la médula-. ¿Mantenerme? ¡Cómo te atreves! -pero así era, lo llamara como lo llamara-. Lo único que estás haciendo, Gabriella, es prestarme dinero.
– Lo sé, Steve… perdóname. Es sólo que… no siempre consigo salir adelante. Mi salario no es suficiente para los dos. Creo que tienes que buscarte un trabajo como sea.
– No fui a Yale y Stanford para aprender a servir mesas.
– Yo tampoco. Yo estudié en Columbia, que también es una buena universidad, pero cuando salí del convento me di cuenta de que tenía que comer.
Y él también, pero ella le pagaba la comida. Cada vez que surgía el tema Steve conseguía hacerla sentir culpable, de modo que al final Gabriella desistió y opto por escribir algunos relatos. Pero esta vez se los rechazaron todos. Y el día que llegó la última devolución volvió a pillar a Steve registrándole el bolso. Tenía casi todo su sueldo en las manos cuando Gabriella regresó del cuarto de baño.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó incrédula-. Todavía no he pagado los alquileres.
– La señora Boslicki puede esperar. Se fía de nosotros. Debo dinero.
– ¿A quién? ¿Por qué? -preguntó ella al borde de las lágrimas.
Steve estaba creando una situación insostenible. Se estaba convirtiendo en una pesadilla, y cuando intentó razonar él se mostró muy hostil. Gabriella se dijo que probablemente estaba avergonzado. No obstante, sus respuestas eran cada vez más vagas.