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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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La lágrimas de rangi, así lo había contado en una ocasión anterior Rongo, caían del cielo en forma de lluvia.

– Es una historia muy bonita -murmuró Helen-. Pero ya sabéis que los pakeha proceden de grandes regiones extranjeras, donde todo está congelado y blanco. Y estas historias de la Biblia fueron contadas por el Dios de Israel a los profetas y son la verdad.

– ¿Sí, Miss Helen, Dios las contó? ¡Para nosotros un dios no hablar! -Reti estaba fascinado.

– ¡Ahí está! -contestó Helen con un asomo de mala conciencia. A fin de cuentas, pocas veces se atendían sus oraciones.

Los invitados de Gwyneira por fin se marcharon y la vida en Kiward Station volvió a la normalidad. Gwyn esperaba recuperar con ello la relativa libertad de que había disfrutado los primeros días en la granja. Y así sucedió hasta cierto grado: Lucas no le daba ningún tipo de directivas. Ni siquiera censuró que Cleo volviera a dormir en los aposentos de Gwyneira cuando él visitaba a su esposa.

Las primeras noches la perrita se convirtió en un auténtico fastidio, pues creía que Gwyneira era maltratada y protestaba con fuertes ladridos. La regañaron y volvieron a enviarla a su propia manta. Lucas lo aguantaba sin quejarse. Gwyn se preguntaba el motivo y no podía desprenderse de la sensación de que su esposo se sentía culpable frente a ella. En sus encuentros todavía no había sufrido dolores ni derramado nada de sangre. Por el contrario: con el tiempo disfrutaba de las caricias y a veces se sorprendía, tras la partida de Lucas, tocándose y disfrutando de la sensación que le producía frotarse y acariciarse a sí misma, con lo cual notaba que se humedecía. Sin embargo, no había presencia de sangre. Con el transcurso del tiempo se volvió más audaz e investigó más a fondo con los dedos, intensificando con ello sus sensaciones. Seguramente sucedería lo mismo si Lucas introdujera su miembro, lo que era evidente que intentaba sin poder conservar su dureza el tiempo suficiente. Gwyn se preguntaba por qué no se ayudaba con la mano.

Al principio, Lucas la visitaba todas las noches tras acostarse, luego las visitas se fueron espaciando cada vez más. Introducía el asunto siempre con la amable pregunta: «¿quieres que volvamos a probarlo hoy otra vez, cariño?», y nunca protestaba si Gwyn se negaba. Hasta el momento, Gwyn encontraba que la vida matrimonial carecía de problemas.

Gerald, por el contrario, le complicaba la existencia. Insistía ahora con firmeza en que asumiera las tareas de un ama de casa: Kiward Station debía ser dirigida como una mansión europea. Witi se habría transformado en un discreto mayordomo, Moana en una cocinera perfecta y Kiri en la imagen de una sirvienta. Los empleados maoríes eran por lo general serviciales y honrados, querían a su nueva señora y se esforzaban por anticiparse a todos sus deseos. Pero Gwyn creía que todo debía permanecer como estaba, incluso si algunas cosas necesitaban pasar por un proceso de aclimatación. Las chicas, por ejemplo, se negaban a llevar zapatos en la casa. Les apretaban. Kiri enseñó a Gwyn las ampollas y rozaduras que le habían salido en los pies después de una larga jornada laboral con los zapatos de piel, que no tenía costumbre de calzar. Tampoco encontraban prácticos los uniformes y de nuevo Gwyn debía darles la razón. Esa ropa les daba calor en verano, incluso ella sudaba en sus voluminosas faldas. La muchacha, no obstante, estaba acostumbrada a sufrir en nombre de la decencia. Las jóvenes maoríes, por supuesto, no lo comprendían. Lo más complicado surgía cuando Gerald expresaba deseos concretos que, por lo general, se remitían al menú que hasta ahora, Gwyneira debía reconocerlo, resultaba más bien limitado. La cocina de los maoríes no era especialmente variada. Moana cocía a fuego lento boniatos y verduras o asaba carne o pescado con especias exóticas. Si bien el sabor era peculiar, solían ser platos sabrosos. Gwyneira, que no sabía cocinar, se los comía sin rechistar. Gerald, por el contrario, insistía en que se ampliara el menú.

– Gwyneira, quiero que en el futuro te ocupes de forma más intensiva de la cocina -dijo una mañana durante el desayuno-. Estoy cansado de estos platos maoríes y me gustaría volver a comer un estofado irlandés como es debido. ¿Podrías por favor comunicárselo a la cocinera?

Gwyn asintió con la mente ya puesta en su plan de encerrar esa mañana, con McKenzie y los perros de menor edad, los rebaños de ovejas en un corral. Algunos animales jóvenes ya habían abandonado los prados de la montaña y vagaban en las zonas de pasto cercanas a la granja, de modo que el rebaño se alborotaba a causa sobre todo de los jóvenes carneros. Por esa razón, Gerald había ordenado a los pastores que reunieran a los animales y los llevaran de vuelta a la montaña, lo que era un proceso fatigoso. Sin embargo, con los nuevos perros pastores la tarea estaría concluida en un día y Gwyneira quería observar los primeros intentos para conseguirlo. De todas formas, eso no le impediría hablar un momento con Moana sobre la comida del mediodía.

– Para hacer el irish stew se pone col y cordero, ¿no? -preguntó a los presentes.

– ¿Qué, si no? -gruñó Gerald.

Gwyn tenía la vaga idea de que se apilaban el uno sobre el otro y se cocían.

– Todavía hay cordero, y col… ¿tenemos col en el huerto, Lucas? -preguntó vacilante.

– ¿Qué crees que son esas hojas grandes y verdes que forman repollos? -preguntó enojado Gerald.

– Yo, hum… -Hacía tiempo que Gwyneira había comprobado que el trabajo en el huerto no le parecía nada especial por mucho que los resultados fueran comestibles. Simplemente no tenía paciencia para esperar hasta que las semillas se convirtieran en repollos o pepinos y pasar mientras tanto horas interminables arrancando malas hierbas. Ése era el motivo de que pocas veces prestara atención al huerto; Hoturapa ya se encargaba de ello.

Moana se sintió bastante desconcertada cuando Gwyn le encomendó la tarea de cocinar col y carne de cordero a la vez.

– Nunca haberlo hecho -dijo. La col era, además, un ingrediente desconocido por completo para la joven-. ¿Cómo saber?

– Como…, bueno, como un cocido irlandés justamente. Hervir es sencillo, luego ya verás -dijo Gwyn. Estaba como unas castañuelas ante la posibilidad de escapar a los establos donde James ya la esperaba con Madoc ensillado. Gwyneira alternaba ahora los dos caballos.

Los perros jóvenes dieron estupendos resultados e incluso Gerald se deshizo en alabanzas cuando la mitad de los pastores ya volvía con Gwyneira al mediodía. Las ovejas se habían reunido con éxito y Livingston y Kennon las conducían de vuelta a las montañas con ayuda de tres perros. Cleo saltaba complacida junto a su ama y Daimon permanecía junto a McKenzie. Los dos jinetes se sonreían de vez en cuando. Disfrutaban del trabajo compartido y Gwyn pensaba en ocasiones que podía entenderse de forma tan natural y sin palabras con el trabajador de cabello castaño…, como sólo lo hacía con Cleo. James siempre sabía con exactitud qué oveja tenía pensada para separarla o volver a reunirla al rebaño. Parecía presentir lo que quería hacer y solía silbar a Daimon justo en el momento en que Gwyneira iba a solicitar ayuda.

En ese momento le cogió el semental delante de los establos.

– Márchese ya, Miss Gwyn, o no tendrá tiempo de cambiarse antes de la comida. El señor Gerald ya se está frotando las manos… Ha pedido un plato de su viejo hogar, ¿no?

Gwyneira asintió, al tiempo que sintió cierto temor. ¿Estaba Gerald realmente tan obsesionado con ese estofado irlandés para hablar de ello con los trabajadores de la granja? ¡Ojalá fuera de su agrado!

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