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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– «En la vida nadie está obligado a nada» -le interrumpí-, ése es mi lema. Pero de todas formas ya he tomado una decisión. He vivido como he podido, sin hacer daño a nadie, creo. ¿Y de qué ha servido? Estoy fuera de la ley aquí y allá, han puesto precio a mi cabeza por lo menos en dos sitios, me han apaleado y me han encadenado con grilletes sin haber hecho nada. De todas formas, he comprendido que para un tipo como yo siempre es más rentable escoger el camino más corto. Siempre hay gente que está cargada de dinero, de oro, gente que tiene derecho a todo, y que en cada batalla elige quedarse a barlovento. Pues no, lo único que vale son las guineas, los ochavos, las piastras y los napoleones, si se quiere vivir decentemente mientras duren. En este mundo, Deval, eso es lo único que cuenta. El dinero llama al dinero. Es así de fácil. ¿Quién se preocupa de un pobretón como tú, por ejemplo? Tú no cuentas para nadie.

– ¿Ni siquiera para ti?

– No.

– John -dijo Deval lentamente-, no siempre es fácil ser amigo tuyo.

– No -contesté divertido-. ¿Por qué había de serlo?

Tiempo después divisamos un pequeño bergantín como el nuestro. Estábamos a barlovento, e inmediatamente aflojé la vela.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó Deval nervioso.

– Abordar, naturalmente.

– Estás loco -exclamó Deval.

Naturalmente, yo no era tan tonto como para saltar a bordo y disparar a lo bestia a mi alrededor. No. Mi método era la agudeza, que era lo único en lo que se podía confiar a la larga.

Como de costumbre, nos pusimos al habla y contesté que veníamos de Charleston, Virginia, y que nos dirigíamos a Saint Thomas.

– Entonces habéis equivocado por completo el rumbo -fue la respuesta del bergantín.

– Exacto -grité por toda respuesta-. ¿Puedo subir a bordo para comparar posiciones?

No sospecharon nada. A bordo me dio la bienvenida un afable capitán que llevaba una gorra roja, me dio una palmada en la espalda y me invitó a su camarote, donde descorchó una botella. El capitán incluso me alertó acerca de los piratas que empezaban a aparecer en las Antillas después de la paz de Utrecht, que había dejado sin empleo a miles de marinos. Le agradecí la advertencia a la vez que sacaba las pistolas y le apuntaba a la cabeza.

– Tú mismo deberías irte con más cuidado -le dije, pidiéndole que llamara al lugarteniente.

Cuando vino éste, ordené al capitán que lo atara a una silla. Y el mismo camino siguieron uno tras otro los tripulantes, hasta que ya no hubo más sillas y en la cubierta sólo quedó el timonel para mantener el rumbo. Entonces pronuncié un discursito ante aquellos andrajosos y les hice ver las ventajas de ponerse a mi servicio a bordo del Tonton Louis. En mi barco había suficientes provisiones, barbacoa y bucan de la mejor calidad, aparte de ron en abundancia; cuantos más fuéramos, menos tendríamos que trabajar. Apresarlos no tenía ningún mérito, como ellos mismos habían visto, con mi agudeza y sin arriesgar ni la vida propia ni la de otros. Si se venían a navegar conmigo, les prometí, estarían mejor que en el Paraíso. Era mejor, añadí, que cogieran la ocasión al vuelo: una invitación así no se les iba a presentar dos veces.

Y ocurrió lo que era habitual en aquellos tiempos. De los cinco, cuatro se unieron a mí y me ayudaron a cargar los objetos de valor. Naturalmente, se quedaron con la boca abierta cuando descubrieron que yo estaba prácticamente solo a bordo, y su respeto por mí subió unos enteros. Después, cuando el trabajo estuvo hecho, les bastaron unas botellas de ron para creer que realmente habían llegado a los cielos. ¿No era precisamente eso lo que deseaban del Paraíso?

A mí me llamaban capitán y me hacían reverencias sin haber entendido nada. El Paraíso, bramé, era no tener que hacer reverencias y no tener que pedir permiso, no tener que ponerse en fila y no tener que prepararse para que pasaran revista a cada momento. Era elegir al capitán por sí mismos y destituirlo cuando les pareciera conveniente; y el resto, por el estilo.

– Por eso -les dije a todos- propongo que Deval sea el capitán. Es un hombre capaz, si no me equivoco, y ha navegado como contrabandista entre Irlanda y Francia.

La propuesta fue aceptada con júbilo. Naturalmente, no se les ocurrió que en el Paraíso podían pensar por sí mismos, al menos no antes de que fuera demasiado tarde. Al principio, Deval se quedó con la boca abierta, pero después apareció una gran sonrisa en sus labios; estaba satisfecho y también con ganas de revancha.

– Rumbo oeste noroeste -dijo con autoridad al negro que estaba en el timón.

– ¿Qué has pensado? -le pregunté a Deval.

– Os lo haré saber a todos cuando llegue el momento -contestó secamente.

No me sorprendió. Una de dos: o reaccionaba así, o se habría achicado, habría llorado y se habría lamentado ante la idea de ser el capitán. Deval pertenecía a ese tipo de gente -son legión- capaz de dar una patada a la silla que les ha ayudado a subir. Pero también era de los que se olvidan de mirar si han metido la cabeza en la soga que cuelga del techo.

Apresamos aún un par de bergantines más, lo que vino a reforzar la confianza y la vanidad de la tripulación. Si yo lo hubiera propuesto, creo que habrían rebautizado al Tonton Louis con el nombre de El séptimo cielo. Teníamos bastante ron a bordo, ocho hombres fuertes con los del último botín, y la mayoría se pasaban los días borrachos como cubas. Menudo espectáculo. Además, a bordo teníamos ahora un músico que metía un ruido de mil demonios, hablando en plata.

Siempre me ha admirado que los piratas valoraran tanto a aquellos músicos. Los engatusaban para subir a bordo con toda clase de promesas: bonificaciones, domingos libres y no sé cuántas cosas más. No tenían que hacer trabajos sucios, ni cambiar las velas, ni siquiera lanzarse al abordaje en las batallas; sólo tenían que tocar un tararí en cuanto alguien se lo pidiera.

Recuerdo una vez con Flint, casi al final, cuando su crueldad ya no tenía límite. Habíamos apresado un snow holandés con unos flamencos desvaídos pero orgullosos a bordo. Fueron tan estúpidos como para oponer resistencia, así que izamos la bandera roja y los abordamos. Tardaron pocos minutos en rendirse, pero Flint estaba furioso.

– Mierda de papistas -le gritó al capitán, a la vez que le separaba la cabeza del cuerpo con cierta dificultad, debido a la excitación-. ¿Por qué no os defendisteis al principio? ¡Arriesgar la vida de los inocentes marineros para nada! ¡Canalla!

Y entonces se lanzó.

– ¿Y vosotros? -rugió atravesando con la mirada a la tripulación que estaba muerta de miedo, amontonada alrededor del mástil-. Vosotros se lo habéis permitido. Un motín es lo que vale. ¿Por qué no os amotinasteis? ¿No os da vergüenza? ¡Maldita sea! ¿Dónde tenéis el sentido común?

Tocó la sangrienta cabeza con un pie y la mandó de una patada hasta la concurrencia.

– ¿Por qué no decís nada?

– ¡Que suden! -gritó Black Dog con una sonrisa maliciosa-. ¡Déjalos que suden!

– Haced lo que queráis -dijo Flint con generosidad-. Haced que entiendan el precio que hay que pagar por arriesgar a lo tonto la vida de los marineros.

Como ya se ha dicho, Flint sentía debilidad por los marineros muertos. Sin embargo, no se preocupaba mucho por los vivos: que lo explique quien pueda. Yo sabía lo que iba a ocurrir. Volvería a su camarote, se cepillaría una botella entera de ron y lloraría por el capitán que acababa de matar.

Por su parte, Black Dog se encandiló, dicho sea con perdón, porque lo de que sudaran no era otra cosa que eso. Con la ayuda de unos cuantos hicieron un círculo de velas y de antorchas en los entrepuentes. Al hombre que tenía que sudar se le ponía en el centro del círculo. A su alrededor estaban los nuestros armados con cuchillos, agujas de coser, velas, tenedores, e incluso vi en la mano de uno un compás de la mesa de navegación.

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