Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Pierre le Bon no tenía tanto temor de Dios, porque se echó a reír de manera que la barba le iba dando saltos.
– No creo que nadie se oponga -dijo.
Y no lo hicieron. Al contrario. Cuando volvimos al campamento y Pierre dio la noticia fue como si todos hubieran tenido un hijo recién nacido; me dieron la enhorabuena con palmadas en la espalda, expresando constantemente su alegría. Si durante los últimos tiempos no hubiera estado tan ocupado en reponer mis fuerzas y recuperarme por completo, me habría dado cuenta de que no todo iba bien. Según mi experiencia, casi siempre ocurre lo mismo con la gente que tiene que prometer fidelidad a los demás para poder vivir juntos, hasta que la muerte los separe, como si no tuvieran que morir nunca.
Aquello fue subiendo de tono hasta acabar en un festejo para celebrar mi ingreso en la Hermandad. Todo el grupo, unos veinte bucaneros con sus mujeres negras o de color chocolate, y los esclavos de turno, se puso en movimiento para ir a buscar comida y bebida. Iban a sacrificar en mi honor aquel jabalí tan bien alimentado. Se le daría la botadura a la fiesta por la tarde, y antes del anochecer ya estarían todos borrachos como cubas porque después los mosquetes harían de la vida un infierno.
En el campamento había un bucan fijo, un ahumadero, que no era sino una choza con los laterales cubiertos de hojas, de unos dos metros y medio de altura, y una reja de travesaños de madera por techo, donde se ponía la carne que habían dejado macerando con sal gorda durante todo un día. Dentro del bucan se prendía el fuego con piel de jabalí seca y con huesos. Era mejor que la leña, porque las sales de la propia piel y de los huesos del jabalí le iban mejor a la carne y le daban sabor, mientras que los vapores de la leña no llegaban a impregnar la carne. Y era verdad, porque la carne quedaba tan tierna y jugosa que se podía comer sin más preparación. Además, aguantaba meses intacta, y por eso era la provisión preferida de los caballeros de fortuna. Lo único que se hacía era mojarla en una pimentade, una salsa de grasa de jabalí fundida, el zumo de un par de limones y algunas especias.
Cuando la carne estuvo lista y la bebida del almacén equitativamente repartida, los bucaneros entonaron su maldita bendición de la mesa y dieron a Dios gracias por la comida que ellos mismos habían conseguido dejándose la piel. Después de la comida sacaron las pipas, aunque algunos se habían acostumbrado a la manera española y liaban el tabaco en lo que llamaban cigarrillos, y cuando la gente ya estaba achispada Pierre le Bon se puso de nuevo en pie para darme un discurso de bienvenida como nuevo miembro de la banda de los Hermanos de la costa. Soltó una larga retahíla sobre la lealtad y el compañerismo, sobre la necesidad de estar dispuesto a todo, en el tajo y en el ayudar, sobre la conveniencia de repartir lo que hubiera, de estar unidos y ser amigos, no sólo cuando la felicidad nos asistiera, sino también en los contratiempos, en la adversidad y en el placer, como decía él. No me habría extrañado que hubiera sido cura en alguna otra vida anterior.
Tras aquellas palabras tan serias me senté a fumar mi pipa sin imaginarme nada malo, pero Pierre le Bon, con una sonrisa benévola, hizo traer a un pobre diablo encorvado de entre los bucaneros libres. Tenía la piel correosa y dura como una piedra, era uno de esos con los que no se bromea, por lo menos sobre la vida o la muerte o sobre las oraciones de la mesa. En su jeta arrugada se quería hacer paso, sin conseguirlo, una sonrisa que demostrase cierta amabilidad.
– Éste -dijo Pierre le Bon- es Tom, llamado el Certero. Es uno de nuestros mejores tiradores. Pregunta a los demás. Se empiezan a cansar de hacer diana en las naranjas y cosas así porque Tom las sabe arrancar de la rama sin tocar la fruta.
Tom se pavoneaba de su fama.
– Hace un mes que los españoles cogieron al compañero de Tom cuando perseguíamos un rebaño de jabalíes en su territorio. De golpe nos vimos rodeados por un grupo de orgullosos españoles. Cazan a caballo con largas lanzas, de manera que pocas veces tenemos motivos para tenerles miedo con nuestras pistolas. El caso es que nos habíamos dispersado, pero aquellos miserables consiguieron derribar a Yann antes de que llegáramos. Tom se pudo tomar su revancha. Mató a ocho españoles antes de que se hiciera de noche, a pesar de sus caballos y de sus perros.
– Podría haber matado a más -dijo Tom rezumando odio-. Yann valía más que una veintena de aquellos tiranos. Era el mejor compañero con el que he estado emparejado.
– ¿Emparejado? -pregunté.
– Sí -dijo Pierre le Bon- tenemos esa costumbre.
– ¿Qué costumbre? -pregunté.
– Emparejarnos de dos en dos, ser inseparables y compartirlo todo con el otro.
– ¿Todo?
– Sí, todo -contestó Pierre le Bon-. Lo llamamos matelotaje, y así hemos vivido desde que existimos. Es como casarse, sólo eso.
– ¿Sólo eso? -pregunté-. ¿Sois todos bujarrones?
Eso les hizo troncharse de risa.
– No, Dios nos libre -dijo Pierre le Bon-. ¿De qué nos iba a servir? No. Mira, John: compartimos hasta las mujeres, porque así nos ahorramos desavenencias y discusiones. Digamos que Tom y tú os encontráis con una mujer hermosa, en tierra o en la mar. Lo que hacemos es jugarnos a cara o cruz quién de los dos se casa con ella, pero después os acostáis los dos con la mujer por turnos, porque se comparte todo, ¿no?
– ¡Ah! -dije sin ton ni son-. Entonces, ¿por qué uno de nosotros se tiene que casar con ella, si da lo mismo?
– Para que no haya un tercero que la reclame.
¿Qué le parece, señor Defoe? Usted estudia a las personas, y estudia las variaciones en todas sus especialidades, pero ¿había oído hablar alguna vez de un método tan ingenioso? De todos modos, así era: a mí me iban a emparejar en matelotaje, hiciera frío o calor, con aquel Tom de piel curtida, llamado el Certero, cuyo único mérito era que sabía acertar a un rabo de naranja desde diez metros de distancia.
En ese momento supe que mi vida con aquellos bucaneros había llegado a su fin antes de que empezara.
Aquél fue el día de las sorpresas. Tom me cogió con su mano resudada y me condujo hasta su cabaña. Allí íbamos a vivir juntos hasta que la muerte nos separase, dijo Tom el Certero y después heredaríamos uno del otro la pistola, los esclavos, la cabaña, lo único que nos pertenecía, por el bien de todos.
– Pero con la cabaña casi no se puede contar -explicó-. Con un negro se puede levantar otra en un par de días. En despejar el suelo se puede tardar unas semanas.
¿Y a mí qué me importaba?, pensé mientras oía sin atención sus palabras amorosas, tan llenas de consideración que a mí se me tendría que haber hecho un nudo en la garganta según todas las normas.
Tom me llevó al campamento de los esclavos, que estaba un poco apartado, para enseñarme sus tres propiedades más preciadas: la primera era una mujer, que según Tom era tan caliente como buena cocinera; la segunda era un hombre que, según Tom, era hábil y fuerte. Una vez había cargado él solo trescientos kilos de carne en un día.
– Sin embargo, la tercera -continuó Tom señalando una figura encogida en una de las esquinas de aquella gran cabaña- no vale gran cosa. Sólo entiende el lenguaje del látigo, y ni siquiera mucho, pero lo mismo pasa con muchos trabajadores blancos contratados que vienen aquí. Algún idiota del otro lado del Atlántico les prometió el oro y el moro, cuando en realidad lo que habían firmado era matarse a trabajar por el sustento hasta quedar libres después de tres años. Por lo visto, algunos consideran que hacemos una obra de caridad al admitirlos, nada menos que nosotros, que no tenemos ni para dar limosa en la colecta de la iglesia.
Tom escupió con su habitual puntería entre las piernas de aquel pobre hombre que ni siquiera levantó la mirada.