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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– Música -gritó Black Dog con la aprobación ruidosa de los demás-. Que suene la música.

Alguien fue en busca de los dos artistas, que tocaron una animada giga mientras los hombres, con sus instrumentos en ristre, pinchaban donde alcanzaban. La emoción hacía reír y chillar a los piratas, el sudor les iba impregnando los rostros y, a su vez, los músicos aumentaron el ritmo hasta que el aire se llenó de chispas levantadas por los hachazos y los golpes que venían de un lado y de otro al son de los gritos del que sudaba sin cesar. Era un griterío desmesurado, que con la música aún impresionaba más.

Y siempre era así. Por lo que recuerdo, cada vez que nos lanzábamos al abordaje en medio del humo de la pólvora, el fuego de los mosquetes, el rugido de los cañones, el retumbar de la madera rota, los gritos de los moribundos y de los que los mataban, en medio de todo aquello, estaban nuestros músicos soplando a pleno pulmón hasta que nos volvían locos. Claro que, en realidad, ¿no era precisamente eso lo que pretendían hacer, que nos comportáramos como locos y olvidáramos lo que éramos? La música era como el ron, y la adorábamos de la misma forma, para tener el valor de vivir. Y lo increíble era que los músicos siempre estaban libres de culpa y nadie, ni de un bando ni de otro, les tocaba ni un pelo. Fueron los únicos de la tripulación de Roberts que quedaron libres cuando los otros cuarenta y seis fueron colgados o condenados a siete años de trabajos forzados, como si los músicos no hubieran participado en los crímenes. ¡Para mí lo hubiera querido!

Nuestro propio músico a bordo del Tonton Louis era probablemente un regalo de los cielos. De todas maneras, sonaba a diablos cuando se ponía a tocar a cualquier hora, siempre que alguien se lo pidiera. Yo no tenía ningún inconveniente. La gente estaba contenta, se columpiaba en su felicidad y me dejaban en paz. Eso era lo que yo pretendía cuando me empeñaba en hacer algo en esta vida.

Tras un mes de vivir una borrachera de felicidad sin fin, divisamos un barco en el calor vibrante del mediodía, a sotavento de unas islas. Una auténtica carraca, casi parada del todo en aquellas aguas que parecían una balsa de aceite. No había ninguna duda de que era un mercante lento.

– Preparad el barco y arriba los remos -ordenó Deval para satisfacción de todos.

Cuando nos acercábamos, es cierto que el valor empezó a traicionar a más de uno. Era un gran barco, que podía llevar a bordo el doble de hombres que el nuestro. Navegaba bajo bandera inglesa, y nosotros izamos otra igual que habíamos conseguido con nuestro primer botín. Sólo cuando nos situamos a tiro la cambiamos por la negra. A bordo reinaba un silencio fantasmal, si bien ya distinguíamos la figura de un oficial. Entre nosotros también se hizo el silencio, tanto que casi pude oír a Deval cuando empezó a morderse las uñas. Los otros tampoco las tenían todas consigo. La buena vida había llegado a su fin, y ahora era cosa de cada uno demostrar si servía para algo.

– ¿Qué esperáis? -rugí.

– Ese barco tiene una enfermedad -dijo Greenwill, un viejo marinero receloso, lleno de supersticiones y de visiones.

– ¡Y unos cojones! -dije-. Si así fuera ¿por qué hay un hombre en el timón?

– Seguro que hay un montón de soldados a bordo -anunció O'Brian-. Están esperando que nos pongamos a tiro.

– ¡Si ya estamos, idiota! -exclamé.

Deval no replicó. Estaba paralizado en el castillo de popa, con la mirada fija al frente.

– Timonel -le dije a mi fiel negro, que parecía ser el único, aparte de mí, que tenía la cabeza sobre los hombros-. Mantén el rumbo hacia su popa.

– ¡A sus órdenes, señor! -fue la respuesta inmediata.

Entonces despertó Deval y empezó a gritar a voz en cuello que el capitán era él y no yo, pero los hombres se volvieron hacia mí.

– De todas formas, vamos a verlo más de cerca -sugerí-. A lo mejor es un barco que ha sufrido un motín y lo han abandonado o saqueado. Me gustaría un barco más grande que el Tonton Louis.

– Está enfermo -repitió tercamente Greenwill.

– ¡Ya lo hemos oído, asno maldito!

– ¿No notáis la peste? -preguntó.

Tan pronto hubo pronunciado aquellas palabras comprendí que se trataba de un barco dedicado a la trata de esclavos. Como nos habíamos acercado por barlovento, no habíamos notado antes el olor. Enseguida oímos lamentos, una gran queja que parecía subir y bajar al ritmo de la marea.

– ¿Y dónde diablos está la tripulación? -exclamó Johnston, que estaba preparado con un gancho de abordaje en la proa-. No veo ni un alma, aparte del timonel.

– Puede tratarse de un motín -insistí-. Los negros han tirado por la borda a los demás y se han quedado con el timonel para guiar el barco a tierra. En ese caso nos podemos hacer ricos de un solo golpe. Les ayudamos a llegar a tierra, al puerto más cercano y los vendemos de inmediato.

– Nos matarán si subimos a bordo -dijo Deval.

– A ti, a lo mejor -repliqué-. Con ese aspecto que tienes… En fin, no te preocupes. Yo subiré a bordo. Sé cómo tratar a los esclavos. Yo mismo he sido uno de ellos.

Los hombres pusieron los ojos como platos.

– Claro que sí -añadí-. Vendido en una rebatiña y todo. No arriesgo nada.

Yo ya sabía que algo raro pasaba. Si se hubieran amotinado, la cubierta sería un hormiguero de negros.

A juzgar por sus lamentos, todavía estaban encadenados bajo cubierta. Dicho de otro modo, era como lo que suponía: un botín abandonado.

Abordamos sin que nadie nos respondiera. Johnston lanzó su gancho de abordaje y yo trepé tras él.

En mi vida he tenido que olvidar muchas cosas, pero aún me pregunto si lo que vi a bordo del Rôdeur no se lleva el primer premio. En cubierta, esparcidos por todas partes, había marineros sentados o tumbados en un estado lamentable. De las escotillas abiertas subía una peste nauseabunda a muerte y podredumbre. No se necesitaba saber mucho para entender que no quedaba mucha vida en la zona de carga. ¿Qué era aquello? Parecía que nadie se dio cuenta de mi presencia, aunque sus extrañas y vacías miradas se deslizaban hasta el lugar donde yo me encontraba. Parecían gusanos de la muerte y enterradores, todos menos el timonel. Avancé unos pasos y entonces me vio. Cayó de rodillas y juntó las manos.

– ¡Gracias a Dios! ¡Dios sea loado! -dijo con una voz que tenía el timbre de la locura.

– ¿Por qué? -pregunté con toda naturalidad.

– Ha respondido a mis plegarias y os ha enviado, señor, para librarnos de la catástrofe.

– ¿Estáis seguro?

– ¿Qué quiere decir, señor? -preguntó.

– No quiero decir nada -dije-. Pero me gustaría saber qué le pasa a este barco.

– ¡Ayúdenos, por el amor de Dios!

– ¿No puede olvidarse de Dios de una maldita vez y explicarme qué ha pasado?

– Señor, nunca un barco ha sufrido tal desgracia. Es el castigo de Dios por nuestros pecados.

No dije lo que pensaba, pero es fácil imaginárselo.

– La enfermedad subió a bordo en África -continuó el timonel-. Se extendió como un reguero de pólvora, señor. Tiramos a treinta y nueve esclavos por la borda para detener la infección, pero no sirvió de nada. De nada, señor. Ahora están todos contagiados, negros y blancos por igual, todos, señor, menos yo. La mitad de los negros han muerto, y yo soy el único que puede gobernar el timón.

– ¿El único? ¿Y qué les pasa a aquellos marineros? -pregunté.

En aquel momento, cuando oyeron mi voz, algunos se levantaron con esfuerzo y empezaron a deambular por cubierta como sonámbulos. Tropezaban, chocaban entre sí, uno se cayó y se abrió la frente y todos rogaban a Dios y a mí pidiendo misericordia. Reconozco que el miedo empezó a pellizcarme las entrañas.

– Están ciegos, señor. Todos y cada uno de los hombres de a bordo han perdido la vista. Todos menos yo, gracias a Dios.

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