Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
No fue porque usted esperase mi respuesta. Casi siempre, en nuestras conversaciones, apenas me dejaba meter baza. Usted era un hombre charlatán, a pesar de que no hizo más que escribir palabras durante toda su vida. Cualquiera hubiese pensado que ya debía de estar harto de hacer siempre lo mismo. Yo he notado que las palabras son para algunos como usted y como yo, a mi manera, una especie de enfermedad y un veneno, como Dios para los curas o como el ron para los caballeros de fortuna.
– Dicho de otro modo, eran unos mil quinientos piratas los que jugueteaban con la vida y la muerte como si les diera lo mismo. Según mis cálculos, señor mío, incluyendo al último, a Roberts, más de cuatrocientos fueron ahorcados y ya han expiado sus culpas. ¿Y cuántos no han arriado velas en la batalla o por las enfermedades? Sólo una tercera parte ya cayó por culpa de la sífilis. Sin embargo, parece que esta cuestión no le preocupa a usted en exceso. Una parte seguramente se arrepiente en cuanto cuelga la soga de sus cuellos, pero casi nunca antes de ese momento. Creo en Dios, señor Silver, en una vida después de ésta, en el perdón de los pecados. ¿Por qué no puedo ser tan despreocupado como sus aventureros? ¿Por qué no puedo contemplar la muerte con esperanza mientras disfruto de la vida? ¿Me puede contestar a eso?
No, no pude, pero tampoco creo que usted lo esperase. Lo que quería decir es que usted tenía miedo a la muerte porque su fe en una vida después de ésta sólo era una ficción, un simulacro y un secreto, igual que todo lo que usted emprendía. Si no, ¿por qué diablos habría sentido tal apasionado fervor por escribir todo lo que llevaba en el alma? ¿No podría haber esperado al Paraíso? Usted tenía la piel lívida, y calambres y dolores en la mano. ¿Para qué, si de todas formas ya era inmortal? No, señor mío; si tenía miedo a la muerte era porque en el fondo usted sabía tan bien como yo y como los caballeros de fortuna que sólo se nos ofrece una posibilidad de vivir, y era entonces cuando todo tenía que quedar solucionado.
Un día invité a Israel Hands a nuestra mesa para que viera usted con sus propios ojos a una leyenda viva. Por fin vería a un auténtico pirata, a uno igual que los demás, uno de esos a los que usted llamaba despreocupados, uno que apenas se preocupaba de cómo vivía o moría. Era impensable que ustedes dos pudieran entenderse.
Así pues, Israel Hands se sentó con nosotros siguiendo mi consejo. Me miraba con interés porque sabía lo que me proponía, y a usted lo miraba con avaricia, porque le había prometido una guinea por la molestia, naturalmente que a mi cuenta.
– Hands -empezó usted-, por lo que me ha dicho mi amigo deduzco que tiene usted cierta experiencia en la piratería. ¿Puedo preguntarle por qué se hizo pirata, caballero de fortuna o como quiera que se llame?
– Navegaba con rumbo a las Bermudas, desde Bristol, a las órdenes de un capitán llamado Thurbar. Nos apresó Teach, también conocido como Barbanegra, que era un diablo, y nos dio a elegir. O nos íbamos con él, o nos bajaban a tierra.
– ¿Y ustedes eligieron a Barbanegra?
– Sí, ¡por todos los demonios! Era un feo diablo que me pegó un tiro en la pierna por puro placer. ¡Era un cerdo!
– ¿Le disparó en la pierna? ¿Por qué motivo?
Hands soltó un buen escupitajo en el suelo.
– Barbanegra era un diablo -repitió-. Era un maldito, un auténtico hijo de puta. Yo era su timonel y a mí me disparó en la pierna. Para divertirse, aquella carroña. Estábamos en su camarote bebiendo una botella. Estábamos borrachos como cubas porque habíamos conseguido una buena presa. Mi parte ascendía a cien libras de aquella época. Aquello sí que era dinero. Con quinientas uno puede arreglárselas, comprar papeles y vivir como un caballero el resto de sus días, pero Barbanegra no quería ni oír hablar de eso. Ser caballero de fortuna, dijo echando chispas, era una vocación, como ser cura. De cualquier forma, él no quería a bordo ningún elegante con ínfulas de petimetre. Infectaban el aire con su hediondo perfume y sus modales estudiados. Los caballeros y los señores de postín eran un montón de estiércol, mierda de vaca, bastardos, malditos, mucho más. Si entre sus hombres había alguno que quisiera hacer migas con ellos, por mis muertos que lo podrían hacer en el Infierno. Y mientras gritaba, fue y sacó las pistolas. Por debajo de la mesa, el muy diablo, sin que nos diéramos cuenta. Entonces se echó a reír como un crío que se prepara para hacer una travesura y disparó, yo creo que al azar, y me dio en la pierna. Aún no puedo andar bien. ¡Que se lo lleven los demonios!
De nuevo situó un jugoso escupitajo en el suelo.
– ¿Y qué hizo usted después? -preguntó usted-. ¿Se vengó por el agravio?
– ¿Y usted qué diablos cree? No, la tripulación había votado a favor de Teach y se rieron con él. A todos les pareció la mar de divertido ver a uno como yo andar por cubierta. Y Barbanegra era un pendenciero convencido de que si no mataba a uno de vez en cuando, los demás olvidarían lo miserables que eran. Ningún diablo me votaría como capitán, puede usted estar seguro. Yo sabía guiar un barco y poner el rumbo, y también pelear. Lo que pasa es que con una pierna destrozada no valía nada. Apelé a nuestras normas de a bordo y solicité una compensación por la mutilación de un miembro. Me tenían que dar cuatrocientos ochavos, pero sólo recibí doscientos, porque aquellas carroñas del consejo afirmaron que las normas sólo eran aplicables en caso de heridas de batalla. Y, maldita sea, encima tuve que echarme la culpa por estar en el camino de las balas de Barbanegra. De todas maneras no me salió mal del todo. Me licencié, me acogí a la amnistía del Rey, volví a Londres, compré la posada de aquí y eso es todo. Les tengo que decir a los señores que tuve una suerte de mil diablos. Dos meses más tarde, Maynard pescó a Barbanegra en James River, Virginia, y prácticamente los mató a todos. Lucharon hasta el final, la verdad es que lo hicieron, pero ahora están todos muertos. Era una buena tripulación que no se doblegaba ante nada. Daba gusto abordar con ellos.
Era otra cosa que estar en este agujero de mierda sirviendo cerveza a precio de ganga.
– ¿No está agradecido de seguir con vida, y sobre todo por llevar una existencia honrada? -preguntó usted.
Hands le miró como si usted fuera idiota.
– ¿Qué dice? ¿Agradecido? No tengo que agradecer nada a ningún diablo, escríbalo en todos sus papeles. ¡Una existencia honrada! ¡Y qué más! ¿Qué cree usted que es una existencia honrada para un tipo como yo? Es matarme a trabajar por nada. ¿Quién cree usted que sale ganando si yo soy honrado? Yo no, desde luego.
Hands le dio tal puñetazo a la mesa que los vasos saltaron.
– No se puede vivir así -prosiguió-. No, déme un buen barco y un capitán capaz, y dejo este agujero pestilente mañana mismo. Compañeros, peleas, ron en cantidad, prostitutas que hacen cola cuando llegamos a tierra, y tumbarse en cubierta al sol y no hacer nada, eso sí es una vida honrada, maldita sea.
– ¿Y eso merece la horca? -preguntó usted con discreción, mirando con clara intención hacia el muelle de las Ejecuciones.
Hands le miró con una expresión viva en la cara.
– He oído que es usted un hombre sabio -dijo-. Por mí no hay inconveniente. Me importa un rábano, pero le diré que si no fuera por la horca no habría muchos que se hubieran hecho aventureros. Es como ir a la guerra. Si no se corriera peligro de muerte, no tendría sentido.
Miré a Hands. Apenas sabía lo que estaba diciendo, menos aún qué pensaba, pero algo de sentido común sí había en sus palabras. Aunque no era lo que usted quería ni esperaba. Usted se negó rotundamente a creer que hubiera gente capaz de poner la vida en juego por nada. Se llamaban caballeros de fortuna, pero en lo que se refería a la felicidad eran unos chapuceros. Su apuesta era una vida corta y alegre, pero ¿adonde han ido a parar? Están todos muertos. Los están despellejando vivos en el Infierno, si es que existe. ¡Y pensar que eran tan meticulosos, que elegían a sus capitanes de manera que pudieran despedirlos, que opinaban de todo y de nada, y que cada hombre valía un voto, pensar que se repartían el botín a partes iguales y cosas por el estilo! Meticulosos, sí, pero ¿sabían de qué servían?