Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Long John Silver - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 102
Перейти на страницу:

Fui reculando, apartándome de todas aquellas manos que se alargaban hacia mí.

– ¡Ayúdenos, por el amor de Dios! -pedían los marineros ciegos.

Cada vez eran más las voces, y sus lamentos se propagaban como su enfermedad. La alarma de las quejas y el dolor de la bodega de carga hacía que todo el barco fuera como un solo grito penetrante de muerte. Seguí retrocediendo, hacia nuestro gancho de abordaje, mientras me cuidaba mucho de no acercarme a las manos que tanteaban y que me habrían agarrado y arrastrado hasta las profundidades si hubieran podido. El timonel me siguió con una mirada cargada de reproche.

– ¡No nos puede dejar aquí, señor! -gritó para que se le oyera por encima de las maldiciones y los lamentos-. ¡Somos blancos como usted! No piense en los negros, señor. De todas formas, no se les puede vender. No nos puede dejar. Somos tan cristianos como usted.

– ¿Y qué diablos sabe usted? -le repliqué a gritos-. No soy tan idiota como para quedarme a bordo de un barco que está maldito. Cambie el rumbo cien grados y llegarán a tierra dentro de un par de días si su Dios les asiste como ha hecho hasta ahora.

Entonces me así a la cuerda, salté por la amura y empecé a deslizarme hacia abajo. Seguramente había bajado una brazada cuando descubrí que no había ningún Tonton Louis que me esperase bajo mis pies. Aquella carroña de cobardes se habían desenganchado y ya estaban a un cable de distancia. Los maldije con todos los juramentos que se me ocurrieron hasta que los vi dar la vuelta y venir a recogerme donde estaba colgado. Creo que a todos se les había puesto la cara color ceniza. Los puse a caldo, pero pronto comprendí que había sido Deval quien había ordenado la retirada.

– Nunca pensé que volvieras vivo -dijo escurriéndose como una anguila para evitar mi mirada.

No le contesté, y tardé mucho en volverle a hablar. En honor a la verdad, tampoco tenía gran cosa que decirle. Era y continuó siendo un desgraciado que no tenía lo que hay que tener, ni más ni menos.

El encuentro con los ciegos del Rôdeur dejó huella a bordo del Tonton Louis y también en mí. Me despertaba sudando a medianoche, con el eco de los gritos de los esclavos en mis oídos. Los oía, y aunque no los veía delante de mí no aminoraba mi miedo. ¿Qué queda en esta vida si uno ya no tiene ojos? Rumores y habladurías. Yo, al menos, debería saberlo. Y ¿de qué manera puede uno vigilar a su alrededor? ¿Cómo puede uno guardarse la espalda?

El buen ambiente que había en nuestro barco se lo había llevado el viento. Los hombres se mostraban enfadados, irritables. Deval estaba insoportable. El ron se acabó diez días más tarde sin que nadie se pusiera de mejor humor con lo que bebían, y los días posteriores fueron una auténtica catástrofe. El encuentro con el Rôdeur había sido de mal agüero, decían los demás, y aún se ponían de peor humor. No había muchos marineros que creyeran en Dios, pero la mayoría eran supersticiosos. Se imaginaban cualquier cosa sin que nadie se encontrara mejor por ello. ¡Y pensar que uno los ha soportado y ha intentado hacerles toda clase de favores! Quizás hubiera tenido que destituir a Deval y que me eligieran a mí como capitán. Lo que pasa es que yo tenía mis principios, y no ser capitán era uno de ellos, ¡bendita fuera la memoria del capitán Barlow! Siempre estaba a favor de la tripulación, fuera la que fuese, y por algo era su portavoz. No porque fuera uno de ellos, sino para poder ser yo mismo.

Llevados por el viento, navegamos durante meses sin descanso entre las islas sin vislumbrar una sola vela. Apresamos sólo un miserable botín que no nos subió la moral, el francés L'Esperance de Dieppe. La carga que llevaba hubiese vuelto loco a cualquiera. Doce sacos de pimienta y seiscientas toneladas de algodón no estaban mal, aunque no podríamos utilizar ni lo uno ni lo otro. Y ¿qué íbamos a hacer con trescientos sesenta loros y cincuenta y cuatro monos, nosotros que ya andábamos necesitados de comida y bebida? Me opuse, pero la tripulación se quedó con varios loros y con algunos monos para subir los ánimos. Y bien animados que estábamos, pero no por los monos, que acabaron en las cazuelas salados a la manera de los bucaneros, y tampoco por nosotros, que no conseguimos un momento de descanso hasta que los loros murieron miserablemente de hambre.

Al final se agotó todo, no sólo el ron y el buen humor, sino también nuestras deliciosas barbacoas, por no mencionar el agua. Por la mañana temprano los hombres se dedicaban a chupar los cordajes y los cabos para absorber el relente que había caído durante la noche. Matábamos a las ratas para poder meternos entre pecho y espalda un poco de carne fresca y sobrevivir. Sí, hubo incluso quien propuso hacer lo mismo con las cucarachas. Si los franceses podían comer caracoles, nosotros también.

Fue una eterna disputa el saber qué íbamos a hacer. Algunos habían empezado a perder los estribos de puro hastío y querían llegarse a la isla habitada más cercana para encontrar la felicidad en tierra. Otros propusieron un ataque inesperado contra el primer pueblo que encontráramos, para disponer de mujeres y ron. Algunos desvariaban y hablaban de navegar hasta Inglaterra. Decían disparates sobre las criadas que habían abandonado, los padres a los que no habían visto desde hacía décadas, el olor a bostas de caballo y a brezo, los días de invierno, lluviosos y fríos allá por los páramos, y los ríos de cerveza que corrían en las tabernas.

Les tuve que explicar una y otra vez que estaban fuera de la ley, que todos eran una buena presa por los botines con los que nos habíamos quedado, que no podíamos dar marcha atrás, les gustara o no. Sí, les tenía que arengar de la mañana a la noche, y al final conseguí ponerlos de mejor humor. Hicimos algunos saqueos en las playas, cazamos, recolectamos fruta y encontramos agua. Prescindir del ron no nos sentó mal. Al contrario, los hombres tendrían más ánimos cuando entrasen en combate.

Sin embargo, no sirvió de nada. Una mañana de madrugada nos encontramos a dos cables de distancia de un buque de dos palos, mirando fijamente las portezuelas abiertas de doce cañones.

– ¡Todos a cubierta! -gritó el timonel-. ¡Preparad el barco!

Fui el primero en subir, y no tardé mucho en comprender que no había forma de defendernos. En el mismo momento que cortaba de un tajo la cuerda de la bandera llegó la explosión desde su lado. Habían apuntado alto, y cuando se dispersó la humareda del disparo, descubrimos que nuestra arboladura estaba hecha añicos, mientras que el palo mayor colgaba apoyado sobre la amura de babor. Pero habíamos arriado velas, no ante un español, sino ante un caballero de fortuna, porque en la proa se balanceaba la vieja Jolly Roger. A bordo de nuestro barco empezaron los gritos de alegría porque creían que ya nos acercábamos al final de aquella vida que llevábamos.

No pasó mucho rato antes de que hubiera un montón de piratas sonrientes y ebrios en nuestra reducida cubierta. Uno de ellos era Pew. De cuerpo flaco como una vara de mimbre y escurridizo como una anguila, tenía unos ojos más falsos de lo normal, aunque era lo suficientemente listo para ocultarlos. Pew ordenó a Deval como capitán y a mí como contramaestre y nos invitó a que subiéramos a bordo de su barco.

– El capitán quiere hablar con vosotros dos -dijo con una risa tan cruel y despiadada que a Deval le entraron grandes temblores.

Deval pensó seguramente en las historias de aquéllos como l'Olonnais el Sanguinario, que le había arrancado el corazón a un prisionero y lo había empezado a morder para hacer que los prisioneros revelaran dónde habían escondido la plata y las piastras.

Pero nosotros no teníamos de qué preocuparnos. Pew tenía sólo la particularidad de intentar asustar a todo el que se pusiera a tiro. Así era él. Y despreciaba a los que le tenían miedo. Si lo mandaban al infierno, que era el lugar que le correspondía, se ponía de cuatro patas. Digo yo que no se puede hacer otra cosa más que admirar la capacidad de adaptación que tenemos las personas. Si el hombre es obra de Dios, la verdad es que no se le puede acusar de tener poco ingenio.

1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 102
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)