Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Fue peor aún cuando una semana más tarde amarré en el este de La Hispaniola, el principal enclave español en las Antillas. Durante el día tuve que esconderme muchas veces en agujeros y salir como mejor podía por la noche, a la luz de la luna. Mi situación era lastimosa; estaba en los huesos cuando por fin dejé atrás a los agentes del Papa. Tenía el pelo enmarañado y con tanto salitre que se me ponía de punta como un cepillo de cerdas. Los labios los tenía rígidos y agrietados, de manera que apenas podía pronunciar palabra. Tenía la piel seca como la yesca, y sudaba como si me castigase el calor estival. Casi no podía ni sentarme, porque tenía las piernas cubiertas de las peores rozaduras. Y aunque había dormido en el pañol, a veces me vi obligado a anclar tan cerca de tierra que fui devorado por todos aquellos insectos voladores sedientos de sangre. Sí, el señor John Silver no era una visión agradable para los dioses, o quizás era eso precisamente lo que era, cuando por fin lo encontraron y lo recogieron, medio muerto, unos cuantos bucaneros de la vieja escuela, que estaban dispuestos a convertirlo en uno de los suyos.
Capítulo 24
Aquellos últimos supervivientes, bastardos entre filibusteros y caballeros de fortuna, eran tan libres como aterradores, pero a su lado era como si se hubiera parado el reloj. Eran unos diablos nostálgicos que todavía soñaban con las grandes expediciones hacia Panamá y Cartagena; no comprendían que su momento de gloria había pasado. Hablaban de los buenos tiempos que pasaron con Morgan el Traidor; con l'Olonnais el Sanguinario; con Mombars el Exterminador; con Grammont el Ateo; con Le Roe el Brasileño y con Van Horn, que no tenía ningún mote, pero que era conocido porque durante las batallas navales corría por cubierta disparando a los que viera con el más mínimo gesto de duda o cobardía. Seguían a rajatabla sus tradiciones y rituales, la mayoría de los cuales eran irreprochables. Tenían un consejo y votaban. Se lo repartían todo a partes iguales, y juntos eran propietarios de todo lo que habían repartido. No tenían apellidos, se llamaban por el nombre y por el mote, porque no se tenía en cuenta quiénes eran en realidad ni tampoco de dónde venían, ni para bien ni para mal.
Como cazadores no tenían igual, y además eran unos auténticos expertos en lo tocante a las provisiones y la cocina. Sabían cómo hacer chocolate, que era uno de los secretos comerciales mejor guardado de los españoles, y sabían que el jabalí que se hubiera alimentado de melocotones resultaba mucho más sabroso. Sabían dar un punto muy apetecible a la carne de mono adobándola con sal gorda, y disparaban contra aquellos bicharracos sin que les cayera la mierda encima. Créanlo o no, pero he visto a monos cagarse en las manos y después tirar los excrementos a los cazadores dejándolos perdidos. Además, dispararles cuando estaban en los árboles no era tarea fácil, porque había que matarlos de un tiro. Si no, se quedaban colgados de una sola pata o de un brazo hasta que llegaban los demás en su auxilio y se llevaban al animal herido pegando unos chillidos escalofriantes, con unos lamentos que impresionaban al más pintado.
Sin embargo, en la mesa se tenía que servir comida, y eso sí lo sabían hacer aquellos viejos bucaneros. Y también sabían cómo se cocinaba de manera que babeábamos como perros con el olor. De ellos aprendí sobre aprovisionamiento y aprendí también otras cuestiones que luego me vinieron de perilla en muchos momentos de mi vida, tanto en la taberna Spy-Glass de Bristol como a bordo de aquella condenada goleta, la Hispaniola, que casi fue mi ruina.
Había otras cuestiones más incómodas. Aquellos diablos sentían el temor de Dios: bendecían la mesa y leían la Biblia. Yo les seguía la corriente porque a pesar de todo necesitaba su indulgencia para reponerme después de mi huida, pero la verdad es que no me hacía ni pizca de gracia. Y encima tenía que escuchar sus interminables historias sobre el bucanero Daniel, que incluso había llevado a bordo a un cuervo al que pidió que celebrase misa en un punto en que anclaron. No habían estado con Dios desde hacía mucho tiempo, como dijo él. Alzaron un altar de campaña en cubierta y el cura sacó a relucir su gorigori de siempre, pero estaba tan aterrado que temblaba como una hoja. No tenían campanilla para llamar a oración ni para anunciar los salmos, problema que Daniel solucionó disparando un cañón. Todo fue bien hasta llegar a la comunión, porque uno de los hombres trasegó toda la frasca de la sangre de Cristo y entonces empezó a jurar y a maldecir que daba gusto. Daniel lo puso en su sitio, pero cuando el desaforado se negó a demostrar el debido respeto, Daniel sacó la pistola y le pegó un tiro en la cabeza.
– No se preocupe -le dijo al aterrorizado cura-. Sólo era un tunante que no entendía el temor de Dios, así que lo he castigado para que le entren buenos pensamientos. ¡Continúe!
Esto lo contaban mis bucaneros una y otra vez, mientras los demás se reían a carcajadas. A mí me hacían relativa gracia, pues ¿de qué parte estaba yo? Del lado del marinero que se había querido emborrachar con la sangre de Cristo, naturalmente.
De alguna manera, y a pesar de todo, me aceptaron entre ellos e incluso me llegaron a apreciar. Cosas más raras se han visto.
Así pues, cuando ya llevaba allí varios meses y había recuperado la salud gracias a la buena comida, un día vino su jefe y me llevó aparte. Era un hombre corpulento, con la barba y el pelo como una cabra, y casi seguro que lo habían elegido más por su fuerza que por su cabeza, o al menos eso me pareció. Me miró con confianza y me pasó un brazo por los hombros, como si fuéramos viejos amigos.
– Ya llevas tres meses con nosotros -empezó solemnemente-. Has aprendido a disparar como un hombre, a descuartizar un buey, y a hacer una barbacoa y a preparar un bucan. Tienes tus manías y a veces haces tonterías, pero has sido un buen compañero, uno de los nuestros. Sabes que estamos a favor de la justicia, que repartimos lo que tenemos para que nadie tenga más que otro. Nos llamamos «Hermanos de la costa» y no lo decimos porque sí. Somos hermanos, sí, formamos una gran familia. ¿Qué te parece, John? ¿Quieres ser uno de los nuestros? Es una vida dura, pero sana y libre, aunque no morimos siendo ricos, pero ¿cuántos de nosotros hubieran acabado nadando en la abundancia? No creo que te arrepientas.
Guardó silencio y me dejó tiempo para pensar, aunque la verdad era que no había mucho en que pensar, me dije en aquellos momentos. Su parloteo sobre la Hermandad no me afectaba, ya que yo ya estaba harto de oír aquella canción entre los negros del Libre de penas. Ellos también me habían querido hacer uno de los suyos, como si pudieran cambiar el color de mi piel. Y ahora estos «Hermanos de la costa» me acogían en su seno, me hacían jurar fidelidad y todo eso, aparte de prometer que sería como debía ser. De acuerdo. Eso, para ellos. Los juramentos y las promesas sólo eran palabras vanas.
Además, yo en aquel tiempo no sabía del todo cuál era mi intención en la vida o en el mundo. Ya estaba fuera de la ley tanto aquí como allá, y no podía seguir adelante sin tener cuidado de dónde ponía los pies. No era dueño de nada. Mis libras se las habían quedado Butterworth y sus sucesores. Mi pistola y mi ropa no me pertenecían, era todo por el bien de todos según las reglas de los bucaneros. Así que igual me podía quedar allí como en cualquier otra parte hasta que surgiera algo más prometedor en todos los sentidos posibles.
– ¡Trato hecho! -le dije a Pierre le Bon, que así se llamaba-. Acepto. Con una sola condición.
– ¿Cuál? -preguntó con curiosidad.
– Que no tenga que rezar en la mesa.