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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– ¡Sácame de aquí, John! -me rogó-. Ya no puedo más.

– ¿Qué ha pasado con England? -pregunté.

– No lo sé -contestó-. Nos vendieron por separado.

– ¿Que os vendieron?

Deval parecía avergonzado.

– Un estafador nos echó el guante, nos emborrachó hasta que nos caímos redondos y nos engatusó para que firmáramos un contrato por tres años en las colonias. Te traicionamos Edward y yo.

– Es más o menos lo que me ha pasado a mí.

– ¿Te han traicionado? ¿A ti?

– No quería decir eso. Otro estafador me engañó para que subiera al primer barco.

– ¡Sácame de aquí, John!

– Veré lo que puedo hacer -le prometí para que se callara.

Tom el Certero puso los ojos como platos, como era de esperar, pero le hice un guiño y le expliqué que Deval era un viejo conocido que se me había colgado al cuello por casualidad y no por culpa de mis pecados, como se podría creer.

– No, claro -dijo Tom cuando salimos de allí-, porque, ¿quién iba a querer como amigo a una rata zalamera como Deval? No tiene orgullo. Se puede humillar por cualquier cosa menos para trabajar. Quizá tú logres convencerlo.

– Es posible.

Al día siguiente le pedí a Tom que me enseñara su pequeño bergantín, pero lo cierto era que aquellos bucaneros no podían presumir de un gran barco. Tenía un casco bien compacto, afirmaba Tom, pero se convertía en un cedazo en cuanto empezaba el trabajo en el mar. Las velas estaban medio podridas y probablemente no aguantarían ni una brisa ligera. La arboladura y las vergas estaban resquebrajadas por el sol, y los aparejos hacía años que no veían la brea. Este terror de los mares se llamaba Tonton Louis.

– Hace tiempo que no lo sacamos -dijo Tom.

– Creo que también necesita un repaso -subrayé.

– Puede ser -convino Tom. Era evidente que no sería de gran ayuda en el mar, por muchos rabos de naranjas que pudiera desprender a tiros.

– Préstame a Deval unos días -dije-. Así como está tampoco es de ningún provecho. Verás cómo arreglo este cascarón en poco tiempo.

– Te necesitamos para la caza, Silver.

– Eres tan hábil que ya sabes que te va a ir igual de bien sin mí. ¡Ven, vamos a hablar con Pierre!

Pierre estaba dispuesto a escuchar. Entendía de sobra la ventaja de tener a mano un barco preparado. No sólo porque podrían apresar a un español o dos con buena carga a bordo, tal como explicó a los demás, a los que había reunido para que dieran su opinión, sino también para tener la posibilidad de huir si de pronto a los españoles se les ocurría enviar a los monteros para arrojarnos al mar. Las palabras de Pierre surtieron efecto, y se decidió unánimemente que yo, de nombre John, tendría permiso por el bien de todos, como cabe imaginar, para reparar al Tonton Louis a fin de disponerlo para surcar los anchos mares.

Fui a buscar a Deval, que se volvió loco de contento cuando le comuniqué la noticia de que iba a trabajar para mí. Sin embargo, vaciló cuando ya en la faena empecé a explicarle mi plan: subiríamos a bordo a unos cuantos negros que fueran de fiar y nos haríamos a la mar en busca de fortuna. Dijo que no entendía de qué nos serviría.

– No -dije-. Esto de usar la cabeza no ha sido nunca uno de tus puntos fuertes. A lo mejor prefieres pudrirte aquí, donde te tratan casi como al más indigno de los esclavos, porque de ti van a sacarlo todo durante tres años en lugar de repartirlo a lo largo de toda una vida. Al fin y al cabo, con un esclavo salen ganando cuanto más tiempo les dure.

Deval meneó la cabeza.

– Si te escapas se te acabaron las islas francesas -continué-. Y yo no puedo poner los pies en las danesas. Y ninguno de los dos podemos correr el riesgo de que nos reconozcan en las inglesas, por no hablar de las españolas. El mar, Deval, es el único sitio que queda para tipos como nosotros. Con un buen montón de monedas podríamos comprar tanto la libertad como la decencia, pero estamos sin blanca.

– ¿Qué hiciste con el Dana y con la caja que teníamos entre todos?

– Vendí el Dana y fui en vuestra busca para liberaros de cualquier contrato, pero me quitaron el dinero y me robaron todo lo que teníamos.

Deval abrió los ojos como platos.

– ¿Navegaste hasta las Antillas para ayudarnos?

– Sí -dije-. Lo juro por lo que más quieras.

Naturalmente, Deval creyó mis palabras porque apenas podía permitirse el lujo de ser escrupuloso.

– John -resolvió-, iré contigo al fin del mundo si es necesario.

– Sinceramente, espero que no -contesté.

A partir de ese momento, Deval se convirtió en el instrumento más obediente y más complaciente que uno puede llegar a imaginar. Tom estaba impresionado al ver cómo trabajaba Deval, que no se apartaba de mi lado más que cuando yo lo mandaba al infierno.

Con el empeño y el fervor de Deval se iba haciendo el trabajo. Carenamos el fondo y lo rascamos. Calafateamos y cambiamos algunas tablas de cubierta. Lavamos las cubas de agua y las arreglamos. Llenamos la bodega de provisiones porque, como le dije a Pierre, no se podía tener un barco sin agua ni provisiones, si pretendíamos que hiciera las veces de Arca de Noé para un grupo de bucaneros sin patria. Al final, toda la cofradía se apuntó a los preparativos con todas sus energías. Los que eran suficientemente viejos para haber navegado con los filibusteros, en cuanto tenían la oportunidad empezaban a hablar de hacerse de nuevo a la mar. Caballeros de fortuna, así se habían hecho llamar en los viejos tiempos con toda la razón, y les brillaban los ojos cuando empezaban a contar sus anécdotas de las grandes expediciones a Panamá y a Cartagena. Pierre tenía mucho interés en subrayar las ventajas de la vida pacífica que llevaban, a pesar de todo. Si no hubiera sido por su maldita costumbre del matelotaje y por el temor de Dios, quizás hubiera estado de acuerdo con él, o por lo menos tentado de que subiera a bordo una tripulación entera de sus tiradores.

En lugar de eso me tuve que conformar con Deval y un negro cuando levé anclas una noche sin luna. Me hubiera gustado ver la cara que pondrían los bucaneros cuando descubrieran al día siguiente que el barco había desaparecido y con él todas las esperanzas que habían alimentado en los últimos tiempos. Pero no se puede tener todo en esta vida, ni siquiera yo, y menos aún los bucaneros que creen en Dios. Y estoy seguro que Pierre, y con él otros cuantos, me enviaron un pensamiento de agradecimiento por haber desaparecido llevándome aquellas ideas extravagantes sobre otro tipo de vida. Y si alguien me lo pregunta, le diré que probablemente aquellos bucaneros fueron más o menos felices durante el resto de sus días, hasta que la muerte separase a unos de los otros.

No habíamos navegado aún muchas horas, primero con rumbo sur y luego este, para que el amanecer no nos sorprendiera bien visibles desde tierra, cuando Deval dejó oír su intrépida voz.

– ¿Y qué hacemos ahora? -preguntó.

– Apresar el primer buen barco que se cruce en nuestro camino -contesté.

– Pero si no somos piratas -replicó.

– Claro que sí, Deval, a partir de ahora eso es lo que somos. Si no quieres estar metido en esto, de buena gana te dejo en la primera lengua de tierra que encontremos. Nadie podrá decir que John Silver es de los que obliga a otros a bailar a su son.

– Yo no te abandono -dijo Deval-. Ya lo sabes. Pero tenemos que…

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