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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Sin embargo, no fue del todo extraño que el capitán que estaba delante de nosotros en el castillo de popa del Fancy, el capitán que a punto estuvo de mandarnos al fondo del mar, fuera ni más ni menos que el confuso, honrado y bienintencionado Edward England, en carne y hueso.

Capítulo 27

Sí, señor Defoe. Vengo a cumplir lo pactado, y no soy de los que olvidan sus promesas, por lo menos si se hacen ante personas que no se preocupan de ellas, pues me parece haber observado que a la gente de confianza no se le hacen promesas. Yo no soy de ésos, porque ¿quién iba a confiar en mi palabra, excepto el mismo Long John?

Y con usted fue un poco así, así, a pesar de todo. Una vez le pregunté directamente si pensaba confiar en mi palabra en lo referente a Edward England y a los demás, y si pensaba atenerse a la verdad en su trabajo sobre los piratas.

– ¡Atenerme a la verdad! -exclamó usted reclinándose sobre la mesa-. Naturalmente que el libro será veraz con todos los documentos y los datos que he recogido, aunque en realidad poco importe qué sea si nadie se lo cree. Por eso se escriben esos prólogos donde se explica que todo es verídico. Crusoe no necesita prólogo. Se sostiene por sí solo, y será perfectamente creíble tal como es. Poner por escrito lo que ya he recabado sobre Roberts, Davis y Low… ¿qué es? Nada más que restos del naufragio de sus vidas infames y malvadas. No, Roberts, Davis y Low no se sostienen por sí mismos, pero ya verá usted.

– ¿Qué voy a ver?

Usted se echó a reír de tal manera que la peluca le daba saltos. ¡Un mozalbete dispuesto a hacer una auténtica travesura, eso es lo que era!

– ¿Sabe usted qué he hecho? -dijo en voz baja, como si fuera otro de sus secretos-. He escrito un largo capítulo sobre la vida del capitán Misson.

– ¿Quién diablos es Misson? -le pregunté.

Nunca había oído hablar de él, cosa bastante extraña, porque llevaba tanto tiempo metido en aquel negocio que había oído hablar de la mayoría.

– Es normal que no sepa nada de él -dijo usted con una sonrisa llena de satisfacción-. No existe.

– ¿No existe?

– No, me lo he inventado de cabo a rabo.

– ¿Inventado? ¿Pero no hay suficientes capitanes piratas de verdad?

– Probablemente, sí. Tengo treinta y cuatro capitanes en mi lista, y cuento con más de seiscientas páginas. ¿Es que no lo entiende? ¡Ya verá usted como el capitán Misson será uno de los que pasarán a la historia! ¡Igual que Crusoe! ¡Será Misson el que inspire a los escritores, y se le citará en los libros más serios! ¿Qué le parece?

»¿Lo ve? -continuó usted sin esperar mi respuesta-. He anotado que ustedes, los aventureros, tienen cosas muy buenas, sí, y seguramente no pensaba usted oír esto de un tipo como yo, pero sin embargo es así. Usted no se humilla ante la autoridad, apura la copa de la libertad hasta el último sorbo, se rebela ante cualquier abuso contra los débiles. En usted, el derecho está mucho antes que la clemencia, aparte de que opina sobre todo y deja también que opinen los demás. No establece distingos entre la gente de a bordo, ni por raza ni por religión. Sí, hay muchas cosas buenas que nuestros gobernantes deberían aprender de usted, si se atrevieran, porque el poder de los otros es lo que más le subleva a usted, y oír esto no halagaría a las grandes personalidades.

Usted hizo un gesto como de disculpa.

– No se moleste, pero cualquier capitán pirata y su tripulación entera arruinaría esas buenas intenciones con su crueldad, su codicia y su vida infame.

– Para eso viven -le interrumpí.

– Ya lo sé -contestó usted impaciente-, pero la cuestión es que yo no puedo destacar lo bueno sin que parezca que perdono lo malo. Y lo malo, señor Long, si me permite decírselo, nunca se puede compensar. Por eso he inventado al capitán Misson, un pirata que tiene todas las buenas cualidades sin estar cargado de crueldades e infamias. Eso es lo que he hecho.

– Desde luego, es usted un buen diablo -dije yo con sincera admiración.

– ¿Verdad que sí? -contestó usted.

– Pero no me extrañaría que le hicieran callar para siempre.

– Vale la pena -dijo usted muy resuelto-. Si la horca es su unidad de medida, la del escritor es calibrar cuánto le dejan abrir la boca. Si se trata de un escritor de verdad, claro.

Y en eso llevaba usted toda la razón, pero ¿entendía usted realmente lo que incitaba a todos aquellos aventureros a vivir a la sombra de la horca? Creo que no lo entendió nunca, a pesar de sus interminables preguntas.

– Señor Silver -me dijo en una ocasión en que dimos un paseíto para estirar las piernas y para que nadie nos oyera, y pasamos por delante de los cadáveres ahorcados en el muelle de las Ejecuciones-, ¿ha observado la expresión de sus caras?

– No -contesté yo-. Me parece que no les queda mucho que expresar.

– Está muy equivocado -dijo usted con su habitual entusiasmo-. Lo que pasa es que no se ha fijado. Sí, confieso que justamente ese cadáver no es el mejor ejemplo de lo que quiero decir. Ningún cadáver es igual a otro cuando se les cuelga de la cadena para escarmiento de la gente después de haberlos puesto bajo la marea alta para purificarlos, según dicen, en el agua hedionda del Támesis. Es una suerte para las autoridades que no haya tiburones en nuestras aguas. ¿Verdad que hubiera sido divertido que sólo quedara colgado un tronco de la cuerda cuando hubiera bajado la marea?

Y se rió usted con todas sus ganas, tanto que me hizo pensar si no hubiera sido usted en realidad un excelente pirata. Desde luego, tenía un macabro sentido del humor.

– Uno debe estar siempre despierto -continuó usted- para ver con sus propios ojos incluso el momento de su muerte. Algunos, amigo mío, parece como si hubieran expiado todos sus delitos y adquieren un semblante tranquilo y sereno. Ningún miedo, ningún grito ante lo desconocido que les espera. Otros se retuercen en posturas horrorosas, muertos de miedo y fuera de sí ante lo inminente. Tienen miedo del castigo que les corresponda por sus pecados. ¿Puede explicármelo? ¿Cómo es que algunos van al encuentro de la muerte con bravura, sin protestas y tranquilos de espíritu? Si me lo permite, quisiera confesarle algo que no le he revelado a nadie, sí, apenas una vez a mí mismo. Me da miedo la muerte. Sólo el pensamiento de que voy a morir me vuelve loco. Usted, que ha visto tantas muertes, o arriar tantas velas, como usted mismo diría, ¿cree que no hay remedio? No contra la muerte, porque naturalmente es irrevocable, pero sí para el condenado miedo. Todos esos piratas, sí, también los he contado, como usted entenderá…

Y entonces sacó usted del bolsillo un papel arrugado y me lo enseñó con la misma sonrisa de siempre, la sonrisa orgullosa e infantil que tenía usted cuando había descubierto algo del mundo y creía que era el único en saberlo.

– He contado los barcos y he sacado la media de hombres a bordo, que eran unos ochenta. He restado una parte que pudieron servir en varios, he añadido los barcos de los que desconocíamos la tripulación, y a éstos los he dotado con la tripulación media y ¡mire esto!

Usted señaló unas cifras subrayadas con doble raya.

– ¡Cinco mil piratas! Doscientos arriba o doscientos abajo. Ya veo que se asombra. No creía usted que fueran tantos. En fin, esto es cierto sólo en parte, porque muchos la palman y vienen otros nuevos. Digamos mil quinientos para redondear. Una quinta parte de nuestra propia flota real. Una fuerza formidable si se juntaran bajo un solo mando y una sola voluntad. Pero no era esto lo que quería decirle. Quería hablarle de la muerte, si a usted no le importa…

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