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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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– Mi terapeuta me explicó que la obsesión de mi padre por el dinero fue la razón de que yo me hiciera contable. Después de todo, ¿qué cuentan los contables? Cuentan dinero.

– Y cuando se lo dejó todo a la familia de su hermana…

Villani levantó la mano otra vez. Esta vez imitó el descenso lento de un coche hacia un valle profundo.

– La terapia te da toda esta comprensión, toda esta claridad, pero eso no siempre es bueno, ¿no le parece?

– No era una pregunta.

Media hora más tarde, pasar de la espantosa oficina de Paul Villani al soleado aparcamiento fue como salir de un cine oscuro a la luz del día: de un mundo a otro.

Kim suspiró.

– Uf. Ha sido…

– ¿Deprimente? ¿Desolador?

– Solo triste. -Estaba casi temblando.

– ¿Te has fijado en las fechas de las revistas de la recepción?

– No, ¿por qué?

– Eran todas de hace años. Y hablando de fechas, ¿te das cuenta de qué época del año es?

– ¿Qué quieres decir?

– Estamos en la última semana de marzo. A menos de tres semanas del 15 de abril. Es el periodo del año en el que los contables suelen estar más ocupados.

– Vaya, tienes razón. Significa que no le quedan clientes. O no muchos. Entonces, ¿qué está haciendo aquí?

– Buena pregunta.

El camino de vuelta a Walnut Crossing les llevó casi dos horas. El sol estaba lo bastante bajo en el cielo para producir un brillo neblinoso en el parabrisas sucio de Gurney, lo que le recordó por tercera o cuarta vez en esa semana que no le quedaba líquido limpiaparabrisas. Más que la ausencia del líquido, le preocupó su mala memoria. Si no anotaba las cosas…

El teléfono interrumpió sus pensamientos. Le sorprendió ver el nombre de Hardwick en la pantalla.

– ¿Sí, Jack?

– El primero era fácil. Pero no creas que eso reduce tu deuda.

Gurney recordó el favor que le había pedido esa mañana.

– ¿El primero era la historia del señor Meese-Montague?

– En realidad más bien señor Montague-Meese, pero más sobre eso sin tardanza.

– ¿Sin tardanza?

– Sí, sin tardanza. Una de las expresiones favoritas de William Shakespeare. Cuando quería decir «pronto» decía «sin tardanza». Estoy refinando mi estilo, así puedo hablar con mayor seguridad con capullos intelectuales como tú.

– Eso está muy bien, Jack. Estoy orgulloso de ti.

– Vale, es una primera entrega. Quizás haya más. El individuo del que estamos hablando nació el 29 de marzo de 1989 en el hospital Saint Luke de Nueva York.

– Ajá.

– ¿Qué significa ese ajá?

– Que su cumpleaños es pasado mañana.

– ¿Y eso qué coño significa?

– Es solo un hecho interesante. Continúa.

– En el certificado de nacimiento no figura el nombre del padre. Su madre, cuyo nombre, por cierto, era Marie Montague, entregó al pequeño en adopción.

– Así que el pequeño Robert fue en realidad un Montague antes de ser un Meese. Muy interesante.

– Y se pone aún más interesante. Casi de inmediato lo adoptó una acaudalada pareja de Pittsburgh: Gordon y Celia Meese. Resulta que él era asquerosamente rico, heredero de una fortuna de minas de carbón de los Apalaches. Adivina qué pasó después.

– Por cómo lo dices supongo que algo terrible.

– A los doce años, los Servicios Sociales retiraron la custodia de Robert a los Meese.

– ¿Has podido averiguar por qué?

– No. Hay mucho hermetismo respecto al caso.

– ¿Por qué no me sorprende? ¿Qué pasó después con Robert?

– Una historia fea. Una casa de acogida detrás de otra. Nadie quería quedárselo más de seis meses. Un jovencito difícil. Le han prescrito distintos fármacos por un trastorno generalizado de ansiedad, personalidad borderline y, este me encanta, trastorno explosivo intermitente.

– Supongo que no debería preguntarte cómo has tenido acceso a…

– Exacto. Así que no lo hagas. El resumen es que era un chico muy inseguro con graves problemas para relacionarse y que se dejaba dominar por la ira.

– Entonces, ¿cómo este dechado de estabilidad…?

– ¿Terminó en la universidad? Sencillo. Oculto en esa mente jodida hay un coeficiente intelectual bestial. Y un coeficiente intelectual así, con un historial problemático, combinado con cero recursos económicos, es la fórmula mágica para que te concedan una beca completa. Desde que entró en la Universidad de Siracusa, Robert ha destacado en teatro y ha sido un desastre en todo lo demás. Se dice que es un actor nato. Lo suficientemente guapo para ser estrella de cine, fantástico en el escenario, capaz de parecer encantador, pero, sobre todo, es un tipo reservado. Hace poco se cambió el apellido, otra vez, de Meese a Montague. Durante unos meses vivió, supongo que ya lo sabes, con la pequeña Kimmy. Al parecer, terminaron mal. Ahora vive solo en una casa de alquiler de tres habitaciones, en una mansión victoriana de una bonita calle de Siracusa. No se sabe de dónde saca el dinero para pagar el alquiler, el coche…

– ¿Algún trabajo?

– Nada. Por ahora, eso es todo. Si sale más mierda, te la tiraré encima.

– Te debo otra.

– En eso te doy la razón.

Gurney tenía tantas cosas en la cabeza que cuando Madeleine dijo esa noche, mientras tomaban café, lo espectacular que había sido la puesta de sol de hacía unas horas, no recordaba siquiera haber reparado en ella. En su mente solo tenía espacio para una masa de imágenes, personalidades y detalles inquietantes.

Por una parte, el hombre-huevo que horneaba galletas y no quería considerar a su todopoderosa madre como una víctima, una mujer que sacaba de quicio a la gente. Se preguntó si alguien le había contado que el lóbulo de la oreja de su madre, con aquel diamante, había aparecido en el arbusto de zumaque.

Paul Villani, un hombre que vio cómo su potentado padre había legado todo su dinero y todo su amor a otra gente. Un hombre cuya carrera perdió su significado, cuya vida se tornó gris, cuyos pensamientos eran sombríos y avinagrados, y cuyo lenguaje y porte, sin olvidar su oficina sin vida, se podían relacionar con una nota de suicidio.

«Dios… y si…»

Madeleine lo estaba observando a través de la mesa.

– ¿Qué pasa?

– Solo estaba pensando en una de las personas que Kim y yo hemos visitado hoy.

– Ya veo.

– Estoy tratando de volver sobre lo que dijo. Parecía… muy deprimido.

La mirada de Madeleine se hizo más intensa.

– ¿Qué dijo?

– Eso es lo que estoy intentando recordar. Es un comentario que hizo. Acababa de decirnos que su hermana estaba muerta. Luego dijo: «La muerte no está tan mal». Algo por el estilo.

– ¿Nada más directo? ¿Expresó tener intención de hacer algo?

– No. Solo… una pesadez, una… ausencia de… No lo sé. Madeleine parecía angustiada.

– El tipo de tu clínica, el paciente que se suicidó. ¿Fue concreto respecto a…?

– No, por supuesto que no, o lo habrían llevado al psiquiátrico. Pero decididamente tenía esa… pesadez. Una oscuridad, una desesperanza.

Gurney suspiró.

– Por desgracia, no importa lo que pensemos que alguien podría hacer. Solo cuenta lo que dice que va a hacer. -Torció el gesto-. Pero hay algo que me gustaría descubrir. Solo para mi paz mental.

Cogió el móvil y marcó el número de Hardwick. Saltó el buzón de voz.

– Jack, quiero incrementar mi enorme deuda contigo pidiéndote un pequeño favor más. -Aunque por su tono parecía estar de broma, lo cierto es que ya empezaba a deberle demasiado. No obstante, Hardwick era su mejor baza-. Hay un contable en el condado de Orange que se llama Paul Villani. Resulta que es el hijo de Bruno Villani, la primera víctima del Buen Pastor. Me gustaría averiguar si tiene algún arma registrada. Estoy inquieto por él, y me gustaría saber cuánto debería preocuparme. Gracias.

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