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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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– ¡Davey! El sabueso que anda tras la pista de la encarnación del mal. ¿Qué coño quieres ahora?

– En realidad, mucho.

– No me digas. ¡Qué sorpresa!

– Estaré en deuda contigo.

– Ya lo estás, campeón.

– Cierto.

– Solo para que lo sepas. Habla.

– Primero, me gustaría saber todo lo que se pueda saber de un estudiante de la Universidad de Siracusa llamado Robert Meese, alias Robert Montague. Segundo, me gustaría saber todo lo que se pueda saber de Emilio Corazon, padre de Kim Corazon, exmarido de la periodista de Nueva York Connie Clarke. Emilio desapareció sin dejar rastro hace años. De hecho, esta semana se cumplen diez años de su desaparición. Los intentos de su familia por localizarlo han fracasado.

– Cuando dices todo lo que se pueda saber, ¿qué…?

– Todo lo que puedas escarbar en los próximos dos o tres días.

– ¿Nada más?

– ¿Lo harás?

– No olvides que tendrás que pagar tu deuda.

– No lo olvidaré, Jack. De verdad que aprecio… -dijo, pero se interrumpió cuando se dio cuenta de que Hardwick ya había colgado.

Siguiendo las instrucciones del GPS, salió de la interestatal y se dirigió por una serie de caminos rurales hasta llegar al giro de Foxledge Lane. Ahí, aparcado al lado de la carretera, vio el Miata rojo. Kim lo saludó, se incorporó a la calzada delante de él y subió lentamente por el camino.

No tuvieron que ir muy lejos. El primer sendero, flanqueado por impresionantes muros de mampostería pertenecía a algo llamado Whittingham Hunt Club. En el segundo sendero, a unos centenares de metros, no había ninguna identificación o dirección visible, pero Kim entró y Gurney la siguió.

La casa de Eric Stone estaba a unos cuatrocientos metros. Era una gran edificación colonial de Nueva Inglaterra, pero por todas partes había trozos de pintura que empezaban a saltar, canaletas por ajustar y enderezar. En el sendero, se veían grietas causadas por los cambios de temperatura; hojas secas del invierno que se acababa cubrían en parte el césped y el jardín.

Un camino de ladrillos desigual conectaba el sendero con los tres escalones que conducían a la puerta de la casa. Tanto el camino como los escalones estaban cubiertos de hojas podridas y ramitas. Cuando Gurney y Kim estaban en la mitad de este camino, la puerta se abrió y un hombre salió al amplio escalón. Sus hombros estrechos y su barriga prominente hicieron que Gurney pensara en un huevo. Un delantal impecable le cubría del cuello a las rodillas.

– Tengan cuidado, por favor. Eso es una auténtica selva.

Mostró una sonrisa que dejó entrever sus dientes. Lanzó una mirada ansiosa a Gurney. Llevaba el pelo, prematuramente gris, corto y peinado con raya. Su carita rosada parecía recién afeitada.

– ¡Galletas de jengibre! -anunció con voz alegre al apartarse para dejarlos entrar en la gran casa.

Al pasar por su lado, Gurney notó que el olor a polvo de talco daba paso al característico aroma dulce y especiado de la única galleta que le desagradaba de verdad.

– Solo sigan el pasillo hasta el final. La cocina es el sitio más agradable de la casa.

Además de la escalera que conducía al primer piso, pudieron ver varias puertas, pero el polvo sobre sus pomos sugería que rara vez se abrían.

La cocina del fondo de la casa resultaba agradable porque estaba caliente y olía a lo que había en el horno, pero por nada más. Era enorme y de techos altos. Tenía el tipo de electrodomésticos que una o dos décadas antes había ocupado los hogares de los más pudientes. La campana extractora colgaba a tres metros. Gurney pensó en el altar del sacrificio de una película de Indiana Jones.

– Mi madre era una devota de la calidad -dijo el hombre con forma de huevo. Luego añadió, como si fuera un eco espantoso del pensamiento pasajero de Gurney-: Era una acólita del altar de la perfección.

– ¿Desde cuándo vive aquí? -preguntó Kim.

En lugar de responder la pregunta, Stone se volvió hacia Gurney:

– Yo desde luego sé quién es usted, y sospecho que usted sabe quién soy, pero sigo pensando que sería apropiado que nos presentaran.

– Oh, qué estúpida -dijo Kim-. Lo siento. Dave Gurney. Eric Stone.

– Encantado -dijo Stone, que extendió la mano con una sonrisa obsequiosa. Sus dientes grandes y parejos eran casi tan blancos como el delantal-. Su impresionante reputación le precede.

– Encantado de conocerle -contestó Gurney.

La mano de Stone era caliente, blanda y desagradablemente húmeda.

– Le hablé a Eric del artículo que mi madre escribió sobre ti -dijo Kim.

Después de un silencio incómodo, Stone señaló una envejecida mesa de pino situada en un rincón de la cocina, alejada del espléndido horno.

– ¿Nos sentamos?

Cuando Gurney y Kim se hubieron sentado, Stone preguntó si querían tomar algo.

– Tengo cafés de distinta intensidad, así como té de incontables variedades. También puedo ofrecerles refresco de granada. ¿Alguien se apunta?

Los dos lo rechazaron. Stone, que exageró su decepción, se sentó a la mesa. Kim cogió tres pequeñas cámaras y dos minitrípodes de su bolsa. Instaló dos de las cámaras, una de cara a Stone y la otra enfocándola a sí misma.

A continuación explicó la idea de la producción: «la gente de RAM» pretendía mantener el aspecto y el ambiente de la entrevista lo más sencillo posible, conservando el mismo marco visual y de audio con el que estaban familiarizados quienes solían grabar escenas cotidianas con sus iPhone. El objetivo era que todo fuera de verdad, simple. Como si estuvieran manteniendo una conversación casual, sin guion alguno. Sin focos, solo con la luz propia de la estancia. Nada profesional. Seres humanos hablando como seres humanos…

Stone permaneció impasible ante aquel discurso. En realidad, en un momento dado pareció que empezaba a pensar en otra cosa.

– ¿Tiene alguna pregunta? -dijo Kim.

– Solo una -dijo, volviéndose hacia Gurney-: ¿cree que lo atraparán algún día?

– ¿Al Buen Pastor? Me gustaría pensar que sí.

Stone puso los ojos en blanco.

– Seguro que en su profesión da muchas respuestas como esa, respuestas que en realidad no son respuestas. -Su tono parecía más triste que desafiante.

Gurney se encogió de hombros.

– Todavía no sé lo suficiente para decirle nada más.

Kim hizo algunos ajustes de encuadre final en los visores de las cámaras que reposaban sobre los trípodes y las puso en modo de alta definición. Hizo lo mismo con la tercera cámara, que sostenía en la mano. A continuación, se peinó con los dedos, se sentó más erguida en la silla, se alisó unas pocas arrugas del bléiser, sonrió y empezó a hablar.

– Eric, me gustaría darle las gracias otra vez por aceptar participar en Los huérfanos del crimen. Nuestro objetivo es presentar sincera y directamente lo que piensa, lo que siente. Nada ha de quedar fuera de esta entrevista, nada está prohibido. Estamos en su casa, no en un estudio de televisión. La historia y las emociones son suyas. Empecemos por donde usted quiera.

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