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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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Stone respiró hondo, nervioso.

– Empezaré por responder a la pregunta que me ha hecho hace unos minutos, en la cocina. Me ha preguntado desde cuándo vivía aquí. La respuesta es que desde hace veinte años: la mitad de esos años, en una especie de paraíso; la otra mitad, en un infierno. -Hizo una pausa-. Los primeros diez años viví en un mundo de luz, la luz que proyectaba una mujer extraordinaria; los diez últimos he vivido en un mundo de sombras.

Kim mantuvo un largo silencio antes de intervenir en voz baja, con un tono triste.

– Lo profundo que es nuestro dolor suele hablarnos sobre lo mucho que hemos perdido.

Stone asintió.

– Mi madre era una roca, un volcán. Era una fuerza de la naturaleza. Deje que repita eso: una fuerza de la naturaleza. Es un cliché, pero es así. Perderla fue como revocar la ley de la gravedad. Revocar la ley de la gravedad. Imagíneselo. Un mundo sin gravedad. Un mundo sin pegamento que lo mantenga unido.

Los ojos del hombre se humedecieron.

Las siguientes palabras de Kim fueron sorprendentes. Le preguntó si podía darle una galleta.

Él soltó una risa, un arrebato histérico vertiginoso que hizo que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.

– Sí, sí, por supuesto. Mis galletas de jengibre acaban de salir del horno, pero hay también chips de chocolate, galletitas de mantequilla y de avena con pasas. Todo horneado hoy mismo.

– Creo que la tomaré de avena con pasas -dijo Kim.

– Una excelente elección, señorita.

Stone sonó como si, a través de las lágrimas, tratara de imitar a un sumiller meloso. Fue al otro extremo de la cocina y cogió de encima del horno una bandeja llena de grandes galletas marrones. Kim no dejó de enfocarlo con la tercera cámara.

Cuando Stone estaba a punto de dejar la bandeja encima la mesa, una idea que le cruzó por la mente lo detuvo. Se volvió hacia Gurney.

– Diez años -dijo, como si algo nuevo en el significado del número lo hubiera pillado por sorpresa-. Exactamente diez años. Una década. -El tono de su voz se elevó hasta alcanzar cierto dramatismo-. Diez años y sigo hecho un asco. ¿Qué opina de eso, detective? ¿Mi patético estado lo motiva para encontrar, detener y ejecutar al maldito cabrón que asesinó a la mujer más increíble del mundo? ¿O soy tan ridículo que solo provoco risa?

Gurney tendía a mostrarse comedido cuando la gente mostraba sus sentimientos de aquella manera. Esta vez no fue una excepción. Respondió con voz monocorde, como si tal cosa: -Haré todo lo que pueda.

Stone le dedicó una expresión escéptica.

Les ofreció café otra vez, y otra vez ambos lo rechazaron.

Kim pasó un buen rato intentando que Stone le describiera cómo era la vida que llevaba antes del asesinato de su madre, y cómo había seguido después. La vida anterior era mejor en todos los sentidos. Poco a poco Sharon Stone había alcanzado el éxito. Se situó en la élite del mercado inmobiliario de segundas residencias. Y llevó ese éxito a su vida personal, donde compartió todo el lujo que se le ofrecía con su hijo. Poco antes de que el Buen Pastor se cruzara en su camino, había accedido a avalar un contrato de financiación de tres millones de dólares para dejar a Eric como propietario del principal hotel y restaurante en Finger Lakes, tierra de vinos.

Sin su firma, el acuerdo no llegó a buen puerto. En lugar de disfrutar de la vida de un restaurador y hotelero de élite, a los treinta y nueve años, Eric Stone vivía en una casa que no podía mantener y trataba de ganarse la vida haciendo galletas en la cocina de su difunta madre y vendiéndolas a tiendas y fondas locales.

Al cabo de más o menos de una hora, Kim cerró la libreta que había estado consultando. Se dirigió a Gurney y, para sorpresa de este, le dijo si quería hacer alguna pregunta.

– Tal vez un par, si al señor Stone no le importa.

– ¿Señor Stone? Por favor, llámeme Eric.

– Muy bien, Eric. ¿Sabe si su madre tuvo algún contacto profesional o personal con alguna de las otras víctimas?

Stone hizo una mueca.

– No, que yo sepa.

– ¿Algún enemigo?

– Mi madre no soportaba a los idiotas.

– ¿Qué significa eso?

– Significa que podía sacar a la gente de sus casillas. El sector inmobiliario, sobre todo al nivel al que trabajaba mi madre, es un negocio muy competitivo, y a ella no le gustaba perder el tiempo con idiotas.

– ¿Recuerda por qué se compró un Mercedes?

– Por supuesto. -Stone torció el gesto-. Tiene clase, estilo, potencia, agilidad. Está muy por encima del resto, como mi madre.

– Durante los últimos diez años, ¿ha tenido contacto con alguien relacionado con las demás víctimas?

Otra mueca.

– Esa palabra no me gusta.

– ¿Qué palabra?

– Víctima. No pienso en ella de ese modo. Suena horriblemente pasivo, impotente, todas las cosas que mi madre no era.

– Se lo diré de otra manera: ha tenido contacto con las familias…

Stone lo interrumpió.

– La respuesta es sí. Hubo cierto contacto al principio. Después de los crímenes nos reuníamos en una especie de grupo de apoyo.

– ¿Participaron todas las familias?

– En realidad no. El cirujano que vivía en Williamstown tenía un hijo que se unió a nosotros una vez o dos, pero luego dijo que no tenía el menor interés en participar en esa clase de grupo, porque no sentía ninguna pena. Dijo que se alegraba de que su padre estuviera muerto. Fue terrible. Completamente hostil. Muy doloroso.

Gurney miró a Kim.

– Jimi Brewster -dijo ella.

– ¿Es todo?

– preguntó Stone.

– Solo un par de cuestiones rápidas más. ¿Mencionó alguna vez su madre que estuviera asustada por algo?

– Nunca. Era el ser humano menos miedoso que ha caminado sobre la faz de la Tierra.

– ¿Sharon Stone era su verdadero nombre?

– Sí y no. Básicamente sí. Su nombre oficial, por decirlo así, era Mary Sharon Stone. Después del enorme éxito de Instinto básico, se transformó un poco: se tiñó el pelo de rubio, dejó el Mary y promocionó su extraordinaria nueva personalidad. Mi madre era un genio de la promoción. Incluso se hizo fotos en carteles publicitarios en los que aparecía sentada con las piernas cruzadas y una falda corta, al estilo de la famosa escena de la película.

Gurney le indicó a Kim que no tenía más preguntas.

Stone añadió con una sonrisa inquietante:

– Mi madre tenía unas piernas de morirse.

Al cabo de una hora, Gurney aparcó al lado del Miata de Kim, delante de la inhóspita oficina de una empresa contable: Vickers, Villani y Flemm. El local estaba situado entre un estudio de yoga y una agencia de viajes, en las afueras de Middletown.

La chica estaba hablando por teléfono. Gurney se sentó y reflexionó sobre lo que haría si se apellidara Flemm, un nombre tan parecido a «flema». ¿Se cambiaría aquel apellido o lo luciría, desafiante? ¿No cambiárselo, cuando un nombre podía ser tan patentemente absurdo como el tatuaje de un burro en la frente, era un acto loable o una terquedad un tanto estúpida? ¿En qué punto el orgullo se volvía disfuncional?

«Cielos, pero ¿en qué tontería estoy pensando?»

Un golpecito en la ventanilla y el rostro de Kim lo devolvieron al presente. Bajó del coche y siguió a la chica hasta la oficina.

La puerta de la calle daba acceso a una sala de espera minúscula con unas pocas sillas distintas apoyadas contra una pared. Había unos ejemplares gastados de Smart Money abiertos en abanico en una pequeña mesita de café de estilo minimalista. Un muro a la altura de la cadera separaba esta zona de otra más pequeña en la que había dos escritorios vacíos delante de una pared con una sola puerta, que estaba cerrada. Encima del murete había un timbre pasado de moda: una semiesfera de plata con un pulsador que sobresalía.

Kim apretó el pulsador. Se oyó un ring sorprendentemente sonoro. Volvió a pulsarlo al cabo de medio minuto, pero no obtuvo respuesta. Cuando ya estaba buscando su teléfono móvil, se abrió la puerta de la pared del fondo. El hombre que apareció en el umbral era delgado, pálido, de aspecto cansado. Los miró con curiosidad.

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