Deja en paz al diablo
- Автор: Вердон Джон
- Серия: Dave Gurney [es] #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
– ¿Señor Villani? -dijo Kim.
– Sí. -Su voz era seca e incolora.
– Soy Kim Corazon.
– Sí.
– Hablamos por teléfono…, le dije que vendríamos a preparar nuestra entrevista…
– Sí, lo recuerdo.
– Bueno… -Kim miró a su alrededor, un poco confundida-. ¿Dónde le gustaría…?
– Oh, sí. Pueden pasar a mi oficina. -Dio un paso atrás.
Gurney abrió una portezuela de vaivén en el murete y la sostuvo para que pasara la chica. No tenía muy buen aspecto, como los dos escritorios vacíos que había detrás. Fueron a una habitación sin ventanas, que tenía una gran mesa de caoba, cuatro sillas de respaldo recto y librerías en tres de las cuatro paredes. Las estanterías estaban llenas de volúmenes gruesos sobre contabilidad y legislación impositiva. El polvo, presente por todas partes, también se había apoderado de los libros. Olía a rancio.
La única iluminación procedía de una lámpara de escritorio situada en un rincón de la mesa. Había un fluorescente en el techo, pero estaba apagado. Cuando Kim examinó la sala en busca de lugares donde poner las cámaras, preguntó si podía encenderla.
Villani se encogió de hombros y le dio al interruptor. Después de una serie de destellos vacilantes, la luz se estabilizó. Se oyó un zumbido grave. El brillo fluorescente resaltó la palidez de la piel de Villani y las sombras de debajo de sus ojos. Había algo característicamente cadavérico en él.
Como había hecho en la cocina de Stone, Kim preparó las cámaras. Una vez que terminó, ella y Gurney se sentaron a un lado de la mesa de caoba, enfrente de Villani. Kim repitió, casi palabra por palabra, el discurso que le había soltado a Stone sobre los objetivos de informalidad, simplicidad y naturalidad, acerca de que pretendía que la entrevista se pareciera a una conversación que dos amigos podrían tener en su casa, relajada y sincera.
Villani no respondió.
Kim le dijo que podía contar cualquier cosa que quisiera.
El tipo no abrió la boca y se la quedó mirando.
La chica echó un vistazo a su alrededor, a aquel espacio claustrofóbico. La luz del techo solo había logrado aumentar la sensación de que estaban en un lugar verdaderamente inhóspito.
– Así pues -dijo Kim, que pareció darse cuenta de que tendría que esforzarse por sacarle las palabras a aquel hombre-, ¿este es su despacho principal?
Villani pareció considerarlo.
– El único despacho.
– ¿Y sus socios? ¿Están… aquí?
– No. No hay socios.
– Pensaba que los nombres… Vickers y…
– Ese era el nombre de la empresa. Se formó como una sociedad. Yo era el socio principal. Luego… nos separamos. El nombre de la firma era una cuestión legal…, independiente de quién trabajara aquí. Nunca tuve energía para cambiarlo. -Habló despacio, como si luchara con la rigidez de sus propias palabras-. Es como algunas mujeres divorciadas que conservan sus apellidos de casadas. No sé por qué no lo cambié, ¿debería hacerlo? -No sonó a que quisiera una respuesta.
La sonrisa de Kim se tornó más tensa. Se movió en su asiento.
– Una pregunta rápida antes de ir más allá. ¿Debería llamarle Paul o prefiere que le llame señor Villani?
– Paul está bien -respondió él tras unos momentos de silencio casi sepulcral.
– Muy bien, Paul, vamos a empezar. Como le dije por teléfono, solo pretendo que tengamos una sencilla conversación sobre la vida que ha llevado después de la muerte de su padre. ¿Le parece bien?
– Claro -contestó Villani, después de otra pausa.
– Muy bien. ¿Desde cuándo es contable?
– Desde siempre.
– Concretamente, ¿cuántos años hace que se dedica a la contabilidad?
– ¿Años? Desde la universidad. Tengo… cuarenta y cinco. Veintidós años cuando me licencié. Así pues, cuarenta y cinco menos veintidós es igual a veintitrés. Veintitrés años como contable. -Cerró los ojos.
– ¿Paul?
– ¿Sí?
– ¿Se encuentra bien?
Abrió un ojo, luego el otro. -Acepté hacer esto, así que lo haré, pero me gustaría terminar pronto. He hablado de todo esto en terapia. Puedo darles las respuestas. Es solo que… no me gusta escuchar las preguntas. -Suspiró-. Leí su carta… Hablamos por teléfono… Sé lo que quiere. Quiere el antes y el después, ¿verdad? Vale. Le contaré el antes y el después. Le contaré la esencia del entonces y del ahora. -Soltó otro pequeño suspiro.
Gurney tuvo la impresión de que eran mineros atrapados en una cueva subterránea y que empezaba a faltarles el oxígeno: un pequeño recuerdo de una película que vio de niño.
Kim frunció el ceño.
– No estoy segura de entenderlo.
– He repasado todo esto en terapia -dijo Villani, esta vez con un tono de voz más elevado.
– Vale… y, por lo tanto…, usted…
– Por lo tanto, puedo darle las respuestas sin que tenga que formular las preguntas. Mejor para todos, ¿verdad?
– Me parece muy bien, Paul. Por favor, adelante.
Señaló a una de las cámaras.
– ¿Está en marcha?
– Sí.
Villani cerró los ojos otra vez. Cuando empezó su relato, Gurney se fijó en que Kim empezaba a tener unos tics en los labios, aunque no sabía a qué respondían.
– No es que fuera una persona feliz, antes del… suceso. Nunca fui una persona feliz. Pero hubo un tiempo en que tenía esperanza. Creo que tenía esperanza. Algo parecido a la esperanza. Una sensación de que el futuro podría ser más brillante. Pero después del… suceso… esa sensación desapareció para siempre. El color en la imagen se perdió, todo era gris. ¿Lo comprende? Sin color. Una vez tuve la energía para construir un despacho profesional, para cultivar algo. -Articuló la palabra como si fuera un concepto extraño-. Clientes…, socios…, impulso. Más, mejor, mayor. Hasta que ocurrió aquello. -Se quedó en silencio.
– ¿Aquello? -lo incitó Kim.
– El suceso. -Abrió los ojos-. Fue como si me empujaran desde el borde. No a un precipicio, solo… -Levantó la mano para imitar a un coche que llegara al vértice de una colina y luego se inclinara ligeramente hacia abajo-. Las cosas empezaron a ir mal. A desmoronarse. Punto por punto. El motor dejó de funcionar.
– ¿Cuál era su situación familiar? -preguntó Kim.
– ¿Situación? ¿Aparte del hecho de que mi padre estuviera muerto y mi madre en coma irreversible?
– Lo siento, debería haber sido más clara. Me refiero a si estaba casado o tenía alguna otra familia.
– Tenía esposa. Hasta que se cansó de que todo fuera cuesta abajo.
– ¿Hijos?
– No. Por suerte. O quizá no por suerte. Todo el dinero de mis padres fue a parar a sus nietos, los hijos de mi hermana. -Villani sonrió, pero había amargura en la sonrisa-. ¿Sabe por qué? Tiene gracia. Mi hermana era una persona con muchos problemas, muy ansiosa. Sus dos hijos eran bipolares, TDAH, TOC, como lo quiera llamar. Así que mi padre… decide que yo estoy bien: soy el cuerdo de la familia. Ellos son los que necesitarán toda la ayuda posible.
– ¿Está en contacto con su hermana?
– Mi hermana está muerta.
– Lo siento, Paul.
– Hace años. ¿Cinco? ¿Seis? Cáncer. Quizá morir no está tan mal.
– ¿Qué le hace decir eso?
Una vez más, la sonrisa amarga, cerca de la tristeza.
– ¿Lo ve? Preguntas. Preguntas. -Miró el tablero de la mesa como si estuviera tratando de distinguir la silueta de algo en un agua turbia-. La cuestión es que el dinero significaba mucho para mi padre. Era lo más importante. ¿Lo entiende?
Su tristeza se reflejó en los ojos de Kim.
– Sí.