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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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Se sentó a la mesa. De manera ausente se echó una tercera cucharada de azúcar en el café.

– ¿Cuánto más dulce mejor? -preguntó Madeleine con una pequeña sonrisa.

Dave se encogió de hombros y siguió revolviendo el café lentamente.

Su mujer ladeó un poco la cabeza y lo observó de una manera que en tiempos lo había turbado, pero que en los últimos años había llegado a gustarle. Empezaba a ver aquel sentirse observado como una expresión de afecto, aunque no supiera muy bien en qué pensaba ella en momentos como ese. Preguntárselo sería como pedirle que definiera su relación, y eso era algo que no podía hacer.

Madeleine cogió la taza con las dos manos, se la llevó a los labios, dio un sorbo y volvió a dejarla con suavidad.

– Bueno, ¿quieres contarme un poco más de lo que está pasando?

Por alguna razón, la pregunta lo pilló por sorpresa.

– ¿De verdad quieres saberlo?

– Por supuesto.

– Hay mucho.

– Te escucho.

– Vale. Pero que conste que tú me lo has pedido.

Se recostó en su silla y habló sin parar durante veinticinco minutos. Habló de todo lo que se le ocurrió, desde la galería de tiro de Roberta Rotker al esqueleto en la puerta de Max Clinter. Al verbalizar todas aquellas ideas, él mismo se sorprendió ante la cantidad de gente peculiar con la que se había encontrado y lo complejo del caso.

– Y finalmente -concluyó-, está la cuestión del granero.

– Sí, el granero -dijo Madeleine, cuya expresión se endureció-. ¿Crees que está relacionado con todo lo demás?

– Creo que sí.

– Así pues, ¿cuál es el plan?

Era una pregunta desagradable, porque la respuesta era que, en verdad, no tenía nada ni remotamente parecido a un plan.

– Husmear en las sombras con una picana eléctrica, ver si alguien grita -dijo-. A lo mejor encender un fuego bajo la vaca sagrada.

– ¿Y eso en cristiano qué quiere decir?

– Hay que averiguar si la policía tiene algún hecho sólido al que agarrarse, o si toda la teoría que se ha elaborado respecto al caso del Buen Pastor es tan frágil como me parece.

– ¿Por eso quieres encontrarte mañana con el tipo del FBI?

– Sí. El agente Trout. En su cabaña en el Adirondack. En el lago Sorrow.

Justo entonces, acompañados por una ráfaga de aire frío, Kyle y Kim entraron por la puerta lateral.

28

Más oscuro, más frío, más profundo

Al amanecer de la mañana siguiente, Gurney había vuelto a la mesa con su primer café del día. Sentado junto a la puerta cristalera, estaba mirando un murgaño que había capturado una tijereta y la estaba arrastrando por el borde del patio de piedra. La tijereta todavía presentaba pelea. Por un momento, estuvo tentado de intervenir, hasta que se dio cuenta de que su impulso no era amable ni empático. No era nada más que el deseo de eliminar la pelea de su vista. Más pruebas de su…, ¿de su qué? ¿De su gélido egoísmo, de su alma congelada?

– ¿Qué pasa?

Levantó la mirada, sobresaltado. Madeleine estaba a su lado, vestida con una camiseta rosa y pantalones cortos verdes de madrás, recién duchada.

– Solo estaba observando los horrores de la naturaleza -dijo.

Ella miró por la puerta cristalera al cielo del este.

– Va a ser un día bonito.

Él asintió, aunque no escuchó su respuesta, pues estaba pensando en otra cosa.

– Antes de irme a la cama anoche, Kyle dijo algo sobre volver a Manhattan esta mañana. ¿Recuerdas si mencionó a qué hora pensaba salir?

– Han salido hace una hora.

– ¿Qué?

– Han salido hace una hora. Estabas profundamente dormido. No querían despertarte.

– ¿Querían?

Madeleine le miró como sin dar crédito de que aquello le sorprendiera.

– Kim ha de estar en la ciudad esta tarde para grabar una entrevista para Los huérfanos del crimen. Kyle la ha convencido para que pasaran el día juntos. No me parece que a ella le haya costado mucho decidirse. De hecho, creo que el plan es que se quede esta noche en el apartamento de Kyle. No me puedo creer que no lo vieras venir.

– A lo mejor lo vi venir, pero no tan deprisa. Madeleine cogió la cafetera de la isla de la cocina y se sirvió una taza.

– ¿Te preocupa?

– Lo desconocido me preocupa. Las sorpresas me preocupan. Madeleine tomó un sorbo y volvió a la mesa.

– Por desgracia, la vida está llena de sorpresas.

– Ya.

Ella se quedó de pie junto a la mesa, mirando por la ventana del fondo hacia la franja de luz cada vez más amplia que había sobre la cumbre.

– ¿Te preocupa Kim?

– Hasta cierto punto. Me inquieta lo de Robby Meese. Me refiero a que ese tipo es muy retorcido, y Kim se fue a vivir con él. Hay algo que no encaja.

– Estoy de acuerdo, pero no olvides que mucha gente, sobre todo ciertas mujeres, se sienten atraídas por individuos heridos. Cuanto más heridos, mejor. Se lían con criminales, adictos a las drogas. Quieren arreglar a alguien. Es una base horrible para una relación, pero no es tan rara. Lo veo cada día en la clínica. Quizás eso es lo que estaba pasando entre Kim y Robby Meese, hasta que ella encontró la fuerza y la cordura necesarias para apartarlo de su vida.

Con las detalladas indicaciones del trayecto a mano, Gurney partió poco después de que saliera el sol hacia el lago Sorrow. El camino a través de los Catskills y las onduladas tierras de labranza de Schoharie hacia el macizo Adirondack se convirtió en un viaje hacia recuerdos desconcertantes. Recuerdos de vacaciones infantiles en el lago Brant, de un tiempo en el que sus padres empezaban a distanciarse. En aquella época su madre se sentía mal, ansiosa. Cuarenta años después, aquellos recuerdos aún lo estremecían.

Más al norte, la oscuridad de las montañas fue en aumento, los valles se hicieron más estrechos y las sombras más profundas. Según las instrucciones que le había dado el ayudante de Trout, la última carretera que tomaría señalizada con algún poste de identificación sería la de Shutter Spur. Desde ese punto en adelante, tendría que confiar en la precisión de su cuentakilómetros para tomar las desviaciones adecuadas en un laberinto de viejos caminos de troncos. El bosque formaba parte de una vasta extensión de tierra en la que solo había unas pocas cabañas. No había ni tiendas ni gasolineras ni gente, y sí grandes espacios sin cobertura de móvil.

El sistema de tracción total permanente del Outback de Gurney era a duras penas adecuado para abordar el terreno. Después del quinto giro, que según sus instrucciones tenía que llevarlo a la cabaña de Trout, se encontró en un pequeño calvero.

Salió del coche y caminó por el perímetro. Había cuatro senderos que se adentraban en el bosque en diversas direcciones, pero no sabía cuál de ellos tenía que tomar. Eran las 8.58. Faltaban solo dos minutos para que se cumpliera su hora prevista de llegada.

Estaba seguro de que había seguido todas las instrucciones con precisión. Por otro lado, era más que improbable que aquel hombre que tan puntilloso parecía por teléfono hubiera cometido error alguno en sus indicaciones. Aquello solo podía tener dos explicaciones, pero solo una de ellas era probable.

Volvió a meterse en el coche, reclinó el asiento al máximo, se recostó y cerró los ojos. De vez en cuando miraba la hora. A las 9.15 oyó el motor de un vehículo que se aproximaba. Se detuvo no muy lejos de allí.

Cuando llegó el esperado golpe sobre el cristal, abrió los ojos, bostezó, levantó el asiento y bajó la ventanilla. Vio a un tipo delgado y de rasgos duros, con los ojos castaños, de mirada penetrante. Tenía el cabello negro, muy corto.

– ¿David Gurney?

– ¿Esperaba a otra persona?

– Ha de dejar el coche aquí y venir conmigo en el todoterreno. -Hizo un gesto hacia un Kawasaki Mule pintado de camuflaje.

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