El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
Miles giró sobre sus rodillas, con la camisa, los pantalones y las manos bañados en sangre.
— ¡No, Elena! ¡No la mates!
— ¿Por qué no? ¿Por qué no? — Las lágrimas corrían por su cara desencajada.
— Creo que es tu madre.
Oh, Dios, no debía haber dicho eso…
— ¿Tú crees esas horribles cosas…? — le preguntó con furia —, ¿esas mentiras increíbles…? — Pero aflojó su presa —. Miles… ni siquiera sé qué significan algunas de esas palabras…
La mujer de Escobar tosió, y giró la cabeza para mirar por encima de su hombro, con asombro y consternación.
— ¿Esto es fruto de él? — le preguntó a Miles.
— Su hija.
Los ojos de la mujer estudiaron atentamente los rasgos de Elena. Miles lo hizo también; a él le pareció que la fuente secreta del cabello, los ojos y la elegante estructura del rostro de Elena estaban ante él.
— Te pareces a él. — Los grandes ojos castaños de la mujer conservaban una fina capa de desagrado sobre un pantano de horror —. Oí que los barrayaranos usaron los fetos para investigación militar. — Miró a Miles en confundida especulación —. ¿Es usted otro? Pero no, no podrías ser…
Elena la soltó y permaneció atrás, de pie. Un vez, veraneando en Vorkosigan Surleau, Miles había presenciado cómo un caballo quedó atrapado en el incendio de un establo hasta morir, y nadie pudo acercarse a liberarle por el calor. Había pensado que ningún sonido podía ser más acongojante que los relinchos agónicos de aquel caballo. El silencio de Elena lo era. Ella no estaba llorando ahora.
Miles se incorporó con dignidad.
— No señora. El almirante Vorkosigan cuidó de que todos fueran entregados a salvo a un orfanato, creo. Todos excepto…
Los labios de Elena formaron la palabra «mentiras», pero ya no había convicción en ella. Sus ojos sorbían a la mujer de Escobar con un hambre que aterrorizó a Miles.
La puerta de la estancia volvió a abrirse. Arde Mayhew entró.
— Mi señor, ¿quiere que esas asignaciones…? ¡Dios mío! — Estuvo a punto de tropezarse —. ¡Traeré a la técnica médica, esperen! — Y salió a la carrera.
Elena Visconti se acercó al cuerpo de Bothari con la precaución que uno emplearía al acercarse a un reptil venenoso recién muerto. Su mirada se encontró con la de Miles, desde el lado opuesto del obstáculo.
— Almirante Naismith, me disculpo por los inconvenientes que le he causado; pero esto no fue un asesinato, fue la justa ejecución de un criminal de guerra. Fue justo — insistió, con la voz nerviosa de pasión —. Lo fue. — La voz se apagó.
No fue un asesinato, fue un suicidio, pensó Miles. Podía haberte disparado ahí donde estabas, en cualquier momento, así de rápido era.
— No…
— ¿Usted también me llama mentirosa? ¿O va a decirme que lo disfruté? — Los labios de la mujer se tensaron con desesperación.
— No… — La miró a través de un vasto abisom de un metro de anchi —. No me burlo de usted. Pero… hasta que tuve cuatro, casi cinco años de edad, yo no podía andar, sólo gateaba. Me pasé mucho tiempo mirando las rodillas de la gente. Pero si en alguna ocasión había un desfile, o algo que ver, tenía la mejor situación de todos, porque miraba desde los hombros del sargento.
Por toda respuesta, la mujer escupió al cuerpo de Bothari. Un espasmo de furia oscureció la visión de Miles. Se vio salvado de una posibla acción desastrosa por el regreso de Mayhew con la técnica médica.
La técnica corrió hacia él.
— ¡Almirante! ¿Dónde le hirieron?
La miró un instante, estúpidamente, se miró luego a sí mismo y advirtió entonces la roja razón de su preocupación.
— No soy yo, es el sargento. — Se sacudió ineficazmente la fría viscosidad.
La técnica se arrollidó junto a Bothari.
— ¿Qué ocurrió? ¿Fue un accidente?
Miles miró hacia donde estaba Elena, parada, con los brazos envolviéndose el cuerpo como si tuviera frío. Sólo sus ojos se movían, mirando alternativamente al sargento y a la mujer de Escobar. Una y otra vez, sin desanso.
La boca de Miles estaba endurecida, hizo un esfuerzo para hablar.
— Un accidente, estaba limpiando las armas. El revólver de agujas estaba puesto en automático. — Dos afirmaciones verdaderas de tres.
La mujer de Escobar tuvo un gesto silencioso de triunfo y alivio. Ella cree que respaldo su justicia, pensó Miles. Perdóname…
La técnica médica sacudió la cabeza, al pasar un examinador de mano por el pecho de Bothari.
— ¡Uf! Está destrozado.
Una súbita esperanza se le ocurrió a Miles.
— Las cámara de congelamiento… ¿cómo están?
— Todas llenas, señor, después del contraataque.
— Cuando se asignan, ¿qué… qué criterio se utiliza?
— Los menos destrozados tienen mayor probabilidad de revivir. Son los primeros que se seleccionan. Los enemigos, los últimos, a menos que Inteligencia pida otra cosa.
— ¿Cómo evaluaría a este herido?
— Pero que todos los otros que tengo congelados ahora, excepto dos.
— ¿Quiénes son esos dos?
— Un par de hombres del capitán Tung. ¿Quiere que desaloje a uno?
Miles se detuvo, buscando el rostro de Elena. Ella miraba el cuerpo de Bothari como si fuera el de un extraño, con la cara de su padre, súbitamente desenmascarado. Los ojos oscuros de Elena eran como profundas cavernas; como tumbas; una para Bothari; otra para ella misma.
— Él odiaba el frío — murmuró Miles —, sólo consiga un envoltorio del depósito de cadáveres.
— Sí, señor. — La técnica salió, sin prisas.
Mayhew balbuceó, contemplando aturdido y perplejo el rostro de la muerte:
— Lo siento, mi señor, estaba empezando a agradarme, de un modo misterioso.
— Sí. Gracias. Vete. — Mile alzó la vista hacia la mujer de Escobar —. Váyase — susurró.
Elena daba vueltas y vueltas entre el cadáver y los vivos, como una criatura recién enjaulada que descubre que el frío acero quema la carne.
— ¿Madre? — dijo al fin, con una voz empequeñecida, en absoluto como la suya.
— Tú eléjate de mí — gruñó la mujer, en voz baja, pálida —. Muy lejos. — Le echó una mirada de aversión, desdeñosa como una bofetada, y se marchó.
— Esto… — dijo Arde —. Tal vez deberías salir y sentarte un rato en alguna otra parte, Elena. Te traeré un vaso de agua o algo. — La tomó del brazo, inquieto —. Vamos, sé buena chica.
Aceptó con dolor ser llevada y miró por última vez por encima del hombro al salir. Su rostro le recordó a Miles una ciudad bombardeada.
Miles esperó a la técnica médica, velando a su primer servidor, su vasallo, con miedo, con miedo creciente, además, desacostumbrado. Siempre había tenido al sargento para que se preocupara por él. Tocó el rostro de Bothari: el mentón afeitado era áspero al tacto.
— ¿Qué hago ahora, sargento?
16
Pasaron tres días antes de que llorara, preocupado porque no podía llorar. Entonces, solo en la cama, de noche, llegó una violenta tormenta incontrolable que duró horas. Miles la consideró meramente una catarsis, pero siguió repitiéndose en noches sucesivas y entonces se preocupó porque no podía parar. Ahora su estómago le dolía todo el tiempo, pero especialmente después de las comidas, por lo que en consecuencia apenas las probaba. Sus rasgos finos se afinaron más aún, moldeándose a los huesos.
Los días eran una niebla gris. Rostros, familiares y no familiares, le fastidiaban pidiéndole instrucciones, a las que su respuesta era un lacónico e invariable: «Arréglese usted mismo.» Elena no le hablaba en absoluto. Se estremecía temiendo que ella encontrara consuelo en brazos de Baz. La vigilaba secretamente, ansioso. Pero ella no parecía estar buscando consuelo en ninguna parte.