El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
La imaginación de Miles completó el cuadro. El almirante Oser, colérico y conmocionado ante esta súbita derrota después de un año entero de fáciles victorias, había perdido el temple y manejó mal el ardiente y herido orgullo de Tung. Una tontería, cuando habría sido tan fácil hacer que ese orgullo se redoblara sirviendo en su beneficio. Sí, podía ser verdad.
— Y entonces viene usted a mí. Ah… ¿con todos sus oficiales, dice? ¿Su oficial piloto?
Huir, ¿otra vez era posible la huida en la nave de Tung? Huir de los pelianos y de los oseranos, pensó seriamente Miles; era huir de los dendarii lo que empezaba a parecer difícil.
— Todos. Todos excepto mi oficial de comunicaciones, por supuesto.
— ¿Por qué por supuesto?
— Oh, es cierto, usted no sabe lo de su doble vida.Es un agente militar, asignado por su gobierno para mantener bajo vigilancia a la flota oserana. Creo que quería venir, pues hemos llegado a conocernos bastante bien en los últimos seis años, pero tenía que cumplir con sus órdenes primitivas. Se disculpó.
Miles pestañeó.
— ¿Ese tipo de cosas es algo usual?
— Oh, siempre hay algunos diseminados en todas las organizaciones mercenarias. — Tung miró agudamente a Miles —. ¿Nunca ha tenido ninguno? La mayoría de los capitanes los echan tan pronto como los reconocen, pero a mí me gustan. Generalmente están muy bien entrenados, y son más dignos de confianza que la mayoría, siempre que uno no esté combatiendo con nadie a quien ellos conozcan. Si yo hubiera tenido que pelear con los barrayaranos, Dios no me lo permita, o con cualquiera de sus aliados, aunque lo cierto es que los barrayaranos no se preocupan particularmente por sus alianzas, me hubiera asegurado de deshacerme de él primero.
— B… — se atragantó Miles, y se guardó el resto.
Por Dios, ¿había sido reconocido? Si el tipo era uno de los agentes del capitán Illyan, casi con toda seguridad. ¿Y qué diablos habría informado de los últimos acontecimientos, enfocados desde el punto de vista oserano? En ese caso, Miles podía ir diciéndole adiós a cualquier esperanza de mantener sus últimas aventuras en secreto ante su padre.
El jugo de fruta parecía pegársele, viscoso y desagradable, en el techo de su estómago. Maldita ingravidez. Lo mejor sería terminar con aquello; un almirante mercenario no debía sumar el mareo espacial a sus más obvias incapacidades, en beneficio de su reputación. Miles se preguntó de pasada cuántas decisiones clave en la historia habrían sido resueltas con la apremiante urgencia de alguna necesidad biológica.
Alargó la mano.
— Capitán Tung, acepto sus servicios.
— Almirante Naismith… Ahora es almirante Naismith, tengo entendido. — Tung estrechó la mano tendida.
— Eso parece — sonrió Miles.
Una semirreprimida sonrisa se dibujó en la boca de Tung.
— Ya veo. Estaré encantado de servirte, hijo.
Cuando se marchó, Miles se quedó sentado un momento, mirando la botella de jugo. La estrujó y un chorro de líquido rojo le salpicó las cejas, el mentón y la pechera de la guerrera. Maldijo en voz baja y flotó en busca de una toalla.
El Ariel se estaba retrasando. Thorne, junto con Arde y Baz, supuestamente debían haber escoltado las armas betanas a través del espacio controlado por Felice, y tenían que estar trayendo de regreso ese expreso veloz capacitado para dar saltos. Y se estaban retrasando. Le llevó dos días a Miles persuadir al general Halify para que dejara salir de sus celdas a la antigua tripulación de Tung; después de aquello, no había nada que hacer sino vigilar, esperar y preocuparse.
Cinco días después de lo estipulado, ambas naves aparecieron en los monitores. Miles se comunicó de inmediato con Thorne y le preguntó, con voz nerviosa, la razón de la demora.
— Es una sorpresa. Le gustará. ¿Puede esperarnos en el desembarcadero? — sonrió Thorne.
Una sorpresa. Dios, ¿cuál? Miles empezaba finalmente a simpatizar con el declarado gusto de Bothari por estar aburrido. Se encaminó al desembarcadero; en su mente flotaban nebulosos planes de acogotar a sus subordinados tardones.
Arde se topó con él, sonriente y rebotando sobre sus talones.
— Quédese ahí, mi señor. — Alzó la voz —. ¡Adelante, Baz!
— ¡Hop, hop, hop!
Llegó un gran ruido de pasos por el tubo flexible. Apareció marchando una harapienta cadena de hombres y mujeres. Algunos vestían uniformes de tipo militar o civil en una salvaje mezcolanza que denotaba las diferentes modas de diversos planetas. Mayhew los iba formando en pelotón, manteniendo más o menos algo parecido a una posición de firmes.
Había un grupo de alrededor de una docena, vestidos con el uniforme negro de los mercenarios del Imperio Kshatryan, que formaron su propia y cerrada isla en aquel mar de color; viéndolos más de cerca, sus uniformes, aunque limpios y remendados, no estaban todos en regla. Botones sueltos, talones de botas gastados, traseros y codos lustrosos por el uso… estaban lejos, lejos de su distante hogar, al parecer. La momentánea fascinación que le produjeron a Miles se vio interrumpida ante la aparición de dos docenas de cetagandanos, diversamente vestidos, pero todos con la pintura facial de ceremonia recientemetne aplicada; parecían un escuadrón de los demonios que adornan los templos chinos. Bothari maldijo, y aferró su arco de plasma al verlos. Miles le hizo un gesto de que mantener la calma.
Uniformes de personal de líneas de carga y de pasajeros, un hombre de piel y cabello blanco con un arco emplumado — Miles, advirtiendo la brillante bandolera y el rifle de plasma que llevaba, no se sintió inclinado a reír —; una mujer de cabello oscuro, de unos treinta y tantos años y sobrenaturalmente hermosa, ocupada en dirigir un equipo de cuatro técnicos, le miró y le contempló abiertamente luego, con una expresión muy extraña en su rostro. Miles se irguió un poco. No soy un mutante, señora, pensó irritado. Cuando el tubo se vació finalmente, delante de él había un centenar de personas esperando órdenes en el desembarcadero. A Miles la cabeza le daba vueltas.
Thorne, Baz y Arde se pusieron a su lado, inmensamente complacidos consigo mismos.
— Baz… — Miles abrió sus manos en desamparada súplica —, ¿qué es esto?
— ¡Reclutas Dendarii, mi señor! — Jesek se irguió.
— ¿Te pedí que reclutaras gente? — No había estado nunca tan borracho, le pareció…
— Usted dijo que ni teníamos personal suficiente para manejar nuestro equipo, así que apliqué un poco de lógica al problema y… ahí lo tiene.
— ¿Dónde diablos los encontraste?
— En Felice. Debe de haber unos dos mil galácticos atrapados allí por el bloqueo. Personal de naves mercantes, de pasajeros, gente de negocios, técnicos, un poco de todo. Incluso soldados. Éstos no son soldados, por supuesto. No todavía.
— Ah. — Miles se aclaró la garganta —. ¿Seleccionados?
— Bueno… — Baz se miró las botas, como si buscara señales de desgaste —. Les he dado algunas armas para desmontar y rearmar. Si no trataban de encajar el cartucho del arco de plasma en el mando del inhibidor nervioso, los contrataba.
Miles paseó la vista por las filas, confundido.
— Ya veo. Muy ingenioso. Dudo que hubiera podido hacerlo mejor yo mismo. — Señaló con un gesto a los kshastryanos —. ¿Adónde iban?
— Es una historia muy interesante — dijo Mayhew —. No fueron exactamente atrapados por el bloqueo. Parece que algún magnate feliciano de la… economía negra, los había contratado hace unos años como guardaespaldas. Hace unos seis meses fallaron en su trabajo, con lo que se quedaron ellos mismos desempleados. Harán cualquier cosa con tal de salir de aquí. Los encontré yo — agregó con orgullo.