El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
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Se calló; con los codos apoyados en la mesa, la cara entre sus manos. Tras un breve silencio, la expectativa derivó en decepción, el kshatryano renovó su ataque al cetagandano, y ahí estaban todos, otra vez. Sus voces empañaron a Miles. El general Halify empezó a retirarse de la mesa, desalentado.
Nadia había notado la mandíbula abierta de Miles, detrás de sus manos, ni sus ojos muy abiertos primero y entrecerrados luego.
— Hijo de puta — susurró — No es irremediable.
Se incorporó.
— ¿No se le ha ocurrido a nadie que estamos atacando el problema desde el ángulo equivocado?
Sus palabras se perdieron en la penumbra. Únicamente Elena, sentada en un rincón de la sala, advirtió su rostro. Su propia cara se volvió hacia la de él como un girasol, sus labios se movieron en silencio: ¿Miles?
No una vergonzosa huida en la oscuridad, sino un monumento; eso es lo que iba a hacer de esta guerra. Sí…
Sacó de la vaina la daga de su abuelo y la arrojó al aire. Cayó y se clavó de punta en el centro de la mesa, con una sonora vibración. Trepó a la mesa y fue a recuperarla.
El silencio fue súbito y total, salvo por el refunfuño de Auson, frente a quien había caído la daga.
— No pensé que ese plástico pudiera cortar…
Miles retiró el arma de un tirón, la envainó y caminó a trancas de un lado a otro por la mesa. El refuezo de su pierna había adquirido un molesto golpeteo últimamente, que se había propuesto que arreglse Baz; ahora sonaba fuerte en medio del silencio. Acaparar la atención, como un susurro. Bien. Un golpeteo, un garrotazo en a cabeza, cualquier cosa que funcionara estaba bien para él. Era hora de acaparar la atención.
— Parece habérseles escapado, señores, señoras y demás, que la mision asignada a los Dendarii no es destruir físicamente a los oseranos, sino simplemente eliminarlos como fuerza beligerante en el espacio local. No necesitamos entorpecernos nosotros mismos atacando sus fuerzas.
Las caras alzadas le seguían como filamentos de hierro atraídos por un imán. El general Halify se hundió nuevamente en su asiento. El rostro de Baz y el de Arde estaban jubilosos de esperanza.
— Dirijo vuestra atención al débil eslabón de la cadena que nos enlaza: la conexión entre los oseranos y quienes lo contratan, los pelianos. Ahí es donde debemos aplicar nuestra palanca. Hijos míos — se detuvo mirando más allá de la refinería, hacia las profundidades del espacio, como un profeta enfrentado a una visión —, vamos a golpearles en la nómina de pagos.
La ropa interior venía primero, suave, cómoda, absorbente. Luego las conexiones de las sondas. Luego las botas, las plantillas piezoeléctricas cuidadosamente diseñadas con puntos de máximo impacto en los dedos, en los talones y en el metatarso. Baz había hecho un hermoso trabajo con el ajuste y adaptación de la armadura espacial. Las canilleras calzaban como piel en las desiguales piernas de Miles. Mejor que la piel; un esqueleto externo, los huesos quebradizos tecnológicamente igualados al fin con los de cualquiera.
Miles deseó que Baz estuviera con él en ese momento, para ufanarse de su obra; si bien Arde estaba haciendo lo mejor que podía para ayudar a Miles a entrar en el aparato. Más apasionadamente, incluso, deseó estar en el lugar de Baz.
La inteligencia feliciana informó calma absoluta en el frente del suelo patrio peliano. Baz y su partida seleccionada de técnicos, en la que destacaba Elena Visconti, debía de haber traspasado con éxito la frontera lateral del planeta y estaría moviéndose hacia el lugar del golpe. El golpe mortal de la estrategia de Miles. La clave de sus nuevas ambiciones. Casi se le había roto el corazón, al enviarlos solos, pero se impuso la razón. Un ataque comando, si así podía llamarse, delicado, técnico, invisible, no se beneficiaría con una carga tan conspicua y técnicamente innecesaria como era él. Estaba mejor empleado aquí, con los demás.
Observó la dimensión de la armería de su nave capitana. La atmósfera parecía una combinación de vestuario, embarcadero y quirófano… Trató de no pensar en qurófanos. Su estómago le produjo una punzada de dolor. Ahora no, le dijo. Más tarde. Sé bueno y te prometo que te llevaré a la técnica médica luego.
El resto de su grupo de ataque estaba, como él, poniéndose las armas y armaduras. Los técnicos comprobaban los sistemas en una silenciosa revisión de luces coloreadas y pequeñas señales de audio, mientras probaban aquí y allá; la serena corriente de voces era seria, atenta, concentrada, casi meditativa, como una antigua iglesia antes de que comenzara el oficio. Estaba bien. Captó la mirada de Elena, dos filas de soldads detrás de la suya, y le sonrió tranquilizadoramente, como si él y no ella fuera el veterano. Elena no devolvió sonrisa alguna.
Comprobó su estrategia igual que los técnicos comprobaban sus sistemas. La nómina de pagos oserana estaba dividida en dos partes. La primera era una transferencia electrónica de fondos pelianos a una cuenta oserana en la capital peliana, con la cual la flota oserana compraba suministros y provisiones locales. El plan especial de Miles era para eso. La segunda parte era en otras monedas galácticas, fundamentalmente dólares betanos. Esto era ganancia en efectivo, para ser dividida entre los capitanes-propetarios de Oser, quienes la llevarían a sus diferentes destinos, fuera del espacio local de Tau Verde, cuando expiraran finalmente sus contratos. Se entregaba mensualmente a la nave capitana de Oser, en su base del bloqueo. Miles corrigió su recomposición con una pequeña sonrisa: se habían entregado mensualmente.
Se habían apropiado de la primera nómina en efectivo, en medio del espacio, con devastadora facilidad. La mitad de las tropas de Miles eran oseranos, después de todo; muchos incluso habían realizado antes esa tarea. Presentarse al correo peliano como los cobradores oseranos sólo había requerido ajustes mínimos en códigos y procedimientos. Habían terminado y estaban ya lejos de alcance para cuando los verdaderos oseranos llegaron. La transcripción de los despachos subsiguientes entre el correo peliano y la nave recaudadora oserana era un tesoro para Miles. Lo tenía guardado en su cabina, sobre el féretro de Bothari, junto a la daga de su abuelo. Hay más aún, sargento, pensó. Lo juro.
La segunda operación, dos semanas más tarde, había sido burda en comparación: una pesada contienda entre el nuevo y mejor armado correo peliano y las tres naves de guerra de Miles. Miles se había hecho a un lado prudentemente, permitiendo que Tung dirigiera la maniobra y limitando sus comentarios a algún ocasional «ah» de aprobación. Desistieron del abordaje al ver aparecer cuatro naves oseranas. Los oseranos no querían correr riesgos con esa entrega.
Los Dendarii hicieron volar a los pelianos y su precioso cargamento en componentes atómicos, y escaparon. Los pelianos habían peleado bravamente. Miles les había dedicado esa noche una ofrenda mortuoria en su cabina, muy privadamente.
Arde conectó la junta del hombro izquierdo de Miles y comenzó a comprobar todos los movimientos de rotación, del hombro a los dedos, según la lista de control. El dedo anular funcionaba un veinte por ciento por debajo de su capacidad. Arde abrió la plaqueta a presión del antebrazo correspondiente y reajustó el diminuto potenciómetro.
Su estrategia… Para el tercer intento de saqueo, se hizo evidente que el enemigo había aprendido de la experiencia. Oser envió prácticamente un convoy para efectuar la recaudación. Las naves de Miles, a resguardo fuera de alcance, no pudieron siquiera acercarse. Miles se vio forzado a usar el as que guardaba en la manga.