El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
— Comprendo. Ah, Baz… ¿cetagandanos? — Bothari no había quitado los ojos de sus vistosos y feroces rostros desde que habían salido por el tubo.
Jesek separó las manos abriendo las palmas hacia arriba.
— Están… entrenados.
— ¿Te das cuenta de que algunos Dendarii son barrataranos?
— Ellos saben que yo lo soy, y con un nombre como Dendarii, cualquier cetagandano hubiera establecido la conexión. Esa cadena de montañas dejó una impresión en ellos durante la Gran Guerra. Pero también quieren irse de aquí. Fue parte del contrato, ya lo ve, mantener el precio bajo… casi todo el mundo quiere que le despachen fuera del espacio local feliciano.
— También yo — murmuró Miles. La nave rápida feliciana flotaba fuera de la estación de desembarco. Miles quería echarle una mirada más de cerca —. Bien… vete a ver al capitán Tung y disponed cuarteles para todos ellos. Y… horarios de adiestramiento…
Mantenerlos ocupados mientras él… ¿desaparecía?
— ¿El capitán Tung? — preguntó Thorne.
— Sí, él es Dendarii ahora. Yo también he estado haciendo algunos reclutamientos. Debería ser como una reconciliación familiar para usted… Bel — miró al betano con severidad —, ustedes son ahora camaradas de armas. Como Dendarii, espero que lo recuerde.
— Tung… — Thorne parecía más asombrado que celoso —. Oser estará echando espuma.
Miles se pasó la tarde examinando los expedientes de sus nuevos reclutas en los ordenadores del Triumph, uno por uno, él mismo y por propia decisión; la mejor forma de familiarizarse con el contenido de aquel robo humano. De hecho, estaban bien elegidos; la mayoría tenía experiencia militar previa, y el resto, invariablemente, poseía alguna especialidad técnica valiosa y misteriosa.
Algunas, ciertamente misteriosas. Detuvo el monitor para estudiar el rostro de la mujer extraordinariamente hermosa que le había estado mirando en el desembarcadero. ¿Qué demonios tuvo en cuenta Baz al contratar a una especialista en sistemas de comunicación bancarios de seguridad como mercenario? Seguramente, ella había querido a toda costa dejar el planeta… No importaba. Su expediente explicaba el misterio; alguna vez había tenido el rango de subteniente en las fuerzas espaciales de Escobar. Le habían dado una honorable baja médica tras la guerra con Barrayar, diecinueve años atrás. Las bajas médicas debían de estar de moda por entonces, pensó Miles, relacionando el hecho con lo que le ocurrió a Bothari. Su humor se congeló, y sintió que se le ponía la carne de gallina. Grandes ojos oscuros, la línea del mentón nítidamente encuadrada… su apellido era Visconti, típico de Escobar. Su primer nombre, Elena.
— No — se susurró a sí mismo Miles, con firmeza —, no es posible. — Languideció —. En cualquier caso, no es verosímil…
Leyó el expediente una vez más, cuidadosamente. La mujer había venido a Tau Verde IV un año atrás, a instalar un sistema de comunicaciones que su compañía había vendido a un banco feliciano. Debía de haber llegado sólo unos días antes de que la guerra empezara. Se registró en Felice como soltera, sin personas a su cargo. Miles giró su silla dándole la espalda a la pantalla; luego se encontró espiando otra vez aquel rostro. Hubiera sido inusualmente joven para ser una oficial durante la guerra Escobar-Barrayar… alguna especie de talento precoz, quizá. Miles se juzgó a sí mismo con ironía, preguntándose cuándo había empezado a sentirse tan maduro en edad.
Pero si fuera, sólo por conjeturar, la madre de su Elena, ¿cómo se había mezclado con el sargento Bothari? Bothari rondaba los cuarenta en ese entonces, y era mucho más parecido a como ahora se le veía, a juzgar por los vídeos que Miles conocía de los primeros años de matrimonio de sus padres. El gusto no era la explicación, quizá.
En su imaginación afloró un reencuentro fantástico, espontáneo, galopando antes de cualquier evidencia. Llevar a Elena no ante una tumba, sino ante su tan ansiada madre en persona, para saciar por fin aquel hambre secreta, más acuciante que una espina, que la había acompañado toda su vida; un hambre gemela a la que él mismo sentía de complacer a su padre… Eso sería una hazaña por la que valía la pena esforzarse. Mejor que cubrirla con los más fabulosos regalos materiales… Miles se deshacía, imaginando la alegría de Elena.
Y sin embargo, sin embargo… era sólo una hipótesis. Comprobarla podía resultar difícil. Se había dado cuenta de que el sargento no había sido del todo veraz cuando dijo no recordar nada de Escobar, pero pudo haber sido en parte. Y esta mujer podía ser alguna otra persona totalmente ajena. Lo comprobaría de forma confidencial, entonces, reservadamente. Si estaba equivocado, no haría ningún daño.
Miles tuvo su primera reuión completa de oficiales al día siguiente; en parte para conocer a sus nuevos secuaces, pero, más que nada, para dar lugar a ideas al respecto de cómo romper el bloqueo. Con tanto talento militar y ex militar a su alrededor, tenía que haber alguien que supiera qué hacer. Se distribuyeron más copias del «Reglamento Dendarii», y finalmente Miles se retiró a la cabina, que se había apropiado en su nave capitana, para examinar en el ordenador una vez más los parámetros de la nave correo feliciana.
Había aumentado la capacidad de pasajeros estimada en esa nave para un viaje de dos semanas a Colonia Beta, de cuatro personas apiñadas, a cinco estrujadas, eliminando casi todo el equipaje y falsificando tanto como se atrevió las cifras de los sistemas de seguridad; seguramente, debía de haber una forma de elevar la tripulación a siete. También trató con esfuerzo de no pensar en los mercenarios, que esperarían ansiosamente su regreso con los refuerzos. Y esperarían. Y esperarían.
No debían demorarse más tiempo allí. El simulador de tácticas del Triumph había demostrado que, pensar que se podía vencer a los oseranos con sólo doscientos hombres era pura megalomanía. Sin embargo… No. Se obligó a sí mismo a pensar razonablemente.
La persona lógica a quien dejar allí era Elli Quinn, la de la cara deshecha. No era sirviente suya, en realidad. Luego, un cara o cruz entre Baz y Arde. Llevar a Baz de vuelta a Colonia Beta sería exponerle al arresto y la extradición; dejarle aquí, en cambio, sería por su propio bien, sí señor. No importaba que Jesek hubiera estado semanas consintiendodesinteresadamente cada capricho militar de Miles. No importaba lo que los oseranos habrían de hacer con los desertores y con cada uno de sus colaboradores cuando finalmente los atrapasen, como inevitablemente sucedería. No importaba que eso, además, fuera a desunir muy convenientemente el romance de Baz con Elena… Y ¿no era eso, con toda seguridad, la verdadera razón?
La lógica, resolvió Miles, le daba dolor de estómago.
De todas maneras, no era fácil mantener la mente en el trabajo justo ahora. Miró el cronómetro de su muñeca. Sólo unos minutos más. Se preguntaba si habría sido tonto proveerse de esa botella de pésimo vino feliciano, oculta por el momento con cuatro vasos en su armario. Sólo debía sacarla si, si, si…
Suspiró, se reclinó y sonrió cuando llegó Elena, quien se sentó en silencio sobre la cama, hojeando un manual de ejercicios de armamento. El sargento Bothari se sentó en una pequeña mesa plegable, a limpiar y recargar su armamento personal. Elena sonrió.
— ¿Ya tienes resuelto el programa de entrenamiento físico para nuestros… nuevos reclutas? — le preguntó Miles —. Algunos de ellos parece que hace mucho que no realizan ejercicio regularmente.
— Todo listo — le aseguró ella —. Lo primero que haré el próximo ciclo diurno será comenzar con un grupo bastante numeroso. El general Halify va a prestarme el gimnasio de la refinería. — Hizo una pausa y luego agregó —: Hablando de falta de entrenamiento… ¿no crees que sería mejor que tú también vinieras?