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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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Después de una reunión de la plana mayor Dendarii, particularmente informal e inconcluyente, Arde Mayhew le llevó aparte. Miles se había sentado, silencioso, a la cabecera de la mesa, estudiándose las manos aparentemente, mientras sus oficiales croaban como sapos sobre cosas sin sentido.

— Dios sabe — le susurró Arde — que yo no sé mucho acerca de ser un oficial militar — aspiró profundamente —, pero sí sé que no se puede arrastrar consigo a doscientas personas, o más, hasta el limbo, así como así, y luego ponerse catatónico.

— Tienes razon — gruñó Miles —. No sabes mucho.

Se marchó pisando firme, con la espalda erguida, pero sacudido por dentro ante la injusticia de la queja de Mayhew. Pegó un portazo al cerrar su cabina justo a tiempo para vomitar en secreto por cuarta vez en esa semana, la segunda desde la muerte de Bothari; tercamente resuelto a hacerse cargo ahora mismo del trabajo y a dejarse de tonterías, y cayó en la cama para quedar inmóvil las seis horas siguientes.

Se estaba vistiendo. Los hombres que desempeñan deberes solitarios estaban todos de acuerdo: uno tenía que mantener alto el nivel o las cosas se iban al diablo. Miles llevaba ya tres horas despierto y se había puesto los pantalones. En la hora siguiente intentaría afeitarse, o ponerse los calcetines, lo que pareciera más fácil. Meditó sobre el obstinado y masoquista hábito barrayarano de afeitarse todos los días contra, digamos, la civilizada costumbre betana de aplastar permanentemente los brotes de pelo. Tal vez se decidiera por los calcetines.

Sonó el timbre de la cabina. Lo ignoró. Luego el intercomunicador, con la voz de Elena.

— Miles, déjame entrar.

Se sentó de una sacudida, casi mareándose, y contestó rápidamente:

— ¡Pasa! — lo que accionó la cerradura codificada.

Elena se abrió paso con cuidado por enter ropa tirada por el suelo, armas, equipamiento, cargadores vacíos, envases de raciones. Miró a su alrededor, arrugando la nariz con consternación.

— ¿Sabes? Si no ordenas este revoltijo tú mismo, deberías al menos elegir un nuevo guardaespaldas.

Miles también miró a su alrededor.

— Nunca se me había ocurrido — dijo humildemente —. Solía creer que yo era una persona muy ordenada, siempre todo en su lugar, o así lo pensaba. ¿No te importaría?

— No me importaría ¿qué?

— Que me consiguiera un nuevo guardaespaldas.

— ¿Por qué debería importarme?

Miles consideró el asunto.

— Tal vez Arde. Tengo que encontrarle algo, tarde o temprano, ahora que ya no puede pilotar naves.

— ¿Arde? — repitió ella con tono de duda.

— Ya no es ni remotamente tan desaliñado como solía ser.

— Mm. — Recogió un visor de mano que estaba tirado en el suelo y buscó un lugar donde ponerlo, pero había sólo una superficie alta en la cabina desprovista de polvo y de desorden —. Miles, ¿cuánto tiempo vas a tener aquí este ataúd?

— Aquí podría estar tan bien como en cualquier otro lado. El depósito es frío. A él no le gustaba el frío.

— La gente está empezando a pensar que eres extraño.

— Déjalos que pienses lo que les guste. Le di mi palabra una vez de que le llevaría de vuelta a Barrayar para que le enterraran, si… si algo le pasaba aquí.

Ella se encogió de hombros, airada.

— Y ¿por qué molestarte manteniéndole tu palabra a un cadáver? Jamás sabrá la diferencia.

— Yo estoy vivo — respondió tranquilamente Miles —, y yo lo sabría.

Elena se paseó por la cabina, con los labios tensos. La cara tensa, todo el cuerpo tenso…

— Llevo diez días dando tus clases de combate sin armas, no has venido ni a una sola sesión.

Miles se preguntó si debía contarle lo de los vómitos de sangre. No, seguro que ella le arrastraría hasta la enfermería. No quería ver a la médica. Su edad, la secreta debilidad de sus huesos… demasiadas cosas se harían evidentes en un examen médico minucioso.

Elena prosiguió:

— Baz está haciendo dos turnos, reacondicionando equipos. Tung, Thorne y Auson andan de acá para allá organizando a los nuevos reclutas… pero todo está empezando a despedazarse. Todos pierde el tiempo discutiendo con los demás. Miles, si permaneces una semana más encerrado aquí, los Mercenarios Dendarii van a empezar a parecer lo mismo que esta cabina.

— Lo sé, estuve en las reuniones de la plana mayor. Sólo porque no haya dicho nada no significa que no esté escuchando.

— Entonces escúchales cuando dicen que necesitan tu liderazgo.

— Juro por Dios, Elena, que no sé para qué. — Se pasó la mano por el cabello y alzó la barbilla —. Baz arregla cosas, Arde las maneja, Tung, Thorne, Auson y su gente pelean, tú los mantienes a todos en buen estado físico… Yo soy la única persona que no hace nada fundamental en absoluto. — Hizo una pausa —. ¿Lo que ellos dicen?, y ¿qué es lo que dices tú?

— ¿Qué importa lo que yo diga?

— Has venido.

— Me pidieron que viniera. No has dejado entrar a nadie más, ¿recuerdas? Me han estado molestando durante días. Actúan como un puñado de cristianos pidiéndole a la Virgen María que intercerda ante Dios.

— No, sólo ante Jesús; Dios está Barrayar. — Una sombra de su vieja sonrisa le atravesó el rostro.

Elena se reprimió, pero luego ocultó la cara entre las manos.

— ¡Maldito seas por hacerme reír! — dijo, tratando de controlarse.

Miles se levantó, le asió las manos y la hizo sentar a su lado.

— ¿Por qué no deberías reír? Te mereces la risa, y todas las cosas buenas.

Ella no respondió, sino que miró hacia la caja rectangular plateada que estaba en el rincón de la cabina.

— Tú nunca dudaste de las acusaciones de esa mujer — dijo al fin —, ni siquiera en el primer instante.

— He visto mucho más de él de lo que tú nunca has visto. Prácticamente vivió en mi bolsillo trasero durante diecisiete años.

— Sí… — Bajó la vista a sus manos, que ahora retorcía en su regazo —. Supongo que nunca vi más que visñumbres fugaces. Venía a la villa en Vorkosigan Surleau y le daba a la señora Hysop el dinero una vez al mes… difícilmente se quedaba más de una hora. Parecía de tres metros de alto, con esa librea marrón y plateada vuestra. Solía estar muy excitada, no podía dormir durante una o dos noches antes de que viniera. Los veranos eran el paraíso, porque cuando tu madre me invitaba al lago para ir a jugar contigo, le veía todo el día. — Cerró con fuerza los puños y la voz se le quebrantó —. Y todo eran mentiras. Gloria falsa, mientras que todo el tiempo lo que estaba debajo era ese… pozo ciego.

Miles moduló su voz de un modo más delicado del que nunca se hubiera imaginado.

— No creo que él estuviera mintiendo, Elena. Creo que estaba tratando de forjar una nueva verdad.

Eñana tenía los dentes apretados y una expresión de fiereza.

— La verdad es: soy una bastarda engendrada por la violación de un loco y mi madre es una asesina que odia la sola figura de mi sombra… No puedo creer que no haya heredado de ellos sólo mi nariz y mis ojos…

Ahí estaba, el oscuro temor, el más secreto. Miles reaccionó al reconocerlo y se lanzó tras él como un caballero en persecución de un dragón bajo tierra.

— ¡No! ¡Tú no eres ellos! Eres tú mismo… totalmente distinta… inocente.

— Viniendo de ti, creo que es la cosa más hipócrita que jamás he escuchado.

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