El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
Miles levantó un dedo didáctico.
— Acabo de descubrir la vigésima tercera forma de hacer que me maten. — Señaló la pantalla —. Eso era.
Elena miró a su padre, aparentemente dormido sobre una rugosa esterilla.
— ¿Dónde están todos?
— Durmiendo. Me alegro de no tener auditorio mientras trato de enseñarme a mí mismo tácticas de primer año. Podrían empezar a dudar de mi genio.
Elena le miró fijamente.
— Miles… ¿cómo de serio eres con lo de romper el bloqueo?
Miles miró por las ventanas exteriores, que mostraban la misma aburrida vista de lo que podría llamarse la parte trasera de la refinería, donde la nave se había estacionado después del contraataque. El Triumph era apodado ahora la nave capitana de Miles. Con la llegada de tropas felicianas, que ocuparon todos los cuartos disponibles de la refinería, Miles había huido — secretamente aliviado — del sórdido lujo de la suite ejecutiva, a la más tranquila austeridad de los antiguos aposentos de Tung.
— No sé. Hace dos semanas que los felicianos nos prometieron ese expreso veloz para marcharnos de aquí y todavía no hay nada. Vamos a tener que abrirnos paso por ese bloqueo… — Se apresuró a borrar la preocupación en el rostro de Elena —. Al menos, esto me da algo que hacer mientras esperamos; en cualquier caso, esta máquina es más entretenida que el ajedrez…
Se incorporó y con una cortés reverencia la invitó a sentarse en la silla de mando de al lado.
— Mira, te enseñaré cómo se opera. Te mostraré uno o dos juegos, resultará fácil.
— Bueno…
Le explicó un par de modelos tácticos elementales, desmitificándolos al llamarlos «juegos».
— El capitán Koudelka y yo solíamos jugar a algo parecido a esto.
Elena enseguida lo comprendió. Debía de ser alguna clase de criminal injusticia el que Ivan Vorpatril estuviese, en ese mismo momento, profundamente ocupado en el adiestramiento de oficiales, para el que ella no sería ni tan siquiera considerada.
Continuó automáticamente con la mitad de los modelos que conocía, mientras su mente daba vueltas en torno a su dilema militar de la vida real. Ésta era exactamente la clase de cosas que hubiera aprendido en la Academia del Servicio Imperial, pensó con un suspiro. Probablemente hubiera un libro acerca de esto. Deseó poder tener un ejemplar; estaba ya mortalmente cansado de tener que reinventar la rueda cada quince minutos. Aunque también era posible que no hubiese ninguna manera de que tres pequeñas naves de guerra y un carguero estropeado burlaran a toda una flota mercenaria. Los felicianos no podían ofrecer mucha ayuda, más allá del uso de la refinería como base.
Miró a Elena, y borró entonces de su mente aquellas inoportunas preocupaciones estratégicas. En esos días, la fuerza y la inteligencia de la joven florecían frente a nuevos desafíos. Al parecer, todo lo que ella había necesitado era una oportunidad. Baz no debería salirse con la suya. Miró para ver si Bothari estaba realmente dormido, y se dio ánimos. La sala de tácticas, con sus sillas giratorias, no era el mejor sitio para zalamerías, pero lo iba a intentar. Se levantó y se inclinó sobre el hombro de Elena, pretextando alguna instrucción de utilidad.
— ¿Señor Miles? — sonó el intercomunicador. Era el capitán Auson, llamando desde la sala de navegación —. Conecte los canales exteriores, voy para allí.
Miles emergió de su bruma, maldiciendo en silencio.
— ¿Qué pasa?
— Ha vuelto Tung.
— Uh, oh. Mejor alerte a todo el mundo.
— Eso hago.
— ¿Qué trae? ¿Lo sabe usted?
— Sí, es extraño. Está ahí parado, justo fuera de alcance, en lo que parece una nave peliana del sistema interior, tal vez un pequeño transporte de tropas o algo así, diciendo que quiere hablar con usted. Probablemente es una trampa.
Miles arrugó la frente, desconcertado.
— Bien, pásemelo, entonces. Pero siga alerta.
En instantes, el familiar rostro del euroasiático apareció en la pantalla, más grande que en la realidad. Bothari estaba ahora levantado, en su habitual puesto junto a la puerta, silencioso como siempre; Elena y él no habían hablado mucho desde el incidente en el sector de la prisión. No habían vuelto a hablar, en realidad.
— ¿Cómo está usted, capitán Tung? Nos volvemos a encontrar, según veo.
— Ciertamente que sí. — Tung sonrió, rudo y feroz —. ¿Todavía sigue en pie esa oferta de trabajo, hijo?
Las dos lanzaderas se juntaron como un sándwich en el espacio intermedio entre ambas naves madres. Allí los dos hombres se reunieron cara a cara y en privado, con la excepción de Bothari, tenso y discreto, fuera del alcance del oído, y del piloto de Tung, quien permaneció igualmente discreto a bordo de su lanzadera.
— Mi gente me es leal — dijo Tung —. Puedo ponerla toda a sus servicio.
— Se dará usted cuenta — observó delicadamente Miles — de que, si su intención fuera recapturar su nave, ésa sería una estratagema ideal; mezclar sus fuerzas con las mías y luego atacar a voluntad. ¿Puede probar que lo suyo no es un caballo de Troya?
Tung suspiró como aceptando.
— Sólo como usted probó que ese memorable almuerzo no estaba drogado: comiendo.
— Mm. — Miles se apoltronó en su asiento de la ingrávida lanzadera, como si así pudiera imponer orientación al cuerpo y a la mente. Ofreció una botella de jugo de fruta a Tung, quien aceptó sin dudar. Ambos bebieron, aunque Miles con reticencia; su estómago ya empezaba a protestar por la falta de gravedad —. También se dará cuenta de que no puedo devolverle su nave. Todo lo que puedo ofrecerle, por el momento, es una pequeña nave peliana capturada y, quizás, el título de oficial de Estado Mayor.
— Sí, lo comprendo.
— Tendrá que trabajar con Auson y Thorne, sin incurrir en… fricciones del pasado.
Tung pareció muy poco entusiasmado, pero respondió.
— Si tengo que hacerlo, incluso eso haré. — Atrapó un chorro de la bebida en el aire. Práctica, pensó con envidia Miles.
— La paga, por el momento, es íntegramente en mili-pfennigs felicianos. ¿Conoce los… mili-pfennigs?
— No, pero a juzgar por la situación estratégica de los felicianos, me imagino que serán papel higiénico vistoso.
— Eso es bastante acertado. — Miles arrugó la frente —. Capitán Tung, después de pasar por un montón de problemas para escapar hace dos semanas, ha pasado por lo que parece ser una cantidad similar de problemas para unirse a lo que sólo se puede describir como el lado perdedor. Sabe que no puede recuperar su nave, sabe que su paga es, en el mejor de los casos, problemática… No puedo creer que todo esto sea por mi encanto natural. ¿Por qué lo hace?
— No hubo tanto problema. Esa deliciosa joven, recuérdeme que le bese la mano, me dejó salir — observó Tung.
— Para usted, señor, esa «deliciosa joven» es la comandante Bothari y, considerando lo que le debe, bien puede limitarse a saludarla — saltó Miles, sorprendido él mismo ante su reacción. Tragó un sorbo del jugo de fruta para disimular su confusión.
Tung alzó las cejas y sonrió.
— Ya veo.
Miles volvió al presente.
— Insisto, ¿por qué?
El rostro de Tung se endureció.
— Porque usted es la única fuerza del espacio local con alguna posibilidad de meterle a Oser un palo por el culo.
— Y ¿cuándo adquirió esta motivación?
Endurecido, sí, y ensimismado.
— Violó nuestro contrato. En caso de perder mi nave en combate, tenía el deber de darme otro comando.
Miles adelantó la barbilla, invitando a Tung a continuar. La voz de Tung se hizo más baja.
— Tenía derecho a reprenderme, sí, por mis errores… pero no tenía derecho a humillarme delante de mis hombres… — Sus manos estaban apretadas contra los antebrazos de su asiento; la botella de bebida flotaba lejos, olvidada.