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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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— Uh…

— Buena idea — opinó el sargento, sin levantar la vista de su trabajo.

— Mi estómago…

— Sería un buen ejemplo para tus tropas — añadió Elena, parpadeando con sus ojos castaños en fingida, Miles estaba seguro, inocencia.

— ¿Quién va a advertirles de que no me partan por la mitad?

— Te dejaré simular que los estás instruyendo. — Los ojos de Elena brillaron.

— La ropa de gimnasia — dijo el sargento, mientras soplaba una pizca de polvo del inhibidor nervioso y hacía un gesto hacia la izquierda con su cabeza — está en el último cajón de aquel compartimento.

— Oh, está bien — suspiró Miles derrotado. Miró nuevamente su cronómetro. En cualquier momento a partir de ahora.

La puerta de la cabina se abrió; era la mujer de Escobar, puntual.

— Buenos días, técnica Visconti — comenzó a decir alegremente Miles, pero sus palabras murieron en sus labios cuando la mujer levantó una pistola de agujas y la sostuvo con ambas manos, apuntando.

— ¡Que nadie se mueva! — gritó.

— Una orden innecesaria; Miles, al menos, estaba helado por la impresión, con la boca abierta.

— Así que — dijo por fin la mujer; odio, dolor y fatiga le hacían temblar la voz — eras tú. No estaba segura al principio. Tú…

Se dirigía a Bothari, supuso Miles al ver el arma apuntando contra el pecho del sargento. Las manos de la mujer temblaban, pero el punto de mira del arma no vaciló en ningún momento.

El sargento había agarrado su arco de plasma al abrirse la puerta. Ahora, increíblemente, su mano colgaba a su lado, sosteniendo el arma. Se enderezó ligeramente, junto a la pared, lejos de su habitual postura semiagazapada que empleaba para disparar.

Elena estaba sentada con las piernas cruzadas, una posición incómoda para saltar.

La mujer desvió un instante la vista hacia Miles y la volvió luego a su blanco.

— Creo que será mejor que sepa, almirante Naismith, lo que ha contratado como guardaespaldas.

— Esto… ¿Por qué no me da su arma, se sienta y hablamos de ello…?

Alargó una mano abierta, a modo de invitación. Los estremecimientos calientes que habían comenzado en la boca de su estómago irradiaban ahora hacia fuera; la mano le temblaba enloquecidamente. No era ésta la forma en la que se había imaginado el encuentro. La mujer siseó y apuntó el arma a Miles, quien retrocedió El arma volvió de inmediato a Bothari.

— Ése — dijo la mujer señalando al sargento con un gesto — es un ex soldado barrayarano. No es ninguna sorpresa, supongo, que terminara en alguna oscura flota mercenaria; pero era el torturador jefe del almirante Vorrutyer cuando los barrayaranos trataron de invadir Escobar. Aunque, quizás usted ya sepa eso… — Sus ojos parecieron despellejar a Miles, como cuchillos, por un instante. Un instante era un tiempo bastante largo, a la relativa velocidad con que Miles se sintió caer en ese momento.

— Yo… Yo… — balbuceó.

Miró a Elena; tenía los ojos muy abiertos y el cuerpo tenso para saltar.

— El almirante nunca violaba él mismo a sus víctimas, prefería mirar. Vorrutyer era el sodomita del príncipe Serg. Quizás el príncipe fuera celoso, aunque, por su parte, aplicaba torturas más inventivas. El príncipe esperaba, ya que su particular obsesión eran las mujeres embarazadas; que el grupo de Vorrutyer tenía la obligación de suministrar, supongo…

La mente de Miles gritaba en medio de un centenar de conexiones indeseadas, no, no, no… Entoncs, existía aquello del conocimiento latente. ¿Cuánto tiempo habá sabido que no debía hacer preguntas cuya respuesta no querría conocer? El rostro de Elena reflejaba un total ultraje y descreimiento. Que Dios le ayudara a mantener de ese modo la conciencia de la joven.

Su inmovilizador estaba en la mesa de Bothari, a través de la línea de fuego; ¿tenía alguna posibilidad de alcanzarlo?

— Tenía dieciocho años cuando caí en sus manos. Recién graduada, no amaba la guerra, pero deseaba servir y defender mi hogar… Aquello no era guerra, ahí fuera, lo que había era un infierno particular, que se hacía vil entre las autoridades no controladas del alto mando barrayarano…

Estaba próxima a la histeria, como si viejos y fríos terrores estuvieran haciendo erupción en un enjambre más abrumador que el que ella misma pudiera haber previsto. Tenía que callarla de alguna manera.

— Y áquel — su dedo estaba tenso sobre el gatillo del arma —, áquel era su instrumento, su mejor creador de espectáculos, su favorito. Los barrayaranos se negaron a entregar a sus criminales de guerra, y mi propio gobierno vendió barata la justicia que me correspondía, en consideración a los convenios de paz. Y es así que ha gozado de libertad para convertirse en mi pesadilla durante las dos últimas décadas. Pero las flotas mercenarias dispensan su propia justicia. Almirante Naismith, ¡exijo el arresto de este hombre!

— Yo no… No es… — vaciló Miles. Se volvió hacia Bothari, sus ojos imploraban un desmentido… Di que no es verdad… —. ¿Sargento?

La explosión de palabras había regado a Bothari como ácido. Su rostro estaba surcado de dolor, la frente arrugada por un esfuerzo de… ¿memoria? Su mirada fue de su hija a Miles y luego a la mujer, y dejó escapar un suspiro. Un hombre que descendiese al infierno y a quien le concedieran entrever el paraíso, tendría quizás esa expresión en el rostro.

— Señora… — susurró — sigue siendo usted hermosa.

¡No la incites, sargento!, gritó en su interior Miles.

El rostro de la mujer de Escobar se retorció de rabia y temor. Se dio a sí misma coraje. Una corriente, como de minúsculas gotas de lluvia plateadas, zumbó del arma temblorosa. Las agujas estallaron contra la pared, alrededor de Bothari, en un chubasco de fragmentos que saltaron filosos como navajas. El arma se atascó. La mujer maldijo y la sacudió. Bothari, apoyado contra la pared, murmuró:

— Descansar ya. — Miles no estaba seguro de a quién estaban dirigidas aquellas palabras.

Se abalanzó en busca de su inmovilizador, al tiempo que Elena saltaba sobre la mujer. Elena ya había desarmado y sujetado por detrás a la mujer, retorciéndole los brazos a la espalda con la fuerza del terror y la rabia, para cuando Miles apuntó con el inmovilizador. Pero la mujer no ofrecía resistencia, como agotada. Miles advirtió por qué cuando se volvió hacia el sargento.

Bothari cayó como una pared que se derrumba, como si fuera por partes. Su camisa mostraba solamente cuatro o cinco minúsculas gotas de sangre; pero, de pronto, fueron borradas por un súbito diluvio rojo salido de su boca, mientras se convulsionaba, sofocado. Se retorció una vez en el suelo, vomitando una segunda marea escarlata sobre las manos, el regazo y la camisa de Miles, quien había corrido a postrarse junto a su guardaespaldas.

— ¿Sargento?

Bothari yacía quieto; los ojos vigilantes, paralizados y abiertos; la cabeza, caída a un lado; la sangre, fluyendo por su boca. Parecía un animal muerto, atropellado por un vehículo. Miles pasó la mano frenéticamente por el pecho de Bothari, pero no pudo siquiera encontrar los pinchazos de entrada de las heridas. Cinco impactos… La cavidad torácica de Bothari, el abdomen, los órganos, debían de estar destrozados y revueltos…

— ¿Por qué no disparó? — preguntó en un gemido Elena. Sacudió a la mujer de Escobar —. ¿No estaba cargado?

Miles miró el arco de plasma en la mano rígida de sargento. Estaba recién cargado, Bothari acababa de hacerlo.

Elena echó una mirada desesperada al cuerpo de su padre y pasó una mano alrededor del cuello de la mujer, aferrando su guerrera El brazo apretaba la tráquea de la agresora.

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