Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Aire muerto [Dead Air - es]
Aire muerto [Dead Air - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 95
Перейти на страницу:

—Vale, el Estado británico puede pedir dinero prestado más barato, a un tipo de interés más bajo, que ninguna empresa.

—Sí, porque no lo malgasta en cosas que el sector privado sabe hacer mejor.

—¡Eso es ridículo, Amy!

—No, señor. ¿Y qué pasa con el riesgo?

—¿Qué riesgo? Si todo sale mal, el pobre contribuyente acaba pagando.

—Siempre se corre un riesgo, Ken —dijo Amy sonriéndome levemente—. La vida está llena de riesgos.

Me recosté en la silla. Estábamos en La Eateria, un restaurante nuevo de Islington de hiriente modernidad. Doloroso mobiliario de jardín de madera para las mesas y las sillas y paredes decoradas con esas cosas de plástico naranja perforado que los constructores emplean para levantar vallas instantáneas. Menú pretencioso, comida apenas suficiente, personal hosco. Me sorprendía que no estuviera más concurrido. Aunque, claro, era domingo por la noche.

Amy estaba espléndida, con su lacia melena rubia reluciendo a la luz de lo que parecían faros de coche colgando del techo. Llevaba medias y falda negras y un top ajustado de manga larga del mismo color con una cadena dorada que descansaba sobre la piel morena que dejaba ver el escote cuadrado.

De modo que tenía un aspecto magnífico e iba arreglada —de haberse presentado con vaqueros salpicados de pintura y una camiseta sin planchar, habría deducido que no llegaríamos a ningún lado— y, sin embargo, de pronto, por primera vez en las numerosas ocasiones en las que habíamos quedado para comer, se había convertido en la señorita Chica Capitalista de Grupo de Presión.

Hasta entonces todas nuestras citas para almorzar y cenar, que en realidad no eran citas, habían consistido en comida, bebida y flirteo. Maldita sea, ¡habían sido muy divertidas! Desde luego no habían incluido discusiones sobre cooperaciones públicas de desarrollo con el sector privado. Es decir, yo sabía que la empresa para la que Amy trabajaba estaba involucrada en promover esa clase de sandeces, pero, por Dios, nunca me las había soltado a mí. Yo le había hecho un comentario de pasada sobre Railtrack, la empresa que ahora gestionaba los ferrocarriles, y las futuras atracciones de Postrack a cargo del correo y Tubetracak del metro, y la mujer se me había lanzado al cuello a muerte.

—¿Sabes lo que me cabrea de verdad? —dije dejando el tenedor.

Casi no había tocado el plato principal. El chef de aquel sitio parecía obsesionado con el peso y por lo visto había elegido los ingredientes y métodos de cocción para asegurar la estabilidad y altura máximas de las torres de material que creaban en la cocina, cuya comestibilidad y sabor ocupaban los puestos inferiores en la lista de prioridades. Probablemente en algún lugar entre la cuadrícula de rosti pasado y la capa de mostaza con pinta de cola que servía de pegamento rápido.

—No, no sé qué es lo que te cabrea de verdad, Ken —dijo Amy, llevándose un tenedor de cordero con higos a los labios—. Pero tengo la desagradable impresión de que te mueres por contármelo.

Morirme. Mierda, ni siquiera le había contado todavía el asunto «Raine», mi involuntario viaje al East End, la amenaza telefónica y los neumáticos rajados del Landy. Se lo había contado a Craig, Ed y Jo, y les había hecho prometer que mantendrían el secreto, pero en el caso de Amy me lo reservaba para esa noche, más adelante. Ahora empezaba a pensar que carecía de sentido.

—Sí —dije—. Lo que quiero saber es por qué vamos a poner la codicia por encima de la vocación de servicio. ¿Qué tiene de malo querer ayudar a la gente? ¿No es eso lo que los políticos dicen que quieren hacer? Dicen que lo único que quieren es servir a la sociedad; para empezar nos lo dicen nada más hacerse políticos; entonces, ¿por qué no se alistan con las enfermeras y los profesores y los bomberos y los policías y todas las otras personas que de verdad sirven a la comunidad?

—Están del lado de la policía, Kenneth.

—Ah, sí, eso sí. Pero ¿qué pasa con los otros? ¿Es que nos mienten cuando afirman que quieren servir y lo único que quieren es poder o es que todavía no se les ha ocurrido relacionar las cosas?

Amy también se recostó, respirando hondo y flexionando los hombros. Intenté no perder de vista sus ojos y apreciar sus pechos únicamente mediante visión periférica, pero era casi como insultarlos. Por otro lado, quizá debiera sacarle el máximo partido al paisaje porque no parecía que fuese a ver más de lo que tenía delante. Amy movió la cabeza y dijo:

—Eres de lo más inocente, Ken.

—¿Ah, sí?

—Sí. Pareces muy bien informado y listo, pero en realidad te limitas a arañar la superficie de las cosas, ¿verdad?

—Si tú lo dices, Amy…

Se quedó mirándome un momento. Tenía los ojos azul verdoso y el iris con ese aspecto excesivamente definido que a veces provocan las lentillas. Amy seguía respirando de forma bastante exagerada y dejé vagar la vista hasta sus pechos con cierto placer preñado de remordimientos.

—No eres más que el monito de feria de sir Jamie pero te crees una especie de radical. Te crees que eres la hostia, ¿no, Ken?

Lo pensé.

—Cuando tengo un buen día —admití—. Un par seguidos.

—Supongo que te consideras la conciencia de Mouth Corporation o algo así.

—Ah, no. El bufón, tal vez; una molestia, una condición, algo así.

Amy se inclinó hacia delante.

—Pues piensa una cosa, Ken —dijo. Yo también me adelanté, ansioso por que me dieran algo en lo que pensar—. Gracias a ti, sir Jamie sale impune de más cosas. Al contratarte y permitirte emitir tus pequeñas diatribas y criticar algunos detalles del imperio Mouth Corporation y de la gente y las organizaciones con las que se hace la cama, sir Jamie consigue dar la impresión de que es imparcial y capaz de aceptar las críticas. Lo que pasa en realidad es que a la mierda de las empresas, y Mouth Corporation tiene como el que más, se les da mucha menos publicidad de la que merecen gracias a ti. —Se echó hacia atrás. Yo también. Pero Amy no había terminado—. Le cuestas a la emisora algún que otro anunciante y la compañía pierde algún contrato de vez en cuando, pero sir Jamie tiene una buena inversión contigo, Ken, no te equivoques. Tú también formas parte del sistema. Ayudas a que funcione. Todos lo hacemos. Es solo que algunos de nosotros lo sabemos y otros no.

Se limpió la comisura de los labios con la servilleta.

La miré un momento. Le brillaban los ojos. Sonreía. Pensé en Ceel y me pregunté de pronto qué coño estaba haciendo allí.

—Bueno —dije—. ¿Vamos a follar o no?

Amy se rió y volvió a echarse hacia delante, una buena señal. Esta vez habló en voz más baja.

—¿Tienes drogas, Ken? ¿Algún éxtasis? ¿Coca?

Se me ocurrió mentir y decirle que no. ¿Pueden creérselo?

—No llevo nada encima.

—Pilla algo.

—Vale.

Y lo hicimos, pero no fue muy bien. Ni las drogas ni el sexo.

8. NEGACIÓN

A lo mejor Jo tenía razón; odio muchísimas cosas. Trabajo en la radio y desprecio montones de cosas de los medios de comunicación. Desde cómicos que se ríen de su público —ah, el masoquismo de pagar dinero para que te insulten en público— hasta porquerías como Gran hermano; hora tras hora de tarados aburridos y narcisistas intentando resultar estrafalarios mientras realizan tareas estúpidas y sin sentido que serían un insulto para cualquiera con medio cerebro. Ali G., Dennis Pennis, Mrs. Merton, Trigger Happy TV; programas que me hacen estremecer de vergüenza ajena y, a veces, despiertan un principio de compasión incluso por gente que no merece más que el odio más absoluto. Dios, odiaba tanto la tele, y lo verdaderamente aterrador era que esas eran las cosas que tenían éxito y yo el que estaba fuera de onda.

1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)