Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
—Bueno, pues así ha sido.
—¿Ibas a decirme algo?
—No lo había decidido. Pensé que quizá te darías cuenta de lo ocurrido y descubrirías a qué móvil habías llamado y vendrías toda arrepentida o te inventarías alguna explicación increíble y vergonzosa.
—¿Estabas preparándote para dejarme?
—No. Ya se me había ocurrido que, bueno, en esos viajes al extranjero, durante todas esas noches fuera de casa y con el estilo de vida del rock, las drogas, la bebida y lo demás… Más o menos sospechaba que podrías haber tenido alguna que otra aventura.
—¿Y tú? —preguntó volviendo a levantar la cabeza mientras las luces subacuáticas se reflejaban en las tachuelas y varillas de su cara.
—¿Te refieres a si también he tenido aventuras?
—Sí. ¿Y bien?
—Un momento —dije empezando a enfadarme—. Estoy siendo más que razonable. Anoche te oí follando con otro; tú a mí no me has oído. ¿Y ahora me dejas y buscas algo que lo justifique? Bueno, pues de ningún modo. No tienes derecho a preguntarme nada. Sí; sí, la verdad es que pensaba dejarte. De hecho, con el corazón, con la cabeza, ya te había dejado, antes de que tú cortaras.
—No seas crío.
—Que te jodan, Jo.
—¿Ni siquiera te interesa por qué quiero acabar con esta relación?
—Ni lo sé ni me importa. Quizá el tipo nuevo la tiene más grande que yo; ¿a quién cojones le importa?
—Por Dios, Ken.
—Mira, espero que seáis los dos muy felices, ¿vale? Ahora, déjame en paz. Y llévate tus cosas del Bella. —Eso estaba mejor, pensé. Estaba tomando la iniciativa. Al fin y al cabo, me lo merecía; yo era la parte ofendida—. Te doy hasta el lunes por la mañana para que saques todas tus porquerías de mi barco, si no, lo tiro todo por la borda. Adiós.
Di media vuelta y me alejé, estropeando un poco el efecto al tropezar con alguien, derramarle un poco de Pils en la manga y tener que musitar una disculpa antes de marcharme.
Más o menos había esperado que Jo me siguiera para reprocharme algo, y desde luego, dada la situación, me parecía razonable que se hablara de «reprochar» o incluso «reconvenir» en lugar de sencillamente «objetar» o «discutir». Pero no lo hizo.
Dediqué lo que quedaba de fiesta a emborracharme a conciencia con una excitante variedad de bebidas alcohólicas y no volví a ver a Jo en toda la noche. Probablemente porque se había tomado a pies juntillas lo de que iba a tirar sus cosas al agua y no confiaba en que esperara hasta la mañana del lunes, porque cuando al final volví a casa, de madrugada, y me arrastré fuera del taxi y dentro del Bella del templo, Jo ya había estado allí y se había largado; se había llevado su ropa y sus cosas y la llave estaba en el felpudo, justo debajo del buzón de la puerta.
Me quedé mirando la llave un rato, la recogí al cuarto o quinto intento, salí a cubierta y la lancé con todas mis fuerzas a las oscuras aguas de la bajamar.
—Tenía que pasar. No estabais hechos el uno para el otro.
—Craig, por Dios, pareces mi madre.
Estábamos sentados en un banco cerca de la cima de Parliament Hill, en Hampstead Heath, con vistas a la ciudad, bajo el sol débil y los nubarrones de una fría tarde de enero. Craig había ido andando. Yo había llegado en metro.
Probablemente todavía estaba demasiado borracho-resacoso para conducir, pero no podría haber cogido el coche aunque hubiera querido, al menos el Landy; esa misma noche alguien le había rajado un par de neumáticos y había reventando los dos faros. Lo había denunciado a la policía y me habían dicho que ya lo sabían, que habían pasado de noche a echar un vistazo cuando la alarma del Landy notó que el vehículo se escoraba a un lado e informó al centro de seguridad de la Mouth Corporation, que a su vez alertó a comisaría. Habían llamado a la puerta durante diez minutos y al teléfono durante media hora pero al final se habían dado por vencidos y me habían dejado roncar como a un buen borracho. Analizarían las cintas de las cámaras de vigilancia. Los críos, probablemente.
Ya, seguro, pensé. Justo cuando tenía la esperanza de que lo que fuera que estaba pasando hubiera terminado, un poco más. Genial.
—Ya —dijo Craig, en respuesta a mi acusación de parecerse a mi madre—. ¿Y las madres qué saben? Lo que más te conviene.
Negué con la cabeza.
—La gente te viene siempre con la cantinela de que no estabais hechos el uno para el otro después.
—Pues claro; si alguien lo dice antes, cuando todavía puede ser de alguna ayuda, se le acusa de estar celoso o algo parecido; y luego, cuando la relación se rompe, se le acusa de ser la causa de la ruptura. No hay modo de ganar. Es mejor callarse la boca hasta que todo termine.
—¿Alguna vez te gustó Jo?
—Jo no me desagrada. Me parecía bien. No era una de esas ocasiones en las que estás esperando a que la relación termine para poder decirle a tu amigo lo que pensabas de su ex. Me refiero a la teoría. Jo estaba bien, pero estaba casi tan chiflada como tú y era mucho más ambiciosa. Necesitas a alguien que te estabilice un poco, no otra zumbada como tú a la que te puedas tirar.
—No creo quejo estuviera tan loca como crees.
Craig ladeó la cabeza.
—Bueno, a veces perdía un poco la cabeza. Me sorprende que hayáis durado tanto.
Suspiré.
—Sí, Kulwinder me dijo lo mismo en la fiesta del once de septiembre.
Contemplé la lenta sucesión de enormes jets virando alrededor de las nubes en la lejanía, situándose en la suave pendiente invisible que los conduciría en dirección oeste hasta Heathrow.
—Intentó liarse conmigo, una vez —dijo Craig.
Le miré.
—Bromeas. —Eso sí que era raro.
—No; fue una vez que no sabía dónde estabas, en verano. Habíais discutido y tú te habías largado hecho una furia y te habías dejado el móvil; Jo supuso que estarías conmigo, de modo que se plantó en la puerta de casa y la invité a entrar; no hubiera sido correcto no dejarla entrar, sobre todo porque estaba llorando. Le ofrecí una copa, la consolé…
—Estuviste de acuerdo con ella en que soy un hijo de puta.
—Perdona; me mantuve en la delgada línea que separa la solidaridad masculina de prestar tu hombro a una dama afligida.
—De modo que una cosa llevó a la otra.
Mierda. ¿Y si se la había tirado? Incluso aunque no fuera a admitirlo, ¿y si se la había follado? Piensa, Ken. ¿Te molesta? Bueno, ¿qué?
No particularmente. Es decir, no tenía derecho a estar celoso o enfadado, al menos, no con Craig, dado lo que había ocurrido con Emma, pero esa clase de consideraciones lógicas y equitativas no era el tipo de argumento que tiene peso en el conjunto de instintos y reacciones programadas que conforman el corazón humano.
—Bueno, no, una cosa no llevó a la otra —dijo Craig—. Solo me agarró. De repente.
—Joder.
—Nos habíamos bebido media botella cada uno…
—¿De vino?
—Sí, por supuesto; no iba a darle whisky.
—Perdona.
—Me había levantado para descorchar otra…
—¿Ah, sí?
—Sí; estaba siendo solidario y educado. Para ya de insinuaciones e indirectas, ¿quieres?
—Perdona, perdona.
—Solo me abrazó. Me volví, de la sorpresa, claro, y me plantó la boca en los labios y me cogió de las pelotas.
—Hostia puta. —Miré a las nubes, luego a Craig—. Pero hiciste lo que hay que hacer.
—No, Kenneth —dijo, estirando sus largas piernas. Llevaba pantalones de chándal grises con una chaqueta que había estado de moda hacía diez años—. Lo correcto habría sido demostrarle lo maravilloso que puede ser el acto amoroso cuando lo haces con un hombre de verdad, pero no lo hice.