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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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—¿…un seguimiento con una entrevista telefónica en el programa?

—Hum… No creo.

Sí, que debatan, esos pobrecillos ilusos. No sabían la suerte que tenían de no saber nada. Solo yo conocía mi gran idea, mi gran idea arriesgada, probablemente loca y sin duda delictiva. No la había compartido con Jo, Craig ni Ed; con nadie. Aunque había empezado a soñar con ella y me preocupaba que Jo me oyera comentar algo en sueños. Desde luego era mejor que soñar con escuadrones de la muerte que violaban a Jo y a mí me dejaban vestido de nazi a esperar que el barco se hundiera, pero seguía sin ser divertido. Con los años me había acostumbrado a tener sueños mundanos, incluso aburridos, y la última temporada de pesadillas que recordaba me había acosado en la recta final de los exámenes finales de mi último año de instituto, de modo que no estaba preparado psicológicamente para soñar con nazis en estudios de televisión y gente que me ataba a una silla y blandía pistolas.

Por otro lado, era probable que me acojonara en el último minuto. Lo planificaría, llevaría el equipo necesario, pero no conseguiría llegar hasta el final. Algún Guardia Imperial de la sensatez, leal todavía a la idea de mantenerme en mi puesto de trabajo y lejos de los tribunales y la prisión, irrumpiría en el Palacio de la Razón y organizaría una contrarrevolución, un golpe en favor del sentido común y la decencia de los comportamientos. Siendo totalmente sincero conmigo mismo, era el resultado más probable. No con mucho, pero aun así seguía siendo el más probable.

—¡Por amor de Dios! —dije interrumpiendo a Debbie, que daba vueltas a la cuestión del seguro legal compartido contra calumnias y quién debería pagar qué porción. Casi me daban ganas de decirle que la menor de sus preocupaciones era que yo pudiera decir algo escandaloso o delictivo, pero me contuve—. Hagámoslo y punto.

—De acuerdo —dijo Phil— Pero estamos esperando a que acepten grabarlo por la tarde.

—Como quieras. Me da igual. Solo quiero acabar de una vez. —Los dos me miraron, como si les sorprendiera que me afectara algo así. Huy, posible brecha en el sistema de seguridad. Abrí las manos despacio—. Es que me estoy cansando de esperar —expliqué con calma.

—Entonces, vale —dijo Debbie—. El lunes.

—A-le-lu-ya.

—Escucha.

Y con eso basta. Allá vamos…

—Hostia. Menudo montón de lucecitas.

—Potente, ¿eh?

—Superpotente.

Era viernes por la noche. Faltaba una hora para que una limusina nos llevara a Ed y a mí a un concierto en Bromley, pero Ed había querido fardar conmigo de su casa recién redecorada y remodelada, de modo que estaba de visita en la casa familiar; un complejo muy cambiado y retocado con creatividad que ocupaba dos casas adosadas de Brixton, una de ellas al final de la hilera de adosadas y con lo que antes había sido un pequeño supermercado en la planta baja. Ed podría haberse permitido una mansión en Berkshire de haberlo querido, y yo sospechaba que más o menos todavía ansiaba conseguirla, pero respetaba su decisión de quedarse con su madre y su numerosa familia, adaptando la casa en la que había crecido y comprando la de al lado, además de la tienda, en lugar de huir de su viejo vecindario en cuanto empezó a lloverle el dinero.

Me había preocupado un poco que Ed se hubiera enterado por su madre de que trataba de ponerme en contacto con Robe, su amigo mafioso, hubiera deducido que todavía andaba detrás de una pistola y estuviera enfadado conmigo, pero de momento nada de esto había ocurrido; nos habíamos encontrado en el gran salón principal de la planta baja y al instante nos había rodeado una muchedumbre caótica y sonriente de tías, primas y hermanas de Ed (algunas bastante atractivas) y un par de parientes masculinos y novios. La madre de Ed no estaba porque había ido a clase, cosa que me había ahorrado cualquier posible bochorno. Ed nos había excusado y los dos habíamos huido a la planta alta, pero seguía sin decir nada de Robe.

El piso de Ed dentro de la casa comunal ocupaba los dos áticos. Las dos grandes buhardillas daban encima de tejados, pero las vistas interiores resultaban más asombrosas; un espacio abierto y largo en tonos ocres cálidos y rojos oscuros con algún toque amarillo. Confíen en mí: era muchísimo más elegante de lo que parece. Todo olía a nuevo. El único fallo estilístico certificable estaba en el dormitorio de Ed, moderadamente inmenso e impresionantemente vacío.

—¿Espejos, Edward?

—¡Sí! Perverso, ¿eh?

—¿Espejos? En ambos lados…

—¡Son armarios!

—¿Y los del techo? Dios. Dios, Dios, Dios.

—¿Qué pasa? Lo dices porque ninguna churri quiere verte ese culo paliducho tuyo cuando te la estás tirando. Yo soy de foto. Si no fuera tan descaradamente hetero, me enamoraría de mí mismo.

Crucé los brazos, di un paso atrás y le miré. Al final me limité a negar con la cabeza.

—¿Qué?

—No —dije—, ahí me has pillado. No tengo palabras.

—No jodas. Te pillé, rey de la radio.

—Hombre, estoy fuera de servicio.

Ahora estábamos en el estudio-leonera, con todos los aparatos de música encendidos. Eché un vistazo a los seis teclados apilados y colocados en ángulo, los tres soportes de cincuenta centímetros de la altura de un hombre y una mesa de mezclas que te costaría abarcar incluso con los brazos totalmente extendidos y la cara aplastada contra su superficie. Había además otro puñado de trastos y maquinitas; unidades llenas de botones apoyadas en mesas, una batería electrónica y al menos tres aparatos cuya función ni siquiera alcanzaba a imaginar. La mayoría del equipo titilaba en la oscuridad creada por las gruesas cortinas; cientos de pantallas líquidas creando amplias constelaciones de rojo, verde, amarillo y azul, además de docenas de pantallas de suave brillo pastel con letras mayúsculas sobreimpresas en negro. Dos monitores de pantalla ancha más grandes que mi televisor se encendieron entre parpadeos cuando Ed arrancó el Mac silenciosamente. Los monitores de Ed eran Nautilus gigantes, treinta mil libras de amonitas de azul reluciente con brillantes amarillos y altos hasta los hombros, colocados al fondo de la habitación apuntando a la gran butaca de cuero negro dispuesta en el epicentro de aquella cosmología tecnológica de última generación.

—Ed, todo esto ¿qué hace exactamente?

—Música, tío.

—Creía que solo pinchabas.

—Sí, bueno, estoy diversificándome, ¿no?

—¿Quieres decir que vas a empezar a componer?

Cogí un manual rojo oscuro de tamaño A4 para algo llamado Virus y lo hojeé, entornando los ojos a causa de la falta de luz.

—Sí. Pensé que sería divertido. De todos modos, mira qué trastos.

Volví a mirarlos.

—¿Sabes qué? Tienes toda la razón, Ed. No tienen que generar una sola nota para justificar esta gloriosa preciosidad. Por favor, no me digas que los vas a usar para hacer música tipo chumba- chumba.

—¿Chumba-chumba?

—Sí, ya sabes; el tipo de música que oyes en la calle cuando pasa un hermano en un Astra con las lunas tintadas. Siempre suena chumba-chumba.

—Qué va, colega. Bueno, sí, a veces, puede. Pero no; un día de estos compondré una puñetera sinfonía.

—¿Una sinfonía?

—Sí. ¿Por qué no?

Le miré de arriba abajo.

—Por ambición que no quede, ¿eh, Edward?

—Te diré; la vida es demasiado corta, colega.

Hojeé el manual del tal Virus.

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