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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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—Bien —dijo la regidora asintiendo—. Bien. Perfecto, Cavan. —Cavan asintió con gesto grave—. Vale, ahora pasamos…

—¿Cuánto dura el vídeo? —preguntó Cavan.

La regidora miró a lo lejos un momento, luego contestó:

—Tres veinte, Cavan.

—Bien, bien. Y ahora pasamos directo a las entrevistas… ah, al debate, ¿no?

—Eso es, Cavan.

—Bien. Bien.

Cavan carraspeó unas cuantas veces más. Me entraron ganas de carraspear yo también, por simpatía.

—¿Todo el mundo preparado para empezar?

Parecía que todos estábamos preparados para empezar.

—Vale. Silencio en el estudio.

Me llevé la mano al bolsillo.

—Rodando.

En el bolsillo, toqué con la mano derecha el plástico frío y resbaladizo que cubría el metal.

—Y: cinco, cuatro, tres…

Me incliné ligeramente hacia delante, para ocultar la mano saliendo del bolsillo.

Dos.

Tenía la otra mano en la barriga, apretando, tranquilizando.

Uno.

Clic.

Cavan cogió aire y se volvió hacia mí.

—Ken Nott, si me permite empezar por usted. Existen grabaciones suyas…

Corté el cable del micrófono con los alicates.

Hacía semanas que había intentado repasar todo lo que ocurriría y había supuesto que tal vez nos conectaran micrófonos de cable; por eso me había traído unos alicates en el bolsillo de la americana.

Pero eso no era lo bueno.

Dejé caer los alicates al tiempo que apartaba la silla de una patada y saltaba encima de la mesa. Me había preparado para tres sillas dispuestas en arco, pero la mesa era mejor; siempre y cuando no tardara demasiado en subirme, me garantizaría vía libre. De momento, todo iba bien: silla caída en el suelo y salto limpio a la superficie de madera.

Aunque eso tampoco era lo bueno.

Cavan tuvo tiempo de cerrar la boca y dar un respingo hacia atrás. Lawson Brierley tenía la mirada descontrolada. Corrí hacia él por encima de la mesa. Para no resbalar, me había calzado un par de zapatillas deportivas negras compradas especialmente para la ocasión.

Eso tampoco era lo bueno.

Lawson tenía las manos en el borde de la mesa, tensándolas para impulsarse hacia atrás. Cavan estaba cayéndose de la silla cuando pasé por su lado. Con el rabillo del ojo me pareció ver la cámara grande y al tipo con la cámara de mano siguiéndome. Desde las sombras detrás de Cavan, alguien se lanzó hacia delante tratando de agarrarme los pies, pero falló. Yo también me tiré en plancha, alargando el brazo izquierdo con la esperanza de coger la corbata de Brierley y la mano derecha cerrada en un puño.

Lawson estaba retrocediendo, pero no había empezado a tiempo; además, el cable del micrófono le haría ir más despacio. Caí boca abajo sobre la mesa y resbalé por la madera. No conseguí cogerle la corbata con la mano izquierda: le agarré la hombrera izquierda de la casaca, pero el puño derecho golpeó satisfactoriamente —y dolorosamente, a juzgar por mis dedos— en la mejilla izquierda de Lawson, justo por debajo del ojo.

Mi velocidad y su impulso nos mandaron a los dos sobre su silla y caímos al suelo hechos una maraña de pies y brazos, donde le propiné otro par de puñetazos más flojos y él consiguió darme una vez en las costillas y otra en la nuca con golpes débiles e indoloros antes de que los guardias de seguridad y la gente de producción nos separaran.

Eso, evidentemente, tampoco era lo bueno.

Se llevaron a Brierley lanzando gritos sobre la intimidación y la violencia comunistas, rodeado de personal con auriculares, mientras dos guardias uniformados me mantenían con la parte posterior de los muslos contra la mesa. Me limité a sonreír a Lawson y no opuse resistencia. Me satisfizo enormemente comprobar que a Lawson ya le estaba saliendo lo que, en el lugar de donde provengo, solíamos llamar un ojo a la virulé; un bonito ojo a la funerala. Una puerta se cerró discretamente en la oscuridad y silenció los gritos de Brierley.

—No pasa nada, chicos —les dije a los guardias de seguridad—. Prometo no salir corriendo detrás de él.

No me soltaron, pero quizá aflojaron un poco. Miré alrededor. Parecía que Cavan también había desaparecido. Sonreí a los dos guardias cuando la regidora se acercó. Su actitud era profesional e inmutable.

—Ken, señor Nott. ¿Le importaría regresar a la Sala Verde?

—De acuerdo —dije—. Aunque quiero que me devuelvan los alicates, o, en su defecto, un recibo. —Sonreí—. Pagaré un cable nuevo para el micro.

Seguía sin ser lo bueno.

—¡Ken!

Cavan entró en la Sala Verde. Los dos guardias estaban allí conmigo y dos de las eficientísimas. Estaba viendo el canal de noticias en el televisor de la sala y relajándome con un whisky con soda. Normalmente no toleraría semejante combinación, pero oye, solo era un whisky de mezcla y además sentía un deseo reconfortante de emborracharme deprisa.

—¡Cavan! —contesté.

Se le veía algo acalorado. Lucía una sonrisa que no parecía feliz de estar en su cara.

—Vaya, menuda sorpresa, Ken. ¿De qué iba el tema?

—¿Qué tema?

Cavan se sentó en el borde de la mesa con los bocadillos y la bebida.

—¿Te ha dado un pronto, Ken?

—Cavan. No tengo ni idea de qué me hablas.

La puerta se abrió de nuevo y entró el productor ejecutivo; un tipo pequeño, calvo, nervioso y de aspecto huraño con el que había coincidido antes brevemente y cuyo nombre había olvidado en cuanto me lo dijeron.

—Ken —dijo el tipo con voz ronca—. Ken, ¿qué, qué, qué, qué ha sido ese…? O sea, no podemos permitirlo, o sea, ha sido, de verdad, o sea, ¿qué, qué diablos…?

—Cavan, amigo.

—… O sea, o sea…

—¿Qué?

—… No puedes, no puedes…

—¿Vais a avisar a la policía?

—… ningún respeto, profesionalidad…

—Ah, ¿la policía?

—… avergonzarte, la verdad, o sea, yo no…

—Sí, ¿vais a llamar a la policía?

—… en toda mi carrera…

—¿Eh? Ah, ahora…

—… desgracia, una desgracia…

—¿Habéis llamado a la policía? ¿Tenéis alguna intención de llamarlos?

—… lo que podrías estar pensando…

—No tengo ni idea, Ken. Tal vez aquí, el productor, lo sepa. Mike, ¿avisamos a la policía?

—¿Qué? Yo… Ah… Yo… No lo sé. ¿Deberíamos?

Mike miró a Cavan, que se encogió de hombros. Cavan me miró a mí.

—Chicos —me reí— ¡Preguntadme a mí! —Volví a centrar la atención en el televisor y añadí—: Creo que deberíais averiguar si van a presentarse los federales. Porque, si no es así, me largo.

—Ah… ¿Irte? —dijo Mike, el productor ejecutivo.

—Hum… —contesté, echando un trago mientras veía imágenes de la base estadounidense de Guantánamo.

—Pero, bueno… Habíamos pensado que tal vez podríamos seguir adelante con el debate. O sea, si estás conforme…

Cavan se cruzó de brazos y adoptó un aire divertido e inocente.

Miré a los dos moviendo la cabeza.

—Escuchad, no tengo la mínima intención de tomarme en serio las ideas enfermas de ese asqueroso capullo de derechas. ¡Que las debata! ¡Por Dios! —Volví la atención a la tele—. Nunca la he tenido —musité. Miré de nuevo al productor. Estaba boquiabierto. Fruncí el ceño—. Lo habéis grabado todo, ¿verdad?

—Sí. Por supuesto.

—Bien —dije—. Muy bien. —Me quedé mirando la tele un poco más—. Así que —le dije, cuando aún no se había marchado—, si pudierais enteraros de si los chicos de azul piensan tomar cartas en el asunto… ¿De acuerdo? Gracias.

Señalé la puerta con la cabeza y luego volví de nuevo la vista a los chicos que arrastraban sus pies en las jaulas de Guantánamo vestidos de naranja.

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