Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
La eficiente ayudante sonreía mientras manipulábamos el frío cable negro entre mi pecho y la tela de la camisa, así que le devolví la sonrisa, pero en el proceso la chica había apartado la americana con el brazo desnudo haciendo sonar el bolsillo contra la silla, y por dentro me aterraba pensar que viera el sudor que empezaba a asomarme bajo el maquillaje y preguntara: «Oye, ¿qué es esa cosa dura, metálica y pesada que llevas en el bolsillo de la americana?».
Paranoia. Lo malo de la paranoia es la secreta sospecha de que si se te pasa serás más vulnerable que nunca.
Comprobaron el sonido y luego engancharon el cable negro del micrófono al apoyabrazos de la silla de plástico y cromo en la que estaba sentado, por debajo del nivel de la mesa y, por tanto, fuera del campo de visión de las cámaras que me enfocarían. En el suelo pintado de negro el cable se alejaba serpenteando casi invisible, salvo por los trozos de cinta adhesiva plateada que lo sujetaban.
Miré el resto del estudio. Cavan se sentaría entre los dos invitados, a unos dos metros de mí en la misma mesa gigante de madera en forma de coma; su silla era más grande y tenía el respaldo más alto que la mía y la del malo, que estaba a otros dos metros de Cavan por el otro lado. Montones de luces altas mantenían caliente el lugar.
Había alguien sentado en la silla enfrente de la mía y por un momento me pregunté qué ocurría; era una de las eficientes ayudantes, no el mierda que negaba el Holocausto. Luego otra ayudante se dejó caer en la silla de Cavan y comprendí que solo estaban ocupando el lugar de los verdaderos protagonistas mientras situaban las cámaras.
Frente al sitio de Cavan había una cámara grande con la capucha inclinada hacia abajo y el monitor del teleprómpter enfocado hacia arriba en la parte de delante; un hombrecillo barbudo parecía casi perdido detrás de la cámara, ajustando minuciosamente la posición del aparato según las instrucciones que recibía por los auriculares. Había otras dos cámaras sorprendentemente pequeñas colocadas sobre pesados trípodes y sin técnico, una para mí y otra para el malo, además de una de mano controlada por un tipo regordete que en ese momento murmuraba algo por el micro de diadema mientras se agachaba adelante y atrás, ensayando los movimientos que podría realizar en la curva interior de la mesa sin colarse en el plano de las otras cámaras.
Todo el mundo estaba escuchando por los auriculares a la gente de la sala de producción y durante un rato resultó muy apacible estar allí sentado, más o menos en silencio, sintiéndome agradable y educadamente obviado mientras solucionaban todo lo demás. Alguien empujó un carrito con un monitor enorme hasta un par de metros por detrás de las cámaras y lo encendió; apareció una pantalla azul con un gran reloj blanco y el logotipo del programa. Allí permaneció, estática, imperturbable, en medio del semisilencio puntuado de murmullos.
Me descubrí pensando en Ceel. Recordé el tacto de su cuerpo, el contacto preciso de sus dedos, la sensación sedosa de pasarle la mano por la espalda, el aroma denso y almizclado de su pelo, el sabor de sus labios después de un sorbo de champán, el sabor de su sudor en el hueco de la clavícula y, sobre todo, el sonido de su voz; aquella dulzura mesurada con el más leve atisbo de acento, una corriente lenta y sinuosa de recreación pausada que rompía en repentinos rápidos cuando reía.
El monitor parpadeó, una imagen de la ayudante sentada en el sitio de Cavan reemplazó a la pantalla azul y blanca. Luego volvieron a aparecer el reloj y el logotipo.
La echaba de menos. Hacía un mes que no la veía, un mes muy largo. Supuse que el tiempo parece alargarse para todo el mundo durante las vacaciones de Navidad y Año Nuevo, pero tenía la impresión de que yo había estado particularmente ocupado, por lo que el intervalo me parecía aun más largo. Había pasado una cantidad malsana de tiempo comprobando que no se hubieran producido accidentes en los vuelos de Air France de ida y vuelta a Martinica ni repentinos huracanes fuera de temporada o nuevas erupciones volcánicas en el Caribe occidental.
Las cosas se estaban derrumbando a mi alrededor y tenía la impresión de que era porque Ceel no estaba. No tenía lógica pensar así y Ceel y yo tampoco pasábamos mucho tiempo juntos cuando ella estaba en Londres —nos veíamos más o menos medio día a la quincena, de modo que no debería ser una gran influencia en mi vida— pero, no obstante, con ella lejos me sentía a la deriva, desconectado, como si mi vida girara de forma caótica.
Ni siquiera contaba con la promesa, o al menos la posibilidad, de reunimos en un par de días para tranquilizarme.
Tener que sobrellevar la ruptura con Jo, las ramificaciones que afectaban a Ed y Craig, todo lo ocurrido en la fiesta de Nochevieja, la campaña continua de amenazas y perjuicios que algún hijo de puta orquestaba en mi contra —por no mencionar la fría perspectiva de lo que pensaba hacer en el estudio—, me había dejado con una sensación de peligro y desprotección.
Era como tratar de controlar el patinazo de una moto sobre una calle mojada; la misma sensación de gélido pánico encogiéndote las tripas mientras luchas desesperadamente con algo poderoso pero repentinamente desenfrenado y fuera de control. Había tenido algunos derrapes así en mis días de mensajero. Siempre me las había arreglado para mantenerme en la moto y me enorgullecía de ello, pero nunca me habían engañado creyendo que había sido algo más que la suerte lo que me había mantenido alejado de las alcantarillas o las ruedas de algún autobús. Necesitaba a Ceel. Necesitaba acceso a su serenidad, sujetarme a aquella racionalidad perversa tan suya.
Miré la silla enfrente de mí, donde se sentaría el malo. Eché un vistazo al reloj de pulsera. Odiaba la manía que tienen en televisión de hacerte esperar.
Sencillamente no estaba hecho para ese medio. Paul, mi agente, se desesperaba conmigo porque me habían ofrecido montones de proyectos televisivos antes pero las propuestas siempre resultaban ser una porquería y las rechazaba. Todas parecían efectistas, forzadas y demasiado rebuscadas, pero eso casi no importaba. En radio, simplemente entras y lo haces. Puedes preparar primero el tema charlando en el pub o el despacho, ensayando algunos trozos y también se puede escribir un guión con algunos bosquejos y apuntes y siempre hay tráileres y fragmentos pregrabados en los que trabajar a conciencia hasta que quedan perfectos… pero la mayor parte, creo que lo mejor de la radio, sencillamente ocurre, son palabras que salen de tu boca casi a la vez que las piensas (con espacio para el censor interno, en eso no le estaba tomando el pelo a Phil).
En radio, la frescura es la norma. En televisión es la excepción, la mayor parte del material es grabado, recalentado. De manera que te sientas y haces un comentario realmente divertido o incisivo y luego descubres que había un problema técnico con la alimentación de una cámara o que alguien ha tirado sin querer un elemento del decorado y hay que empezar de nuevo y tú tienes que intentar decir algo sobre el mismo asunto completamente distinto pero igual de ingenioso o decir lo mismo y fingir espontaneidad. Odiaba esa mierda. Ahora que lo pensaba, hacía más o menos un mes que Phil había estado quejándose relajadamente de lo mismo en la cantina de Capital Live! Por lo visto me había apropiado de su discurso. Bah, tampoco era la primera vez.
Tenía la boca seca. Había un minúsculo vaso de plástico con agua delante de mí, lo vacié. Miré alrededor, con el vaso en la mano, y una de las eficientes ayudantes se acercó y me lo llenó de Evian. Quería bebérmelo todo de un trago, pero dejé el vaso en la mesa. Sospechaba que lo retirarían antes de empezar a grabar.
—¿Ken? —llamó una voz irlandesa muy suave a mis espaldas—. Encantado… Ah, no, no te levantes. Cavan. Encantado de conocerte.