Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
—Apuesto a que la morreaste un buen rato, hijo de puta. Besaba muy bien.
Craig lo meditó.
—Hum… Eso lo dejaba para impresionarte, pero sí, tienes razón.
—No te la tiraste, ¿verdad?
—No. Monté el número del sacrificio: eres muy guapa y me siento muy halagado pero los dos sabemos que a la mañana siguiente nos arrepentiríamos. Por Dios, si hasta estuvimos de acuerdo en que no estaría bien traicionarte; valía la pena negarnos el placer por ti.
—Mierda.
—¿Y ahora qué pasa?
—Se me acaba de ocurrir algo terrible.
—¿El qué? ¿A quién llamas?
—Una vez fue a buscarme a casa de Ed.
—Oh, oh.
—Sí.
Craig hizo el gesto de levantarse del banco.
—¿Quieres que me…?
—No; si vas a verme humillado, tanto da que sea ahora.
—Te la follaste, ¿verdad?
—¡No!
—Mira, Ed, Jo me dijo que había ido a tu casa una vez. También fue una vez a casa de Craig ¡y se le tiró encima! —«¡Eh!, a mí no me metas», dijo Craig. Pasé de él—. ¿Tratas de decirme que contigo no lo intentó?
—Ah…
—¿Ah? ¡¿Ah?! ¿No tienes nada más que decir? ¿Un puto «Ah»?
—Bueno…
—¡Te la follaste! ¡Cabrón!
—¡Se me tiró encima, tío! ¡Prácticamente me violó!
—Que te jodan, Ed.
—Y de todos modos me dijo que nunca lo había hecho con un negro, ¿qué tenía que hacer? ¿Dejarla con las ganas?
—No mezcles la raza en esto, ¡por Dios! ¡Y tampoco me vengas con la mierda esa de los sementales negros de pollas grandes!
—Yo no he sacado lo de la raza, tío, ¡fue ella!
—Ed, vete a tomar por culo. ¿Cómo pudiste?
—No pude evitarlo, tío.
—Bueno, ¡pues aprende a evitarlo, coño! ¡Puto adolescente!
—Mira, tío, lo siento; al día siguiente me sentía fatal y nunca volvió a pasar.
—Ya, te lo pasaste bien, te tiraste a la chica de un amigo y añadiste otra muesca a los espejos del techo de los cojones, ¿para qué ibas a molestarte en repetir?
—Ken, escucha; si pudiera dar marcha atrás y hacer que no hubiera ocurrido, créeme que lo haría. Nunca te lo había contado porque no quería herir tus sentimientos y la relación que tenías con Jo. Ojalá no hubiera pasado, de verdad. Te pido perdón, ¿vale?
—Bueno… yo… ¡No! —escupí—. ¡Déjame estar más tiempo cabreado! ¡Hijo de puta! —añadí con bastante poca eficacia.
—Perdona, tío.
Y pensé: Sí. Todos lo sentimos. Todo el mundo lo siente muchísimo, joder. Debería ser el segundo nombre de toda la puta especie Homo Perdona Sapiens. Tal vez podríamos cambiarlo en una votación amañada.
—Escucha —dijo Ed.
Algo frío pareció aposentarse en mis tripas. ¡Jesús! Un «escucha» de Ed, ¿ahora qué?
—¿Qué? —dije.
—Mañana tienes la cosa esa de la tele, ¿no?
Mierda, al final se había enterado de lo de Robe y pensaba que quería un arma para llevarla al estudio.
—Sí —contesté.
—Pues que tengas suerte. Espero que vaya bien. Machaca al nazi ese, ¿vale?
—Sí.
—Ahora puedes volver a enfadarte conmigo si quieres o esperar al fin de semana que viene y gritarme a la cara. Si sigue en pie lo del fin de semana. ¿Sigue en pie?
—Supongo.
—Lo siento, tío.
—Ya.
—¿Colegas?
—Sí, supongo. Colegas.
Craig me invitó a cenar. Supuse que por compasión; Nikki estaba en casa y Emma se pasaría a verlos, de modo que en realidad querían una velada tranquila los tres solos.
Lo que yo quería en realidad era volver a ver a Nikki, solo para asegurarme de que todo iba bien y que después de la fiesta de Nochevieja no había cambiado nada, al menos, no a peor, porque el beso, los dos besos me habían dejado preocupado. Le había permitido besarme y le había devuelto el beso, y cuanto más lo había pensado en el tiempo transcurrido desde entonces, más me avergonzaba y sentía la terrible necesidad de decirle que aquello no había cambiado nada y que, por supuesto, no se repetiría jamás y que también sentía el día del Land Rover bajo la lluvia, el día del accidente, cuando había intentado persuadirla para almorzar juntos —de un modo que ahora me parecía triste y desesperado— y que siempre, siempre sería un buen amigo y un buen tío, durante el resto de su vida… Aunque a la vez también quería no tener que decir nada y que todo volviera a ser como siempre entre nosotros, sin distanciamientos ni incomodidades.
El problema era que Emma también iba a estar, y si Craig mencionaba lo ocurrido con Jo —le había pedido que no les dijera nada a Emma y a Nikki y sobre todo que no comentara lo de Jo y Ed, pero aun así…— la situación podría torcerse debido a la historia que había tenido con Emma. Era una historia mínima, me repetía constantemente a mí mismo, pero no por ello con un potencial menos letal para mi relación con Craig.
Corría el peligro de perder una novia, dos de mis mejores amigos y —al día siguiente— quizá el trabajo y la libertad, todo en un loco período de veinticuatro horas.
A la mierda, pensé. Cierra las escotillas. Habría estado bien cenar con ellos y todavía tenía tanta resaca que probablemente no habría bebido mucho y por tanto me habría servido de preparación prudente y comedida para el gran día siguiente, pero decidí no ir. Tenía otros planes.
—Hola, Ken.
—Amy, nena, ¿qué tal?
—Estupendamente. ¿Y tú?
—Ah… bueno, ya sabes.
—No, no sé nada. ¿Qué pasa? ¿Problemas?
—Jo y yo… hemos terminado.
—¡Oh! Lo siento. Parecíais muy unidos.
—Bueno. —¿De veras? Yo nunca lo hubiera dicho, pero por otro lado era la clase de cosa que se dice en esas situaciones—. Sí. Es… No hay vuelta atrás. Se veía venir pero… tengo que confesar que me ha afectado un poco más de lo que esperaba.
—Vaya. Pobrecito.
—Sí. Casi dos años.
—Caray.
—Sí. Parecen más.
—Claro.
—Le tenía mucho cariño.
—Bueno, por supuesto.
—Ahora todo ha terminado.
—Lástima.
—En fin.
—Hum… ¿Estarás bien?
—Amy… Sobreviviré.
—¡Pareces tan triste!
—Bueno, lo superaré. Algún día.
—¡Oh! ¿Puedo hacer algo por ti?
—Bueno, supongo… Podrías dejarme que te invitara a cenar. Esta noche. ¿Qué te parece?
—Me parece una idea absolutamente maravillosa, Ken. La verdad es que no tenía nada que hacer.
Miré el móvil pensando: Bueno, pues podrías haber conectado antes el teléfono, nena.
—¡Amy, por favor! Eso son dos mentiras: una, que la gestión privada es automáticamente mejor que la pública…
—¡Es que lo es! ¿Alguna vez has tenido que tratar con la administración local, Ken? ¡Esa panda de inútiles no duraría dos minutos en el mundo real!
—Ni los ferrocarriles cuando el gobierno les retiró la subvención.
—¡Ja! Apuesto a que contrataron empleados del gobierno local.
—No seas… Mira. La otra gran mentira es que la gestión privada sale más barata y genera dinero extra. ¡Mentira! Son las normas contables del Tesoro. Hay costes de infraestructura quienquiera que sea el constructor. Tienes que invertir, de modo que inviertes lo más barato que puedes; pagas lo menos que puedes por las cuotas de intereses. Y eso incluso antes de tener en cuenta los beneficios que un inversor privado espera, que van los primeros. De manera que ¿quién puede pedir dinero prestado a un interés más bajo que cualquier empresa comercial? Respuesta: el Estado.
—Creo que descubrirás que, de hecho, eso depende de qué Estado, Ken.