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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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De todos modos no habría podido levantarme por el cable del micrófono que me ataba a la silla. Le di la mano sentado.

—Hola, Cavan. —Alisé la solapa del bolsillo derecho de la americana para asegurarme de que no viera el interior.

Cavan apoyó una nalga vestida de Armani beige en la mesa, entre mi asiento y el suyo. Se le veía moreno debajo del maquillaje y una sombra donde habría estado su barba que probablemente no desaparecía por mucho que se afeitara. Tenía los ojos azules y de mirada penetrante, con las cejas oscuras, densas y muy definidas. Una franja de pelo negro le caía sobre la frente.

—Has sido muy amable al venir.

—Es un placer, Cavan.

Un cable translúcido subía enroscado por el interior del cuello de su americana y acababa en un discreto audífono de color carne insertado en su oreja derecha. En el punto en que la americana beige claro se abría a la altura de la cadera, se veía el radiotransmisor colgado del cinturón. A Cavan no lo ataba ningún cable.

—Hace tiempo que tendrías que haber venido, ¿verdad, Ken?

—Tanto, que en ocasiones me parece una parte significativa de mi vida, sí.

Se rió en silencio.

—Sí, bueno, perdona. —Suspiró y miró hacia la zona a oscuras— Todos hemos tenido que esperar a que Winsome se aclarara.

—Estoy seguro de que para ti ha sido mucho peor.

—Ah, sí. Ha sido frustrante tener un programa de actualidad esperando con todas las cosas que han pasado, pero con un poco de suerte compensaremos… Disculpa.

—Claro.

Lawson Brierley. Tal era el nombre del individuo que salió de las sombras parpadeando hacia la luz. De mi edad. Pantalones de pana verde, chaqueta pasada de moda, chaleco amarillo, camisa de granjero y corbata. Casi sonrío. Alto, de constitución media, rayana a fornida; pelo del color de la arena gris. Su cara no era fea, de un modo anodino, salvo por la nariz algo protuberante y por la expresión escrutadora de un tipo vanidoso que intenta apañárselas en una cita sin sus gafas. Ex miembro de la Federación de Estudiantes Conservadores (perteneciente a la brigada Colguemos a Nelson Mandela y posteriormente expulsado por ser demasiado de derechas), ex miembro del Frente Nacional (que abandonó cuando el partido viró demasiado a la izquierda) y ex miembro de otros cuantos grupos y partidos de extrema derecha. En la actualidad se definía como racista libertario. Yo conocía a un par de personas que habían llegado al anarquismo libertario desde la izquierda, y la gente como Lawson Brierley les provocaba arcadas.

Fundamentalista monetarista habría sido una descripción más precisa de su ideología, con la coletilla de racista no muy lejos. Según Lawson, la evolución era el mercado libre perfecto en el que las razas blancas estaban demostrando su superioridad innata mediante el dinero, la ciencia y el armamento, amenazadas únicamente por la pérfida astucia de los judíos y las hordas de oscuros y sucios Untermenschen reproduciéndose como moscas a costa de la beneficencia mal entendida de Occidente.

Habíamos obtenido esta información de la página web del tipo; Lawson dirigía —y en esencia constituía— un tal Instituto de Investigación por la Libertad.

A Lawson la democracia no le parecía bien. Creía sinceramente en librarse del Estado, y en respuesta al hecho de que al hacerlo dejaría en manos de las empresas, corporaciones, multinacionales (o comoquiera que se llamasen las multinacionales cuando ya no existieran los países) el control total del mundo habría contestado: «Sí, ¿y qué?». Dichas corporaciones serían propiedad de accionistas y el dinero era el modo más justo de ejercer el poder, porque por norma los estúpidos tendrían menos dinero y, por tanto, menos influencia que la gente más inteligente y era la gente más inteligente y de más éxito la que queríamos que controlara el cotarro, no el populacho.

Había decidido que mi meditada respuesta a todo esto consistiría poco más o menos en algo del tipo: «A tomar por culo los putos accionistas, fascista de mierda».

Le observé sentarse y esperar a que le conectaran el micrófono. Le estaban poniendo un micro de cable enganchado con cinta a la silla, como a mí. Bien. No entendí lo que le estaba diciendo a la asistente de producción y al ingeniero de sonido mientras le ayudaban a acomodarse. No me miró. Cavan había cruzado unas palabras con él y luego había asentido y se había dirigido a su gran butaca central, la colocó en posición, carraspeó varias veces, se alisó la corbata y se pasó la mano por el pelo sin tocárselo.

El corazón me iba a mil por hora. Vinieron a llevarse el vasito de agua, pero tuvieron que esperarse a que me lo bebiera con mano temblorosa. Por lo visto mi vejiga pensaba que necesitaba orinar pero yo sabía que no. Tenía la impresión de que me escoraba a la derecha por el peso del bolsillo de la americana. A la derecha, qué poco apropiado, pensé.

El monitor de detrás de las cámaras parpadeó con un plano medio frontal de Cavan tomado por la cámara grande que tenía el teleprómpter.

La regidora anunció que grabaríamos un ensayo de la presentación. Cavan se aclaró la garganta varias veces más.

—Vale, silencio en el estudio —dijo la regidora—. Grabando. —Inició la cuenta atrás señalando el dos y el uno solo con los dedos.

Cavan cogió aire y dijo:

—El controvertido tema de la raza y la existencia o no del Holocausto compondrán el primero de una serie de especiales de Última hora en los que se enfrentarán dos personas con puntos de vistas profundamente distintos. Esta noche me acompañan Lawson Brierley, autoproclamado racista libertario del Instituto de Investigación por la Libertad, y Ken Nott, de la emisora londinense Capital Live!, decano de la llamada… Perdón.

—No pasa nada —dijo la regidora. Era larguirucha y desgarbada, con el pelo castaño muy corto; llevaba unos auriculares grandes y sostenía un sujetapapeles y un cronómetro—. Vale. ¿Estás bien, Cavan?

Cavan escudriñaba la cámara que tenía enfrente forzando los ojos, protegiéndolos de la luz de los focos con la mano.

—Eh… ¿Podríais acercar un pelín el teleprómpter? —pidió.

El hombre de la cámara grande lo ajustó levemente.

¿De veras era decano de algo? Significaba viejo, ¿no? Más «experimentado» que «antiguo», si recordaba bien la definición del diccionario, pero aun así… Ahora estaba sudando a mares. Probablemente se darían cuenta y tendríamos que parar para que una de las chicas de maquillaje entrara a retocarme la cara. Sentí un dolor en las tripas y me pregunté si no me estaría ganando una úlcera.

Cavan asintió.

—Ahora está bien. —Volvió a carraspear.

—Vale —dijo la regidora—. ¿Todo el mundo a punto?

Nos miró a todos. Todo el mundo parecía estar bien. Yo no iba a decir nada del sudor. Lawson Brierley estaba sentado, parpadeando, pasando la vista del monitor a Cavan, esquivando mi mirada. El hombrecillo barbudo de la cámara grande volvió a ajustaría como estaba antes, pero Cavan no se dio cuenta.

—Repetimos, silencio en el estudio. Grabando —dijo la regidora—. Y: cinco, cuatro, tres,…

—El controvertido tema de la raza y la existencia o no del Holocausto compondrán el primero de una serie de especiales de Última hora en los que se enfrentarán dos personas con puntos de vistas profundamente distintos. Esta noche me acompañan Lawson Brierley, autoproclamado racista libertario del Instituto de Investigación por la Libertad, y Ken Nott, de la emisora londinense Capital Live!, decano de los Escoceses de Impacto y, como él mismo se define, postizquierdoso impenitente. —Cavan arqueó las cejas con intención—. Pero, primero, un reportaje de Mara Engless sobre la innegable existencia de quienes niegan el Holocausto.

Miré a Lawson Brierley. Estaba sonriendo a Cavan.

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