Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
En el programa lo llamábamos Numty TV, teletonta en escocés (otro ejemplo de nuestra larga e insidiosa campaña para incorporar más palabras escocesas en el inglés de todos los días). El único aspecto de la teletonta que me gustaba eran las bromas no descaradamente preparadas de Pillados, pero en parte me avergonzaba porque no podía evitar la sensación de que bordeaba la crueldad ver esas cosas; ves un vídeo que empieza con un bestia en patines tambaleándose a toda velocidad hacia la cámara o haciendo peligrosos equilibrios sobre una bici de montaña todavía reluciente y abriendo un nuevo sendero entre los árboles o casi cualquier cosa relacionada con esquí acuático, vendavales, gente en apuros balanceándose sobre un charco de barro o bodas y bailes nupciales y te notas pensando: ¡Yupi! Me voy a partir de risa. Era divertido ver a la gente poniéndose en ridículo, pero la cuestión era si debía serlo.
Mejor ver sufrir a un verdadero canalla, que supongo que era la razón de que estuviera donde estaba.
Y estaba en un almacén Victoriano de Clerkenwell reconvertido en estudio de televisión y lugar donde Winsome Productions realizaría su nuevo programa de actualidad y análisis de noticias para la noche, el tan a menudo retrasado y pospuesto Última hora. La mayor parte del programa se emitiría en directo, pero mi participación se grabaría primero. Muy sensato. Después de que se me hubiera ocurrido mi idea loca y perversa, me deprimió mucho descubrir que el debate con el tipo que negaba el Holocausto sería grabado en lugar de directo; quería que todo el jaleo ocurriera en directo (pero luego empecé a sentirme aliviado pensando que, bueno, que entonces no tenía sentido seguir adelante con el plan… para que me cortaran y pensé: Ah, eso no; no vale rajarse).
Aunque todavía podía arrepentirme. Un bulto metálico y muy pesado en el bolsillo derecho de la chaqueta me recordaba que tenía algo que hacer allí, algo que nadie se esperaba, pero sabía que cuando llegara el momento podía olvidarme, seguir el juego, hacer lo que todos esperaban de mí y limitarme a darle a la sinhueso.
Era última hora de la tarde. Me sentía demasiado informado. Phil había repasado conmigo los asuntos más obvios, al igual que otra investigadora joven, atractiva, ansiosa y terriblemente bien hablada.
Nuestro presentador sería Cavan Lutton-James, un tipo esbelto, morenazo y enérgico con un estilo rápido, sucinto pero claro y una manera de entrevistar ingeniosa, capaz de virar de emoliente a mordaz en un solo giro frasístico. Era irlandés, así que yo ya había hecho acopio de un par de observaciones acerca de la deshonrosa participación de Irlanda en la gran guerra contra el fascismo por si acaso alguna idea equivocada sobre la imparcialidad le impulsaba a unirse al bando de los malos. Al malo todavía no lo había visto; nos mantenían separados.
La única persona con la que coincidí en la Sala Verde —aparte de un par de atractivas pero incansables ayudantes de producción, al menos una de las cuales se llamaba Ravenna— fue un joven cómico llamado Preston Wynne, que resultó ser una especie de fan y que tenía que grabar el típico número irreverente, arriesgado y vigoroso acerca de una cosa u otra cuando nosotros acabáramos con el debate/confrontación en torno a la negación del Holocausto. El tipo seguía trabajando en el guión mientras esperaba sentado en la Sala Verde, tecleando flojito en su iBook, con la vista clavada en una bandeja de sándwiches de gourmet y bebiendo demasiado café. A punto estuve de decirle que alargara más el número de lo que le habían indicado y que se preparara para meter paja porque tal vez la parte en la que salía yo no cumpliera el tiempo de ejecución estimado por el productor pero, por supuesto, me callé.
Ni siquiera me tomé una copa en la Sala Verde. Me apetecía, pero me mantuve sobrio porque quería estar rápido y totalmente alerta por lo que pudiera pasar.
Phil y yo habíamos almorzado con agua en un rincón del Black Pig, otro abrevadero básico del Soho similar al Bough. Resultaba obvio que a Phil le preocupaba que yo lo liara todo, perdiera los estribos, me quedara paralizado, despotricara de manera incoherente y empezara a echar espuma por la boca; en fin. Había insistido mucho en acompañarme pero hacía semanas que le había dicho que no. En parte por la razón manifiesta de que Phil no era mi padre y yo no necesitaba que me llevaran de la manita, pero en parte también porque Phil podía: a) averiguar solo por mi mirada o mi comportamiento, a medida que se aproximara el momento, que pensaba montar algo muy fuera de tono y por tanto echarlo todo a perder, y b) cargar con las críticas de nuestros superiores después de que yo hubiera hecho lo que pensaba hacer. Si es que tenía agallas para hacerlo.
—Hum… ¿Qué más? Ah, sí, obviamente todo ese asunto de que la Segunda Guerra Mundial tampoco pasó; un enfoque brillante. Es de lo más ridículo, pero en principio no más que afirmar que el Holocausto no tuvo lugar.
—Ya lo sé, Phil. —Suspiré—. Ya lo hemos repasado.
—Lo sé, lo sé, pero tienes que ensayarlo.
—No. Lo último que quiero es que parezca preparado.
—Demasiado arriesgado. ¿Y si te lías?
—Mira, no me lío ante un millón de oyentes cinco días a la semana, ¿por qué iba a liarme delante del público de un programa nocturno de Channel Four que probablemente será mucho menos numeroso… y que encima está grabado? Por Dios.
—Ah, sí, y no digas tacos, ¿vale?
—Phil, coño, ¿alguna vez los he dicho en antena?
Phil parecía un hombre con un absceso de diarrea severa sentado en un Land Rover bajando a toda velocidad por un sendero de la jungla lleno de baches de camino hacia unos lavabos extremadamente lejanos.
—Bueno, no —admitió—, pero sigo sin saber cómo lo consigues. Es decir, no parece posible que hayas conseguido evitarlo después de tantos años.
—Bueno, pues lo he conseguido.
—¿Incluso en Inverclyde Sound?
—StrathClyde Sound; la emisora de radio donde la creativa mecanógrafa se saltó el espacio en lugar de pulsar por accidente el signo de admiración, y sí, incluso allí. Es porque, aunque no lo parezca, tengo una idea bastante exacta de lo que voy a decir antes de hacerlo, nunca olvido el contexto (¿estoy en el pub o en el estudio?) y tengo suficiente tiempo para que mi censor interior intervenga y lleve a cabo las correcciones necesarias, aunque no siempre resulten elegantes y a veces ni siquiera gramaticales.
—Vale. Bien.
—De todos modos, es Channel Four y tardísimo, no el puto Barrio Sésamo. Si en Sexo en Nueva York dicen «joder» no veo por qué yo no puedo. Vamos, si hasta he oído «coño» en el programa de Larry Sanders.
Phil me miró con ojos enloquecidos.
—Ah, no, de verdad, no me parece que debas…
—Mira, ¿quieres tranquilizarte un poco? No voy con la intención de decir palabrotas, ¿vale?
—Vale. —Pero seguía pareciendo preocupado.
Por supuesto, yo quería añadir: «Si no me va a dar tiempo de soltar ningún taco, hombre; probablemente acabaremos en unos cinco segundos y la verdad, yo no me comería esa cabezota tuya tan fea con lo que voy a decir o no».
Aunque, una vez más, me callé.
Me conectaron. Más o menos esperaba utilizar micros de corbata (unidos a ti con la advertencia de no visitar el lavabo con los micrófonos encendidos si no querías provocar en los técnicos de sonido unos segundos de hilaridad), pero usaríamos un sistema tradicional de cable. El clon de una de las atractivas pero terriblemente eficientes ayudantes me coló el cable por debajo de la americana, entre el botón de la camisa y la cintura de los pantalones, y entonces —una vez hube tirado del cable hacia arríbame lo enganchó entre el primer y el segundo botón del cuello de la camisa. Yo había apostado por una imagen relajada, informal, con el cuello abierto. Además, en el trullo te quitan la corbata, además del cinturón y los cordones de los zapatos.