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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Entre las dos, la señora Rolt y yo arrastramos a la histérica Judith a su habitación. Cerré la puerta y dije:,

—La pondremos en la cama, señora Rolt. —Así lo hicimos y la tapamos—. El doctor Hilliard le dio unos sedantes —continué—. Creo que ahora debería tomar uno.

Se lo di y, para sorpresa mía, ella lo aceptó con docilidad. Luego se echó a llorar débilmente.

—Si yo pudiera tener un hijo sería distinto —murmuraba—. Pero ¿cómo podría? Él nunca está conmigo. No se interesa por mí. Sólo ella le interesa. Nunca viene a mí. Se encierra en su cuarto. La puerta está cerrada con llave. ¿Por qué está cerrada con llave la puerta? Díganmelo. Porque él no quiere que yo sepa dónde está. Pero yo lo sé, está con ella.

La señora Rolt chasqueó la lengua y yo dije:

—Señora Rolt, temo que ella haya estado bebiendo.

—Pobrecilla —murmuró la señora Rolt—. ¿Acaso es de extrañar que lo haga?

Alcé las cejas, sugiriendo que no deseaba confidencias; la señora Rolt retrocedió de inmediato. Fríamente dije:

—En un momento se tranquilizará. No creo que haya necesidad de que se quede usted ahora, señora Rolt.

—Quisiera ayudar si puedo, señora.

—Ha sido usted de gran ayuda —repuse—. Pero no queda nada más por hacer. Me temo que Lady Saint Larston esté enferma… muy enferma.

La señora Rolt había bajado los ojos; supe que en ellos habría una expresión ladina, de quien está enterado.

* * *

Mellyora estaba acongojada.

—Kerensa, debes darte cuenta de que no puedo quedarme aquí. Tengo que irme.

Quedé pensativa, preguntándome cómo sería mi vida sin ella.

—Tiene que haber algo que podamos hacer…

—No lo puedo soportar. Todos los criados están murmurando sobre mí. Lo sé. Doll y Daisy charlan; cuando aparezco yo, callan. Y Haggety… me mira de otro modo, como si…

Yo, que conocía a Haggety, comprendí.

—Debo hallar algún modo de conservarte aquí, Mellyora. Despediré a Haggety. Despediré a todos los criados.

—Imposible. Además, de nada serviría. Constantemente hablan de nosotros. Y es falso, Kerensa. Di que crees que es falso.

—¿Qué tú y él son amantes? Me doy cuenta de que él te ama, Mellyora, y sé que tú siempre lo amaste.

—Pero ellos están sugiriendo que…

No pudo mirarme; yo me apresuré a decir:

—Sé que nunca harías nada de lo cual te avergonzaras… ni tampoco Justin.

—Gracias, Kerensa. Al menos tú lo crees.

Pero ¿de qué servía ser inocente cuando todos lo creían a uno culpable? De pronto Mellyora se volvió hacia mí.

—Eres lista. Dime qué hacer,

—Sé calma. Sé digna. Eres inocente. Por lo tanto, compórtate como si fueses inocente. Convence a todos…

—¿Cómo, después de aquella espantosa escena?

—No te aterres; Deja que las cosas se disipen. Quizá se me ocurra algo.

Pero ella estaba desesperada. No creía que yo ni nadie pudiesen ayudarla. Con voz queda dijo:

—Todo ha terminado ya. Debo irme de aquí.

—¿Y Carlyon, qué? Se apenará mucho. —Me olvidará, como lo hacen todos los niños. —Carlyon, no… Él no es como otros niños. Es tan sensible… Se afligirá por ti. ¿Y yo, además…?

—Nos escribiremos. Nos encontraremos de vez en cuando. Oh, Kerensa, este no es el final de nuestra amistad. Ella no terminará hasta que una de nosotras muera.

—No, jamás terminará —respondí con fervor—, Pero no debes desesperar… Algo sucederá, como siempre. Ya se me ocurrirá algo. Sabes que nunca fallo.

Pero ¿qué se me podía ocurrir? Nada había que pudiera yo hacer. ¡Pobre Mellyora, acongojada! ¡Pobre Justin! Yo estaba convencida de que ambos eran de los que aceptarían su destino, por insoportable que fuese. No eran de mi especie.

Mellyora estudió los periódicos. Escribió ofreciéndose para diversos puestos. A la hija de un párroco, con cierta experiencia como dama de compañía y como institutriz, no le resultaría difícil encontrar trabajo.

Todos los años llegaba un pequeño circo a Saint Larston; la carpa grande era instalada en un prado, a poca distancia de la aldea, y durante tres días oíamos flotar sobre las sendas campestres ruido de música y voces. Durante más o menos una semana, antes de la llegada del circo, y después por un tiempo, no se hablaba de otra cosa; y era una tradición que todos los sirvientes del Abbas tuviesen un medio día libre para visitar el circo.

El día anunciado, puntualmente, llegaron los furgones traqueteando por los senderos. Nunca me alegré tanto de esa distracción, que según yo esperaba, alejaría de Justin, Mellyora y Judith las conversaciones.

Pero esa mañana misma llegó una carta para Mellyora. Me llamó a su pieza para leérmela. Era una respuesta acerca de uno de los puestos que ella había solicitado… una carta reveladora, la llamé yo, que delataba el tipo de mujer que la había escrito. Estaba dispuesta a recibir a Mellyora, y si sus antecedentes y referencias eran aceptables, concederle una prueba. Habría en la casa tres niños, y al parecer Mellyora tendría por obligación ser su institutriz, su nodriza y su esclava. Haría todo esto por un salario insignificante; se le exigiría estar siempre en los cuartos infantiles; su juventud era un factor adverso, pero por un salario inferior al que la benevolente señora le habría pagado a una institutriz más experimentada, se le concedería una prueba, con tal de que la entrevista fuese satisfactoria.

—Haz pedazos esa carta —ordené.

—Pero, Kerensa, tengo que hacer algo —repuso ella—. No es peor que las otras.

—Esa mujer parece imposible. Una snob espantosa. Odiarías ese trabajo.

—Son todos iguales y voy a odiar todo… ¿Cuál es la diferencia entonces? Tengo que hacer algo, Kerensa, ya sabes que debo marcharme.

Mirándola, me di cuenta de lo mucho que iba a extrañarla. Era parte de mi vida en gran medida. No dejaría que se fuese.

—No te irás, Mellyora. No puedo dejarte ir. A decir verdad, no te dejaré.

Sonrió tristemente al responder:

—Te has habituado a dar órdenes, Kerensa. Pero yo he llegado al final. Tengo que irme. Desde aquella noche horrible, no puedo quedarme aquí. Esta mañana, cuando me encontré con Haggety en la escalera, me cerró el paso. Fue espantoso. Su modo de mirarme. Sus manos regordetas… Lo aparté de un empujón y escapé corriendo. Pero eso no terminó allí. Es lo mismo en todas partes. Tom Pengaster, que vino a la puerta de atrás buscando a Doll. Su modo de seguirme con la mirada. Vi a Reuben en el sendero. Se le movía la mandíbula como si se estuviese riendo… secretamente. ¿No te das cuenta?

Supe entonces cuan desesperada estaba Mellyora; supe que estaba decidida y que no me resultaría fácil evitar que se marchara.

Mellyora se iría de mi vida como se había ido Joe; y Mellyora era importante para mí.

—No puedes irte —dije, casi furiosa—. Tú y yo debemos estar juntas.

—Ya no, Kerensa. Tú te has convertido en una respetable mujer casada, mientras que yo…

Aún ahora recuerdo ese momento. El silencio en la habitación y el súbito rugir del león enjaulado al pasar por Saint Larston la cabalgata del circo.

Fue un momento de inquietud. La vida no estaba yendo hacia donde yo quería. No soportaba perder a Mellyora; ella era parte de mi vida; cada vez que estábamos juntas yo percibía el cambio en su posición y comparaba el pasado con el presente. No podía sentir otra cosa que satisfacción por la presencia de Mellyora; más al mismo tiempo deploraba su desdicha. Hasta ese momento yo no era del todo mala.

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